LA COMUN UNIDAD EMPIEZA POR DENTRO
Dije que nunca había probado esto de hablar en primera persona, de vaciar el alma, de intentar tender el puente desde el fondo del corazón hacia fuera, a la inhóspita realidad donde seres voraces aguardan para despedazar lo que no sepamos proteger convenientemente. Así veía las cosas, así me he ido cerrando al contacto humano real, eso que el Señor Jesús definía como el amor los unos por los otros.
Ayer domingo, le tocó el turno a Miguel Vásquez para deshilvanar la Palabra de Dios ante nosotros en estos temas que se están tocando últimamente en la Iglesia Biblica Cristiana de Santa Raquel: 40 Días de Comunidad, se llama la campaña. Común-unidad, la unidad que, se supone, tenemos en común los que hemos profesado fe en Jesucristo, aunque eso esté en realidad muy lejos de ser cierto en la vida real.
Miguel apeló a Eclesiástes para afirmar que dos son mejores que uno, o como reza el eslogan del mes, “juntos es mejor”, por cuatro razones muy importantes: porque hay mejor paga por el trabajo; porque si uno cae, el otro lo levanta; porque si dos tuvieren comunión se calentarán mutuamente; y porque hay más fuerza, cordón de tres dobleces. Muy bien, muy bien, aunque provoque decir: sí, cómo no.
Pero a fuerza de cinismo no voy a llegar a ninguna parte. Porque, la verdad, hay momentos en que sí, realmente, uno siente la profunda necesidad de pertenecer, de “formar parte de”, de estar incluido en una familia, espiritual o material. La soledad, como decía Miguel, es la ocasión propicia para que Satanás haga con nosotros lo que quiera. Por eso, nada de cinismos: buscaré la comunión cristiana.
Y lo haré porque, precisamente, hoy me abruman los sentimientos de soledad más profundos. Porque es ahora que intento enfrentarme a mí mismo, a este monstruo que a veces crece en mi interior, a mis miedos, mis vacilaciones, mi doble ánimo, mi vocación depresiva, mi indiferencia al dolor ajeno, mi sensualidad, todo eso que llevo sobre la espalda como un peso excesivo. Ya es hora de dejarlo atrás.
Alguna vez troné contra el gregarismo y lo seguiré haciendo. No es lo mismo ser gregario que ser comunitario. El gregarismo es el amontonamiento de personas, cuando hacemos, pensamos o decimos las cosas nada más para contentar al grupo. La comunión ha de ser otra cosa: ha de ser la común unión porque tenemos un vínculo indisoluble, la misma sangre que perdonó nuestros pecados y nos limpió.
No quiero ser gregario. No quiero terminar actuando para que el grupo: la iglesia, los pastores, el ministerio al que vaya a servir, para que satisfagan sus expectativas sobre mí. Quiero actuar a favor del grupo, para servirlo, para sentirme acogido por quien soy, con todos mis defectos y virtudes, con todas mis flaquezas y mis caídas, con todo mi “prontuario” cristiano, que es una forma de decir algo tan real.
Nadie ignora que no soy precisamente la persona más íntegra, más intachable del mundo cristiano. Todo lo contrario: hay mucho que hablar de mí. Se conocen mis pecados, mis terribles faltas. Pero también quisiera que se conozca mi necesidad de cambiar, mi anhelo de tener la oportunidad de no ser señalado toda la vida, de empezar de nuevo. Eso también se llama común-unidad, ¿no creen?
He decidido abandonar las máscaras, mis camuflajes religiosos, mis coartadas “cristianas”, “bíblicas”. Esas maneras que uno echa al uso para calzar en el grupo, para pasar piola. El “pasapiolismo” como filosofía de vida, una teoría de mi amigo Eloy Jáuregui. Porque esa es la única manera de dar testimonio efectivo de Jesucristo: sí, he sido un ser infame, pero el Maestro me buscó y me salvó.
Esto es apenas un comienzo, pero me entusiasma. Me llena de esperanza. Porque sólo cuando abandonamos nuestros disfraces evangélicos, cuando decidimos ser agradables primero a Dios, cuando recuperamos esa unidad personal (integridad significa eso), es cuando también podemos recobrar la común-unidad, cuando es posible acercarnos de un alma a otra, de un corazón a otro, y cumplir la ley de Cristo.
LA PROSPERIDAD SEGÚN LA BIBLIA, NO LOS MERCADERES DE LA FE
ESCRIBE MANUEL ROBERTO CADENAS MUJICA
“Y les dijo: Mirad,
y guardaos de toda avaricia;
porque la vida del hombre
no consiste en la abundancia
de los bienes que posee”.
LUCAS 12: 15
El tema de la prosperidad resalta en estos días a partir de las enseñanzas del llamado Movimiento de la Fe, cuyas premisas vinculan la pobreza con el pecado personal y el éxito espiritual con la prosperidad material.
La desnaturalización de los principios bíblicos sobre el tema del dinero bordea, muchas veces, los límites del cinismo. Con el mayor desparpajo, día a día vemos a través de la televisión evangélica a oradores que tuercen el sentido de los textos de las Escrituras para adaptarlos a sus propósitos: lograr que el pueblo cristiano envíe sus donaciones en efectivo. El mensaje del evangelio de la salvación ha sido reemplazado por el chantaje de la doctrina de la ambición.
Un ejemplo claro es la tergiversación de la ley espiritual del “sembrar” y “cosechar". Lo que en una sana exégesis hace referencia al grueso de la conducta cristiana, donde las buenas acciones -incluido el apoyo económico a los hermanos en urgente necesidad- se verán recompensadas por el Señor muy generosamente -no se dice si en esta vida o en la eterna, aunque esta última opción resulta más coherente con el mensaje evangélico-, se ha convertido en una suerte de Bolsa de Valores religiosa, en la que agentes financieros “espirituales” señalan las mejores opciones de inversión y alta rentabilidad en dinero contante y sonante. En este macabro esquema, Dios es el cajero que está “obligado” a hacer efectivo el pago y el trono celestial se convierte en una gran oficina contable llena de pagarés y acciones.
¿Qué diferencia existe entre esta práctica y la escandalosa venta de indulgencias contra la que Lutero alzó su voz? Desgraciadamente, existe una, aunque desfavorable: la Curia romana del siglo XVII y su equipo publicitario ofrecían bienes espirituales a cambio de unas monedas; los promotores de “sembrar y cosechar” sólo ofrecen más dinero. Aquellos prometían el cielo; éstos apenas prometen la tierra. Los papistas apelaban al sentimiento religioso; los “sembradores” estimulan la avaricia y la codicia disfrazada de espiritualidad.
Es desde esa perspectiva que me he propuesto abordar el tema de la prosperidad realizando un acercamiento canónico a los textos de la Escritura que hablan al respecto. La totalidad de la enseñanza bíblica es un buen antídoto contra este tipo de herejías.
La prosperidad de los justos
Es cierto que, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, la prosperidad material, la riqueza, aparece como una bendición de Dios. Y es correcto que se presente a Abraham como el modelo del hombre rico que teme a Dios.
Los Salmos y los Proverbios suelen elogiar al varón piadoso que florece como el árbol plantado junto a corrientes de aguas.
Pero si hemos de admitir esta bendición material divina, debemos también considerar aquellas condiciones que reúnen los que han sido partícipes de ella.
Es para el obediente. En el Antiguo Testamento son innumerables los textos que hacen referencia a la obediencia como condición esencial para ser receptáculo de las promesas divinas de prosperidad. En el citado caso de Abraham, la fe que lo hace pactar con Dios no es la de “confesar positivamente” ni la de “visualizar”, sino la de obedecer.
No han cambiado los propósitos divinos cuando en Levítico 26: 5 se menciona la abundancia en la producción agrícola y la seguridad económica. Igual referencia podemos encontrar en Deuteronomio 30, texto favorito de los defensores de la “doctrina de la prosperidad”. Lo que ellos no registran en su eiségesis es que la condición es fidelidad a la voluntad divina, total sumisión a sus designios, no “sembrar para cosechar”.
No ha cambiado el panorama con el advenimiento de los profetas. Isaías 30: 23 repite casi textualmente las palabras de Levítico, lo mismo que Ezequiel 36: 30, y Amós 9: 13. Y cuando en el Nuevo Testamento encontramos al joven rico, podemos apreciar que se trataba de un judío de conducta intachable a los ojos de la Ley.
¿Podemos decir, entonces, que es posible ganarse las bendiciones materiales de parte de Dios? No es ese el sentido de esta verdad bíblica. Más bien, lo que enseña es que Dios honra a los que le honran, y en ese aspecto, no debe sorprender si uno que ama a Dios con sinceridad es prosperado económicamente. No hay indicaciones de reclamo alguno pues es evidente que el hombre sujeto a la voluntad de Dios jamás va a efectuarlo.
Por lo demás, si bien el hombre que ha nacido de nuevo por la fe en Jesucristo es declarado justo por Dios (justificado, Ro. 5:1), no es lícito proyectar esta verdad a toda cita veterotestamentaria donde se le prometa prosperidad al justo, como propone Ulf Ekman , puesto que aquélla justificación tiene un sentido soteriológico, en tanto que ésta se refiere al plano ético-moral-religioso.
Es para el generoso. La «doctrina de la prosperidad» ha hecho bastante énfasis en el “principio de sembrar y cosechar”. Pero tal como lo presentan, este principio resulta bastante distanciado de lo que la Biblia enseña al respecto. En su libro “Cristianismo en crisis”, Hank Hanegraaff explica lo que es para el Movimiento de la Fe esta enseñanza:
“¿Qué es exactamente una semilla de fe? De acuerdo con Oral Roberts, ‘la semilla de la dádiva es la semilla de fe. Y la semilla tiene que ser plantada ANTES de que podamos hablarle a nuestra montaña de necesidades para que sea removida’. Simplemente expresado, ‘planta una semilla’ es sinónimo de ‘envíame el dinero’. El truco de la semilla de fe es poco más que un evangelio de avaricia basado en dar para que te den”.
Es bastante obvio que para sustentar semejante despropósito se ha tomado cierta terminología bíblica fuera de su contexto, ofreciendo una apariencia de piedad, pero negando la eficacia de ella. Un ejemplo claro es el de Lucas 6: 38, donde el contexto de dar y recibir no es el del dinero, sino el del perdón.
Las Escrituras enseñan otra cosa. Como en el caso del obediente, cuando la Biblia habla de que el generoso será prosperado, de ninguna manera lo hace para estimular la generosidad mediante un premio, sino para mostrar cuán complacido está Dios con aquel que se desprende de lo suyo para beneficiar a su prójimo, principalmente si se trata de un pobre o menesteroso. Esto está bastante lejos de enviar dinero a las abultadas cuentas bancarias de algún tramposo. Además, la Palabra de Dios enseña también que el ofrendar a Dios le es agradable a él en función a la honra que esto significa.
“Cuando haya en medio de ti menesteroso de alguno de tus hermanos de alguna de tus ciudades, en la tierra que Jehová tu Dios te da, no endurecerás tu corazón, ni cerrarás tu mano contra tu hermano pobre” (Dt. 15: 7); “El alma generosa será prosperada, Y el que saciare, él también será saciado” (Pr. 11: 25); “El ojo misericordioso será bendito, Porque dio su pan al indigente” (Pr. 22: 9); “A Jehová presta el que da al pobre, Y el bien que ha hecho se lo volverá a pagar”; “Pero esto digo: El que siembra escasamente, también segará escasamente; y el que siembra generosamente, generosamente también segará” (2 Co. 9: 6); “Pero el que tiene bienes de este mundo y ve a su hermano tener necesidad y cierra contra él su corazón, ¿cómo mora el amor de Dios en él?” (1 Jn 3: 17), “El que da al pobre no tendrá pobreza; Más el que aparta sus ojos tendrá muchas maldiciones” (Pr. 28: 27): en cada uno de estos casos, la generosidad (y la mezquindad) está referida a la ayuda al pobre, sea individual u organizada, como la que fue levantada para los santos de Jerusalén en tiempos de hambruna.
Pero si se examina estos textos dejando de lado las enseñanzas perniciosas del Movimiento de la Fe y a la luz de todo el consejo bíblico, se verá que el énfasis no está puesto en el premio, sino en la generosidad. El premio es secundario, pues todo reclamo es francamente contradictorio con la generosidad. Un versículo después Pablo aclara: “Cada uno dé como propuso en su corazón, no con tristeza NI POR NECESIDAD, porque Dios ama al dador alegre” (2 Co. 9: 7), es decir, a aquel que no da esperando la recompensa. Mejor aún, el Señor Jesús, refiriéndose al amor y la misericordia, afirma en Lucas 6: 27-36: “Y si prestais a aquellos de quienes esperáis recibir, ¿qué mérito tenéis? Porque también los pecadores prestan a los pecadores para recibir otro tanto... prestad, no esperando nada; y será vuestro galardón grande, y seréis hijos del Altísimo...”.
Es así que vemos a Abraham, el personaje favorito de los “maestros de la prosperidad”, ajeno a toda avaricia y dispuesto ante Lot a perder lo mejor de sus bienes y de sus oportunidades (Gn. 13: 9). El contentamiento no es precisamente la virtud que más predican estos charlatanes, cuando ella tiene una amplia exposición en las Escrituras (Pr. 15: 16; Lc. 3: 14; Fil. 4: 11; 1 Ti. 66: 6 y 8; He. 13: 5): “Porque gran ganancia es la piedad, acompañada de contentamiento”.
Los peligros de esa "prosperidad"
“Espiritual es lo que viene de Dios, que es espíritu. La filosofía griega entró a ‘hurtadillas’ en la iglesia por medio del gnosticismo, comenzando a diferenciar entre lo interior, la vida espiritual, y lo exterior, lo material. Se dijo que lo exterior era malo y que había que rechazarlo para ser realmente espiritual. Preferiblemente había que recluirse en un monasterio, flagelarse y hacer voto de pobreza, y así posiblemente uno podría ser aceptado por Dios. Se convirtió en una doctrina de obras. El cuerpo de Cristo sufre, aún hoy, las consecuencias de esto. Fue aquí donde el ideal de pobreza entró. Pero Dios no hace ninguna diferencia entre lo espiritual y lo material” .
Hay una media verdad en esta “historia de la pobreza en la Iglesia” que propone Ekman: existe, en verdad, ese prejuicio por lo material en nuestras iglesias. Es la cultura “occidental y cristiana” (léase “occidental y neoplatónica” para ser más justos) una de las culturas que le ha dado un tinte moral a las riquezas que la Escritura no les da. Manuel Gonzales Prada, el pensador peruano, hacía referencia a esa tendencia cuando afirmaba sarcásticamente en alguno de sus ensayos de “Páginas libres” que el clero solía decir con cinismo al pueblo “sacrifíquense y gánense el cielo, mientras aquí nosotros nos ganamos la tierra”.
Pero esta es apenas una media verdad, porque aunque la Biblia no asocia pobreza con piedad, sí le otorga un lugar especial a los pobres y clama contra muchos ricos. “Hermanos míos amados, oíd: ¿No ha elegido Dios a los pobres de este mundo, para que sean ricos en fe y herederos del reino que ha prometido a los que le aman?” (Stgo. 2: 5) Históricamente, desde el principio del cristianismo, han sido las clases más oprimidas las que han respondido con mayor fervor al mensaje del evangelio. No así las clases más acomodadas. Esta no es una regla, pero sí una comprobación de Lucas 18: 24: “... ¡Cuán difícilmente entrarán en el reino de Dios los que tienen riquezas. Porque es más fácil pasar un camello por el ojo de una aguja, que entrar un rico en el reino de Dios”. Con todo, han existido y existen muchos hombres ricos que han entregado su vida al evangelio, pero no son los más.
Evidentemente, Ekman está buscando con sus afirmaciones que se asocie contentamiento con monasticismo, para espantar a los lectores. Pero no puede negarse, ni a la luz de la Biblia ni de la experiencia, que la prosperidad material tenga sus peligros. Los promotores del Movimiento de la Fe nos acusan de atribuirle maldad o peligro a la creación de Dios, a lo que él tildó de “bueno” en el Edén. Nada menos cierto. Sin duda, no es el dinero el peligro, sino el amor al dinero. Pero también Eva andaba desnuda en el Edén y allí no había problema, hasta que el pecado entró en la humanidad y la exposición de cuerpos femeninos desnudos para el deleite de los ojos ha pasado a llamarse pornografía. El cuerpo femenino sigue siendo una obra buena de Dios, pero el corazón del hombre ha cambiado y ya no puede ver esta obra divina sino con ojos pecaminosos. De igual modo, nadie que esté expuesto a las riquezas deja de correr los siguientes peligros:
Inclinación a olvidar a Dios. “Cuando Jehová tu Dios te haya introducido en la tierra que juró a tus padres Abraham, Isaac y Jacob que te daría, en ciudades grandes y buenas que tú no edificaste, y casas llenas de todo bien, que tú no llenaste, y cisternas cavadas que tú no cavaste, y viñas y olivares que no plantaste, y luego que comas y te sacies, cuídate de no olvidarte de Jehová, que te sacó de la tierra de Egipto, de casa de servidumbre” (Dt. 6: 10-12).
“No sea que me sacie, y te niegue, y diga: ¿Quién es Jehová?...” (Pr. 30: 9)
Desde luego que Israel vio cumplirse las promesas de prosperidad divinas. Pero, ¿no es cierto que pronto olvidó a Jehová y fue traspasado de muchos dolores? No debe minimizarse la advertencia divina: él sabe por qué dice “no te olvides”... ¡él sabe que lo vamos a hacer al menor descuido! El Señor conoce nuestra debilidad humana, sabe cuán seguros podemos sentirnos con el bienestar material y dejar de sentirnos seguros con su protección.
Estimula la codicia. “No confiéis en la violencia, Ni en la rapiña; no os envanezcáis; Si se aumentan las riquezas, no pongáis el corazón en ellas”. (Sal. 62: 10)
“Codiciáis, y no tenéis; matáis y ardéis de envidia, y no podéis alcanzar; combatís y lucháis, pero no tenéis lo que deseáis, porque no pedís. Pedís y no recibís, porque pedís mal, para gastar en vuestro deleites” (Stgo. 4: 2-3)
“Porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón” (Mt. 6: 21)
La codicia viene de un corazón que se ha desviado, que se ha pervertido, que quiere más y más, que no se sacia con lo ya alcanzado. Un corazón sin contentamiento, que va tras el oro y es esclavo de él. Ningún hombre es inmune a ello y el anhelo por una cada vez mayor prosperidad económica puede transformarse con suma facilidad en codicia, aunque se revista de santidad.
Pone en peligro la integridad. “El hombre de verdad tendrá muchas bendiciones; Mas el que se apresura a enriquecerse no será sin culpa”. (Pr. 28: 20)
“Porque el desvío de los ignorantes los matará. Y la prosperidad de los necios los echará a perder” (Pr. 1: 32)
“Porque raíz de todos los males es el amor al dinero, el cual codiciando algunos, se extraviaron de la fe, y fueron traspasados de muchos dolores”. (1 Ti. 6: 10)
La historia humana está llena de ejemplos al respecto. Recuérdese la fiebre del oro en California, en la segunda mitad del siglo pasado, la fiebre del caucho en la selva peruana a principios del siglo XX, el jueves negro en Wall Street en 1929, la crisis en el mercado financiero asiático a fines de los años 90, o más recientemente la burbuja inmobiliaria en los Estados Unidos: cuántas vidas humanas destruidas a causa de la codicia, de haber puesto la mirada y la confianza en lo material.
“El que confía en sus riquezas caerá, Mas los justos reverdecerán como ramas”. (Pr. 11: 28)
Impide entrar al reino de Dios. Este es un aspecto muy poco removido por los defensores del “sembrar y cosechar”. “No podéis servir a Dios y a las riquezas” (Mt. 6: 24), se hace aquí alusión al dios Mammon, y aunque un ídolo no es nada, Pablo nos advierte que lo que los gentiles sacrifican a los demonios sacrifican. Detrás de la idolatría está el propio Satanás. En repetidas oportunidades cuando la Escritura contrapone el servicio a Dios al del mundo, se está refiriendo al mundo y su seducción por lo material (Stgo. 4: 1-4; Mt. 16: 26; 1 Jn. 2: 15; Lucas 16: 19-25).
Por eso es que afirma Jesús después de habla con el joven rico: “¡Cuán difícilmente entrarán en el reino de Dios los que tienen riquezas!”, aclarando luego a sus discípulos que “¡Cuán difícil le es entrar en el reino de Dios a los que confían en las riquezas”. (Mr. 10: 23-24).
Resulta en una vida estéril. “Pero los afanes de este siglo, y el engaño de las riquezas, y las codicias de otras cosas, entran y ahogan la palabra, y se hace infructuosa”. (Mr. 4: 19)
El resultado de estar “buscando la bendición de Dios” en el sentido material no es otro que una vida espiritual sin frutos. ¿Cuántas almas ganan para Cristo aquellos que durante muchas horas se dedican desde la televisión a esquilmar a los creyentes con promesas de prosperidad que ellos no pueden cumplir? Es imposible alcanzar el evangelio de la gracia de Dios en Cristo Jesús y de la salvación gratuita a nadie si se le pide primero una colaboración para ser bendecido. Es improbable que quien se ha dedicado a buscar dicha “bendición” contante y sonante pueda escuchar la voz de Dios a través de su Palabra. Y si ésta lo exhorta a “la piedad acompañada de contentamiento” hasta es posible que la “reprenda en el nombre de Jesús”.
Expone a tentaciones poderosas. “Porque los que quieren enriquecerse caen en tentación y lazo, y en muchas codicias necias y dañosas, que hunden a los hombres en destrucción y perdición”. (1 Ti. 6: 9)
Todavía están frescas las imágenes de miles de peruanos al borde de la desesperación y la locura tras haber perdido todos sus ahorros, muchas veces el dinero de su jubilación de toda la vida o de la venta de alguna propiedad, en el extinto CLAE. Aunque suene duro decirlo, estas personas, creyentes incluso, cayeron en tentación y lazo. ¡Cuántos de ellos ya habían duplicado y triplicado su capital, pero querían seguir recibiendo ganancias sin mover un dedo! Codicias necias y dañosas que los hundieron en destrucción y perdición.
Hoy podemos ver lo mismo en ciertos negocios piramidales que invitan a hacerse millonarios sin hacer prácticamente nada. Eso sí, realizando una “inversión” inicial en, por ejemplo, pastillas que supuestamente aumentan el octanaje de la gasolina y ahorran gasto de combustible. Se trata nada más que de una carnada para “olvidar” que se trata de una pirámide.
Fugaces e inciertas. “¿Has de poner tus ojos en las riquezas, siendo ningunas? Porque se harán alas como alas de águilas, y volarán al cielo”. (Pr. 23: 5)
El Predicador reflexionaba de la vanidad que hay en vivir para trabajar y luego tener que dejar a otro el fruto de tanto esfuerzo en el momento menos esperado. Jeremías también habla lo mismo de quien se dedica a amontonar riquezas, pues “en la mitad de sus días las dejará”. Y el Señor Jesús contó la historia de un hombre que, creyendo que tenía vida “para rato”, planificó aumentar sus bienes y disfrutarlos a todo lujo. “Necio, está noche vienen a pedirte tu alma, y lo que has provisto, ¿de quién será. Así es el que hace para sí tesoro, y no es rico para con Dios” (Lc. 12: 20-21).
Las riquezas son inciertas porque la vida es incierta.
La prosperidad del impío
¿Su puede identificar la prosperidad material con la vida de piedad y santidad? Ciertamente no. Y la mejor prueba es que el impío, el que desconoce a Dios en su vida, también prospera, y generalmente en mayor medida que el hijo de Dios. Mientras que en repetidas ocasiones encontramos a siervos del Altísimo padeciendo algún tipo de necesidad económica.
Es francamente burdo el intento del Movimiento de la Fe de mostrar a un Señor Jesucristo viviendo en la opulencia. Ni siquiera el Vaticano, con toda su pompa y lujo, se ha atrevido jamás a aseverar que Jesús haya vivido semejante estilo de vida. Pero estos infatuados tuercen detalles de la Palabra de Dios para tratar de demostrarlo.
Afirman, por ejemplo, que el hecho de que Judas llevara la bolsa y fuera una suerte de tesorero implica que el Maestro manejó una fortuna que le permitía vivir cómoda y plácidamente. En el colmo del cinismo, aseveran que cuando Jesús dijo que “el Hijo del hombre no tiene donde recostar la cabeza” se refería solamente a que en Samaria “no había un Holliday Inn en cada esquina, así que Jesús se vio obligado a regresar a su acogedora casa de Jerusalén”.
Los más avezados maestros de la Fe, tales como Paul Crouch, Frederick K. C. Price, Oral Roberts y John Avanzini, llegan al colmo de afirmar que no sólo Jesús era rico, sino que además el apóstol Pablo tenía tanto dinero que pudo neutralizar el sistema judicial de su época. Resulta increíble que alguien pueda afirmar eso de un hombre que en su primera carta a los corintios asegura haber padecido hambre, tenido sed, estado desnudo, sido abofeteado y no tenido morada fija (1 Co. 4: 9-13).
Estos fallidos intentos por presentar a Jesús y sus discípulos como acaudalados magnates no han tenido otro propósito que armonizar su endeble premisa, que identifica al pobre con el pecador y al próspero con el hombre de éxito espiritual. Su argumento engañoso se desbarata con sólo abrir las Escrituras y encontrar impíos tremendamente prósperos y hombres de Dios y de fe extremadamente pobres.
El profeta Jeremías se propuso indagar ante el Señor por esta aparente inconsistencia de la voluntad divina: “Justo eres tú, oh Jehová, para que yo dispute contigo; sin embargo, alegaré mi causa ante ti. ¿Por qué es prosperado el camino de los impíos, y tienen bien todos los que se portan deslealmente?” (Jer. 12: 1) El salmista Asaf, en el salmo 73, narra cómo esta comprobación había causado profunda turbación en él:
“En cuanto a mí, casi se deslizaron mis pies, por poco resbalaron mis pasos. Porque tuve envidia de los arrogantes, viendo la prosperidad de los impíos... He aquí estos impíos, sin ser turbados del mundo, alcanzaron riquezas”. (Sal. 73: 2,3, 12)
La explicación la obtuvo Asaf acercándose a la presencia de Dios en humillación y expectación (v. 17). Allí comprendió él que las riquezas pueden ser un medio de juicio de parte de Dios para los impíos, poniéndolos en “deslizaderos”. Por eso, quitando la mirada de esta prosperidad material de corte mundano, dejando de desear cosa alguna aquí en la tierra (v. 25), comprende que su única esperanza es Dios para siempre (v. 26).
Aunque el oro y la plata pertenecen al Señor (Hageo 2: 8), y de él es la tierra y su plenitud (Sal. 24: 1), la preocupación del cristiano no debe centrarse en estos hechos. Más aún si se entiende que por alguna razón el Señor permite que Satanás maneje la riqueza del mundo, como lo reconoció Jesús el día de su tentación en el desierto (Lc. 4: 5-6). El enemigo ha establecido un sistema mundano de adoración a Mammon que se manifiesta en una escala de valores absolutamente materialista que identifica prosperidad con posesiones, bienes y dinero: la sociedad de consumo. Y los maestros de la Fe no hacen más que seguir la corriente de este mundo.
Bendecidos para bendecir
¿Dios quiere prosperar a sus hijos? ¡Claro que sí! Pero, ¿significa eso que sus hijos pueden reclamarle para tener todo lo que desean? ¡Claro que no!
Las enseñanzas del Movimiento de la Fe han tergiversado el sentido que tiene la prosperidad del creyente en las Escrituras. Este sentido es de protección, cuidado, provisión, pero nunca satisfacción de la codicia y la avaricia. Significa que Dios va a dar lo que necesitamos, pero no implica que vamos a enseñarle a Él qué es lo que necesitamos.
Tampoco enseñan las Escrituras que podemos “mover la mano de Dios”, “dejar que él nos prospere”, como si se tratase de un ser pasivo al que hay que estar importunando constantemente o diciéndole lo que tiene que hacer y cuándo lo tiene que hacer.
La generosidad del cristiano es un don de agradecimiento, no un chantaje “espiritual” al Señor. No damos para recibir: damos para dar y para agradecer a Dios por su generosidad para con nosotros. ¡Y le damos de lo que él nos da!
Si el Señor tiene a bien hacer abundar lo material en nuestras vidas, sin duda el propósito es que bendigamos a otros, que llevemos el mensaje del evangelio a cada rincón de nuestra ciudad, de nuestro país. No lo hace para que podamos cambiar un Toyota por un Ferrari, sino para que usemos esos miles de dólares en alcanzar el mensaje de salvación a miles de personas.
Que el Señor nos ayude a alcanzar ese entendimiento.
Bibliografía
1. BIBLIA DE REFERENCIA THOMPSON. Miami, Florida: Editorial Vida, 1987. 1812 pp.
2. CONCORDANCIA DE LAS SAGRADAS ESCRITURAS. Nashville: Editorial Caribe, 1997. 936 pp.
3. EKMAN, Ulf. Economía liberada; Lo que la Biblia dice sobre la prosperidad económica. Terrassa (Barcelona): Editorial CLIE, 1993. 125 pp.
4. HANEGRAAFF, Hank. Cristianismo en crisis. Miami, Florida: editorial Unilit, 1993. 482 pp.
5. NUEVO DICCIONARIO BÍBLICO. Madrid, Buenos Aires, La Paz, Quito: Editorial Certeza, 1991. 1479 pp.
6. VARIOS AUTORES. La prosperidad según ocho autores latinoamericanos; ¿Es posible en una sociedad en crisis? Miami, Florida: Editorial Unilit, 1990. 83 pp.
RESPETOS GUARDAN RESPETOS
Mi padre era alcohólico, ya lo dije en un artículo que escribí aquí sobre el alcoholismo y los puntos de vista bíblicos al respecto (después les contaré lo que encontré en una página web evangélica bautista, cómo algunas veces se puede caer, con toda la buena intención del mundo, en argumentos ridículos y tirados de los pelos para buscar un bien). Él fue huérfano de padre y madre. Su madre murió cuando Robertito tenía siete años. Su padre… cuando Robertito tenía casi cincuenta, pero nunca se interesó por él; es más, ni siquiera lo conoció en persona pese a que era su único hijo varón.
No voy a hacer un drama de ello, pero vivir en el hogar de un alcohólico que ha caído varias veces en prisión (sí: Lurigancho, el Sexto…) por varios delitos con los que quiso ganarse la vida y también porque mis propios tíos lo metieron preso a raíz de que en una pelea con mi madre mi padre empujó una puerta y detrás estaba la viejita de 87 años, que cayó y se fracturó la cadena; como se imaginarán, no fue la experiencia más grata del mundo. Aquellos años, cuyos contornos emocionales se han borrado mucho en mí, suavizado también, fueron una vorágine en la que yo mismo no tenía idea adónde iba a caer, pero la mano del Señor me sostuvo siempre.
Sin embargo, pese a esas experiencias, que iré deshilvanando una a una en este blog, yo tengo un recuerdo idílico de mi padre. Él no era un tipo poco cultivado. Le gustaba leer mucho y en el Lurigancho fue el delegado de pabellón y encargado de la biblioteca, que depredaba para enviarme libros, pues sabía que yo también me los devoraba. Recuerdo mucho que él fue la única persona que supo intuir, descubrir y promocionar en mí la vocación literaria, aunque en esos años yo anduviera tan distanciado de él y rebelde que no supe valorarlo. También a su momento iré compartiendo cada una de las cosas que, con el correr del tiempo, he aprendido a valorar de él, porque al fin y al cabo fue un luchador a su manera e hizo todo lo mejor que pudo con su vida y con la nuestra, con el conocimiento y capacidad emocional con que contaba. Me quiero centrar en una, y de esa una, en un aspecto muy concreto que ha servido de título para esta oportunidad.
Él era un hombre dicharachero, curiosamente compartiendo esa cualidad con mi abuela, otra mujer dada al refranero popular. Crecido en el barrio del Rímac, un barrio muy popular de Lima, Perú, específicamente en la avenida Francisco Pizarro cuadra 7, me atrevo a pensar que las amistades de lugar tan tradicional en una época en que Lima cabía en un puño y era una ciudad alegre y cosmopolita, gente de raigambre humilde pero salerosa, pícara y criolla, muchos de ellos negros quimbosos y negras sabrosas, fueron forjando en él esa característica. Recuerdo mucho verlo con esa gente muy dada al divertimento, a las cervezas y el cebichito del domingo, aunque en sus días más prósperos el viejo haya frecuentado también los lugares más empingorotados de la capital. Pero regreso al barrio del Rímac y a la influencia que tuvo en su refranero personal.
De esa manera, crecimos escuchando sus dichos y refranes. Cuando nos enviaba a comprar algo siempre nos decía: “Como jugando ve a la tienda de Don Pedro y trae un kilo de azúcar”, o “ve al kiosko de Tarapacá, compra un Extra y… ¡ya estás acá!”. Una de las que más me divirtió siempre fue aquella de “no te hagas el vivo, que de sonso te queda bien”. No obstante, no siempre se trataba de frases tan alegres. Cuando algo no le gustaba solía decir que “las cosas, claras; y el chocolate, espeso”, pero sobre todo recuerdo su máxima a la hora en que alguien se había excedido en sus palabras o hechos y don Robertito no tenía sus chelas encima (si no, lo hubiera arreglado de otro modo): “Respetos guardan respetos”.
He leído a mi esposa responder con una demanda de respeto mi primera incursión en hacer un blog más personal, menos intelectual. Y quiero decirle que le doy todo mi respaldo: el mayor tesoro que puede tener una relación es el respeto. Eso lo he entendido este último año mejor que nunca, revisando mi vida y mis relaciones en todos los órdenes de la vida: familiares, amorosas, de trabajo, en la iglesia. Y vengo a descubrir (Cristóbal Colón es un niño de pecho a mi lado) que don Robertito tenía otra vez la razón cuando insistía en que el respeto hacia el prójimo es la mejor garantía de ser respetados y de respetarnos. Profunda frase, sin duda.
Si miro hacia atrás veré que cada vez que algo se ha estropeado es porque yo no lo he sabido respetar. Primero, yo mismo. Porque así como el amor (y tal vez sea una faceta de él), el respeto también empieza por casa, en uno mismo. “Ama a tu prójimo como a ti mismo” es una máxima en doble que da por sobre entendido que lo más natural del mundo debe ser el amor propio y que sin ese punto de partida es imposible entregar amor a nadie, porque nunca se tendrá un punto de referencia o el que se tenga será insuficiente. ¿Cómo puedo saber lo que mi prójimo desea o necesita si yo no sé lo que deseo y necesito o le hago caso omiso? El amor debe empezar por mirarme al espejo y decir: “Te amo y te voy a cuidar, pero haré lo mismo con mi prójimo”. El respeto también.
¿Y cómo es que no me respeto a mí mismo? Me pasaría la vida diciendo todas las maneras como no lo he hecho, pero voy a tomar una como ejemplo: mi alimentación. Durante años me pasé pensando que mi estómago era resistente a toda la chatarra que le pusiera encima… y lo ha sido, pero el resto de mi organismo no, derivando en diabetes, hipertensión y angina de pecho. Me hice daño a mí mismo, no me respeté y ahí tengo las consecuencias. Pero voy a algo más íntimo, tal vez: la capacidad de decir “no”. También durante muchos años, por diversas razones, he sido muy débil como para sostener ese monosílabo y he terminado por hacerme mucho daño. No supe decir “no” a relaciones con las que no me sentía satisfecho o eran indebidas; no supe decir "no" a trabajos que me explotaban; no supe decir “no” a las manipulaciones de mi madre, de mis pastores, de mis jefes, de mi propia esposa. No supe decir “no” a los caprichos de mis hijos.
Saber decir “no” es una forma de respetarse a sí mismo, porque implica que no permito aquello que me perjudica y que a la postre va a perjudicar a los demás, porque me va a relacionar mal con ellos, y cuando quiera decir “no” les produciré un gran dolor y sufrimiento, acostumbrados a que sea una “mamapancha”, un pelele, un hombre que quiere agradar a como dé lugar. Cuando uno aprende a decir “no” impide que situaciones no sanas se perpetúen, se hagan costumbre, ayuda a la sanidad, al orden, a la paz, porque el que dice “sí” siempre va a fallar mucho, a dejar plantadas a las personas, a no cumplir promesas, a permitir abusos. Un hombre que se respeta a sí mismo debe saber decir “no”, a tiempo y con firmeza.
Pero en la misma medida que me respeto debo respetar a mis semejantes o “prójimos”, una palabra que significa exactamente eso “próximos”. ¿Quiénes son mis más “próximos” o mis prójimos? Mi familia: mi esposa, mis hijos. Principalmente ellos. Mi padre decía también a modo de sorna sobre mí, cuando iba a la iglesia de adolescente y era un rebelde sin causa, uno de sus refranes: “Candil de la calle y oscuridad de su casa”. Viejo sabio. Durante años también yo no entendí que el respeto hacia mi esposa era un antídoto contra todos los males matrimoniales. Porque uno, incluso, puede estar molesto o enemistado, yendo al extremo podría uno estar al borde del divorcio, pero si hay respeto, hasta en esas situaciones indeseables se ahorran muchos dolores… y muchos dólares, porque ya no hay que pagar sicólogos.
Se puede incluso discutir sin faltarse el respeto. ¿Cómo es eso? Y es que el respeto se manifiesta en dos formas muy concretas, no es un sentimiento (como tampoco el amor aunque mi esposa diga que soy un duro por decir eso, pues tengo sustento bíblico): con la comunicación verbal y no verbal y con las acciones. Digo comunicación verbal y no verbal en lugar de simplemente “las palabras”, porque el respeto no es una mera formalidad. Es una actitud del corazón que se manifiesta en todo lo que comunicamos hacia fuera. Si no, sería hipocresía. Quien respeta jamás proferirá una palabra que pueda hacer daño directa o indirectamente a la persona, jamás transmitirá nada que pueda resultar perturbador, cuidará lo que dice y cómo lo dice, sus reacciones ante lo que dice la otra persona y no se amparará en el calor de la discusión para justificar nada.
Quien respeta tampoco hará nada que pueda resultarle dañino a la otra persona, ni justificarlo por la buena voluntad o motivación que haya tenido. Nada de “discúlpame lo que te voy a decir, pero creo que te lo mereces”, ni “deberías agradecerme, yo sabía que no estabas de acuerdo con que me tome esa atribución, pero lo hice por tu propio bien”. El mejor ejemplo del respeto es Jesús, quien ante su traidor, Judas, sólo usó estas palabras: “¿Qué estás haciendo, amigo?”. Él, sabiendo que Judas lo iba a traicionar, no se dejó llevar por ningún impulso para evitar que actuara de esa manera, ni tampoco le increpó o dijo palabras altisonantes para “hacerlo entrar en razón”. Dejó a su libre albedrío su modo de actuar y buscó una manera muy respetuosa de decirle “te estás equivocando”. Claro, podemos decir que alguna vez dijo “generación de víboras” o “hipócritas”, pero tengamos en cuenta que debemos imitar el carácter de Jesús, pero no su divinidad, porque el único juez es él.
Además, he comprendido este año que así como el amor es una decisión, el respeto también, y como el amor y el perdón, no depende de la otra persona, sino de uno mismo. Me he podido dar cuenta que uno puede decidir no tratar mal a alguien, conscientemente, bajo ninguna circunstancia, y que si eso ocurre, por más que la otra persona haya hecho lo indecible para sacarnos del quicio (las esposas, especialmente, saben exactamente qué botoncito tocar para que salga lo peor de nosotros, nos conocen demasiado), será siempre nuestra única y solitaria responsabilidad. Nada de “ella me hizo gritarle” o “él me llevó a insultarlo”. Nadie nos hace gritarle ni nos lleva a insultar a nadie. Somos nosotros los que decidimos, por nuestros impulsos, hacerlo.
Ahora, hay que tomar la decisión con firmeza porque sólo recobrar el respeto salvará muchas relaciones de nuestra vida. No es fácil, yo soy impulsivo y explosivo, mi esposa también, a veces caeré y fallaré a mi compromiso, pero el camino al cielo no es recto, sino como el tren que va a La Oroya o como el tigre: a veces retrocede para subir más o para saltar. Cuán sabio era, en realidad, don Robertito. Si lo hubiera respetado como todo hijo debe respetar a su padre, tal vez habría podido influir más en él y evitar que el alcoholismo lo devore como lo hizo, y lo lleve a una muerte tan temprana. Hoy creo que si hubiera respetado también a mi esposa, no le habría causado tantas heridas, y tendría un mejor punto de partida para tratar de recuperar nuestro matrimonio. Pero siempre diré: el pasado, no lo puedo cambiar, el futuro y el presente, sí. Ya saben: “Respetos guardan respetos”. Y me voy con una de mi abuela: “Consejos doy, para mí no tengo”.
¿ES VERDAD QUE SÓLO PENSAMOS EN LA CAMA?
Admiro esa capacidad que tienen las mujeres para hablar con libertad y sin tapujos de sus sentimientos, de mostrarse vulnerables, de expresar sus necesidades emocionales con total desparpajo y aun confesar sus más profundos anhelos y sueños. Lo digo a tenor del artículo que publiqué ayer acerca de los “círculos virtuosos” y los “círculos viciosos” en el matrimonio. Cuando se lo mostré a mi esposa, por correo electrónico, su respuesta fue que lo publique y muestre a los demás cuán inteligente soy, qué bien puedo argumentar, pero que si los demás me conocieran cómo soy, entenderían por qué ella es así conmigo.
Así que, quizás por primera vez en mi vida, gracias a ese desafío lanzado por ella, me atreveré a atravesar el umbral de lo intelectual, que sólo he traspuesto públicamente en mi poesía y en mis canciones, incluso con cierto lenguaje vedado, para lanzarme a la aventura de esa libertad de mostrarme vulnerable, de hablar de mis emociones, de mi vida personal, de aquello que como hombre me preocupa, me duele, me socava y también de aquello que me llena de esperanza, que le levanta, que me motiva.
En primer lugar quiero confesar lo que ella intuyó desde el primer momento en este artículo: “¿Por qué, en vez de hablar en abstracto, no dices que ese artículo se trata de ti?”. Sí: ese artículo habla profundamente de mí, de lo que pienso y siento en relación al amor, a los sentimientos, al matrimonio, a la relación de pareja, porque yo no he sido el mejor ejemplo al respecto y es más fácil teorizar que vivir. Y qué alivio se siente, créanme, al poder exponer sin ningún miramiento, quién soy, qué pienso, qué hay en mí.
Escribí ese artículo porque hace un año y medio que mi esposa, la escritora del blog LA DEPRESIÓN, y yo atravesamos una gran crisis matrimonial que según ella nació a partir de una relación que sostuve con otra mujer pero que en realidad, según mi punto vista, viene de muchos años antes, de la manera cómo ella y yo construimos este matrimonio, que por la gracia de Dios se sostuvo y se sostiene en medio de grandes luchas suyas y mías. Yo me separé de ella, me fui de la casa, le dije que no la amaba más y pensé en rehacer mi vida, aunque no me separé de mis hijos, a quienes amo con todo el corazón y quienes son la motivación terrenal de mi existencia.
Sí, la herí, la herí profundamente, la traté de una manera fría e indiferente, fui cruel con ella, pero por primera vez en mi vida traté de ser honesto conmigo y con mis sentimientos. En ese momento, en realidad, sentía que no la amaba, sentía que no podía seguir compartiendo una vida con ella, que le hacía más daño que bien permaneciendo a su lado sin los sentimientos que deben unir a un hombre y a una mujer. Ella quiso matarse o al menos es lo que demostró a todos. Se volvió como loca y eso a mí, en lugar de conmoverme nada más, también me produjo rabia e indignación, porque me dije: “¿Es que acaso no es capaz de querer a sus hijos por encima de todo, como yo lo hago?”. Pero gracias a Dios con el tiempo fue entrando en razón y con la ayuda de sus amigas Carola y Alcira (Thelma y Louise), buscando al Señor, que ha sido su tabla de salvación.
¿Y qué ha pasado conmigo? ¿Es que acaso los hombres que hacemos lo que yo hice somos unas basuras, como dicen las mujeres? ¿Es que acaso los sentimientos se obligan? Ella piensa que yo me fui en pos del sexo y de la lujuria. Pero si bien es cierto los hombres somos seres más sexuales que afectivos, a diferencia de ellas que son más afectivas que sexuales, es hora que las mujeres destierren de su pensamiento que todo lo que nos motiva es la cama. No, señores y señoras. Porque detrás de la cama, lo que hay es algo que se llama “intimidad” y que es la capacidad de entregarse con todo lo que uno es, de descubrir el corazón y ser genuinos, auténticos. Eso es lo que realmente hay en lo que las mujeres consideran únicamente “la cama”.
Es cierto: muchos hombres, sino todos, tenemos grandes apetitos sexuales que necesitan ser saciados. En parte por nuestra propia naturaleza: así nos hizo Dios, pero en parte también porque nuestra carne está sobre estimulada por las películas, la Internet, la publicidad, llena de sensualidad y que muestra a la mujer como un objeto. Pero las mujeres deberían reconocer que, por otra parte, si bien su naturaleza las impulsa a ser más afectivas, a necesitar más el apoyo emocional, la atención, el cariño, también su carne está sobre estimulada por las películas, las telenovelas, las canciones y las conversaciones entre ellas, llenas de romanticismo y que muestran a unos hombres “ideales” eternamente románticos que en la realidad no existen.
Yo creo que gran parte del auge del lesbianismo, como de la homosexualidad en los tiempos actuales proviene de lo mismo que también provoca grandes frustraciones matrimoniales: una expectativa equivocada sobre lo que es la pareja y el sexo opuesto. Pero no quiero volver a ponerme abstracto. Quiero volver a mis sentimientos, a lo que yo veo y creo. A mi punto de vista, que también es válido y que no quiere esconderse para que allí donde halla un hombre que también ha pasado por esta experiencia, pueda encontrar una voz de ayuda.
Por respeto a mi esposa, no quiero abundar en lo que pasó con la otra relación, pero lo cierto es que un año después, yo decidí volver a mi casa. ¿Por qué lo hice? ¿Frustración con la otra relación? ¿Sólo por los hijos? ¿Sólo por obedecer a Dios? ¿Porque me sentía solo y no puedo con mi soledad? ¿Para tener quién me haga las cosas? ¿Porque es más económico que mantener dos casas? ¿Porque extrañaba la comida? ¿Porque me di cuenta que estaba enamorado de ella y que no podía vivir sin su amor? No. Algunas razones son ciertas, pero no son únicas. Otras son sencillamente una tontería que las mujeres quieren creer porque no nos conocen, en realidad no se toman el tiempo de entendernos y darse cuenta que no somos esos estereotipos que pintan las canciones de Myriam Hernández, las comedias románticas de Hollywood ni las telenovelas de Televisa o Rede O’Globo.
Yo volví a mi casa porque me di cuenta de todas aquellas cosas de las que hablo en mi artículo (leánlo para entenderlo), porque haciendo un balance me di cuenta que la sicóloga que me ayudó un tiempo tenía razón: si tengo un negocio durante veinte años que no me da tan buenos dividendos, pero he invertido tanto, no voy a cambiarlo por uno que “parece” prometedor, pero del que no conozco nada o casi nada, por más bueno que parezca, porque además el negocio de tantos años merece una oportunidad, un esfuerzo más, se ha ganado ese derecho. Y junto a eso recién viene todo lo demás: sí, quiero obedecer a Dios porque sé que Él nunca me va a pedir nada para mi mal; quiero darles a mis hijos la familia que merecen; me di cuenta que en el fondo mío no ha desaparecido del todo el afecto que le tengo a mi esposa, que está adormecido de tantos dolores mutuos, el sol ocultado por las nubes; porque quiero hacer lo correcto.
Todo lo que digo en ese artículo es lo que yo quiero hacer. Romper el “círculo vicioso de retroalimentación negativa y naturaleza destructiva” para establecer un “circulo virtuoso de retroalimentación positiva y naturaleza constructiva”. Ponernos de acuerdo para empezar de nuevo, no ya como los adolescentes que nos conocimos y que nos enamoramos, porque eso ya no puede volver, pero sí como los adultos que nos conocemos y que queremos darnos una oportunidad, con la que se demuestre que sí se puede restaurar un matrimonio si le damos el lugar al Señor, deponemos nuestras actitudes, perdonamos y nos arrepentimos del mal que hemos hecho.
La cosa es ¿y quién le pone el cascabel al gato? Ninguno de los dos quiere dar su brazo a torcer. Yo porque tengo miedo de que sea más de lo mismo y que al entusiasmo inicial le sigan las peleas de toda la vida. Pero eso es falta de fe. Y ella, porque considera que siendo yo el ofensor, me toca dar los primeros pasos, hasta que ella esté convencida de la sinceridad de mi arrepentimiento y propósito, hasta que yo sane y vende sus heridas y ella se reestablezca. Bueno, ¿quién dará el primer paso? Yo creo que los dos debemos dar el paso a la misma vez: yo pidiéndole perdón sinceramente y proponiéndole renovar nuestro pacto matrimonial y ella comprometiéndose a perdonarme y dejarme empezar de nuevo. Porque la ofensa pudo ser mía, pero la relación es de los dos.
Sin embargo, estaría dispuesto a dar el primer paso aunque ella no dé el suyo.
Para que vean, chicas, que los hombres sabemos ser hombres cuando corresponde.
Y a ver, mujeres, si ustedes se atreven a dar el segundo, ya que tanto hablan.
MATRIMONIO, CÍRCULOS VIRTUOSOS Y CÍRCULOS VICIOSOS
PARA PODER ENTRAR DE LLENO A NUESTRO TEMA, es necesario que hablemos primero de algunos conceptos no siempre muy esclarecidos: enamoramiento, amor y afecto.
¿Qué es estar enamorado? ¿Es lo mismo que amar o que querer?
Se trata de palabras con significados muy particulares. Esos conceptos también están en la Biblia aunque con distintos vocablos.
ENAMORAMIENTO
El enamoramiento (en la Biblia la palabra griega eros) es un sentimiento de profunda atracción y afecto hacia otra persona.
Las personas enamoradas sienten “amarse” de una manera tan grande y sincera que están convencidas de querer compartir su vida “para siempre”.
Durante el enamoramiento, según recientes estudios científicos que verifican las conclusiones de la psicología y la sabiduría popular, trabajan activamente una serie de neurotransmisores que inhiben el juicio (la crítica) y aumentan el interés a grados obsesivos.
Es cierto que en el transcurso de esta etapa “el amor es ciego”, porque los procesos neuroquímicos impiden ver los defectos en la otra persona y sólo enfocan las virtudes y atractivos.
Tales estudios determinan, además, que dicho sentimiento tiene fecha de caducidad: entre 2 y 4 años, como máximo.
¿Es pernicioso, entonces, el enamoramiento? No, Dios lo ha creado como el medio más eficaz para establecer vínculos muy profundos y duraderos cuando se pasa de la etapa del enamoramiento a la del amor.
AMOR
El amor se describe en la Biblia mediante la palabra griega agape, que habla tanto de un aspecto emocional (sentimiento) como de “una decisión que determina una conducta” (voluntad) en la que se busca el máximo bien para la otra persona.
De ese modo, amar no es sentir, sino actuar. Dios es el mejor ejemplo del amor: “Porque de tal manera amo Dios al mundo que ha dado a su Hijo para que todo aquel que en Él crea, no se pierda, más tenga vida eterna”.
Por eso las órdenes “ama a Dios con todo tu corazón, con toda tu mente y con todas tus fuerzas”, “ama a tu prójimo como a ti mismo”, “maridos amad a vuestras esposas”, “amad a vuestros enemigos”. Dios no podría ordenar “sentir” amor por alguien, Él simplemente ordena “amar”: buscar el máximo bien para la otra persona, aunque esto signifique alguna clase de sacrificio (ver en ese enfoque 1 Corintios 13, donde, además, se incluye la necesidad de una motivación correcta: debe ser un acto de la voluntad, no forzado).
La naturaleza del amor difiere con cada objeto del amor: no será la misma clase de amor a los hijos que al cónyuge, ni a la madre que al vecino. Sin embargo, en todos los casos debe implicar la búsqueda del máximo bien. Por ejemplo: amar a un hijo significará en algunos casos disciplinarlo; amar al cónyuge será en el caso del marido proteger a la esposa, y en el caso de ella, sujetarse al esposo.
No obstante, el amor no es un acto mecánico ni está exento de un sentimiento de afecto. Precisamente para eso sirve el enamoramiento, para forjar tales lazos afectivos y emocionales en la pareja que sea fácil y placentero amarse cuando la etapa del enamoramiento llegue a su fin.
AFECTO
El cantante mexicano José José describió con mucha precisión los contornos entre “querer” (sentir afecto, apego) y “amar” (buscar el máximo bien para el ser amado):
“El que ama pretende servir / el que ama su vida la da / el que quiere pretende vivir / y nunca sufrir / El que ama no puede pensar / todo lo da / El que quiere pretender olvidar / y nunca llorar / El querer pronto puede acabar / El amor no conoce final / Casi todos sabemos querer / pero pocos sabemos amar”.
El afecto es el apego emocional que siente una persona por otra, o por algún otro objeto de ese afecto (se puede amar –querer, tener lazos emocionales con– el dinero). En cierta manera comporta también una costumbre, que no tiene por qué tener la connotación negativa que le atribuyen los románticos al uso.
La Biblia usa para el afecto la palabra filoi, tomando como referencia los lazos emocionales que se sienten por los parientes más cercanos, padres o hermanos.
Por naturaleza, el afecto es un sentimiento positivo, un lazo constructivo que le da un toque feliz a las relaciones humanas y que en el caso de la pareja se cultiva en la etapa del enamoramiento.
Pero el afecto puede tomar un cariz egoísta cuando no está revestido de agape (amor), esa voluntad de buscar el máximo bien para el ser amado.
ENTONCES, ¿NO SE PUEDE ESTAR ENAMORADO PARA SIEMPRE?
A decir verdad, nunca como en la etapa inicial del enamoramiento. El enamoramiento es, por naturaleza, temporal. Sin embargo, en situaciones favorables (veremos eso a continuación) es posible y deseable seguir alimentando la atracción y el afecto iniciales, especialmente cuando se llega al matrimonio.
El enamoramiento ha sido provisto como un poderoso impulso para forjar parejas con lazos afectivos profundos que decidan amarse para siempre a través de un compromiso matrimonial
Es necesario advertir, sin embargo, que durante al menos cuatro mil años, hasta que surge la secuela del humanismo llamado “romanticismo” (El Decamerón, Romeo y Julieta y demás sublimización del enamoramiento), se hayan establecido millones de vínculos conyugales estables y felices sin haber pasado por esta etapa previa.
Gracias al movimiento romántico y, contemporáneamente, a las novelas, telenovelas, películas y canciones populares, el enamoramiento ha tenido una gran publicidad, endiosándosele como el “verdadero amor”.
Esta confusión ha traído consecuencias nefastas para las sociedades, que empezaron a cimentar decisiones trascendentales, que requieren de suma estabilidad, como casarse y establecer una familia, sobre un sentimiento por naturaleza efímero.
¿NO ME VUELVO A ENAMORAR?
Como dije al principio, el enamoramiento no es algo pernicioso. Es sumamente benéfico para iniciar una relación duradera con gran impulso.
Pero además de los inconvenientes que provienen de establecer sobre este sentimiento las bases del matrimonio y la familia, existen otros que surgen de los protagonistas del enamoramiento, de los propios enamorados.
Toda relación es el espejo de quienes la han establecido. Así, no es lo mismo que se enamoren y luego establezcan una relación conyugal dos personas emocionalmente sanas, que se enamoren y se casen dos personas emocionalmente insanas, enfermas emocionalmente.
Por eso se dice que enamorarse y casarse es como una lotería: nunca se sabe si el boleto que te tocó te dará un premio o no. En cierta manera es cierto, principalmente cuando no se ha tenido guía ni orientación en la vida, como sucede con el gran porcentaje de los jóvenes que se enamoran y se casan.
ASÍ ES UNA RELACIÓN SANA
Las personas emocionalmente sanas llegan al enamoramiento y establecen luego, si las circunstancias son favorables, una relación permanente, de manera muy distinta a las personas emocionalmente insanas.
En el enamoramiento, las muestras de atracción y afecto llegan a establecer lo que llamo un “círculo virtuoso que se retroalimenta positivamente y de naturaleza constructiva”.
¿Cómo es este círculo virtuoso? Es un feeback (salida/retorno) permanente de cariño, pasión, amistad, interés y –sobre todo– gran respeto mutuo. De esa manera, cuando se supera la etapa de enamoramiento, surge una relación de gran poder constructivo, y luego un matrimonio para toda la vida.
Es un círculo virtuoso no porque esté exento de problemas y errores, sino precisamente porque la relación no está enfocada en los aspectos negativos de la misma, que son superados de manera apropiada.
Por ejemplo, cualquier desliz de infidelidad será inmediatamente afrontado con firmeza por parte del afectado o afectada: será perdonado conscientemente si hay arrepentimiento sincero con señales claras de voluntad de cambio, o será motivo de ruptura en salvaguarda de la propia integridad emocional y de la relación.
Lo propio sucederá con los celos injustificados y obsesivos, el desamor o frialdad, las reacciones histéricas, los reproches y la crítica permanente o la violencia física, verbal y sicológica, que difícilmente tendrán lugar o se permitirán entre dos personas emocionalmente sanas.
El respeto mutuo es la clave principal de este enamoramiento sano, el puente que permite transitar hacia una relación estable y duradera. De ese modo, cuando se llega a la orilla del compromiso, no hay heridas sin sanar ni recuerdos que atormenten.
El círculo virtuoso ha creado una retroalimentación positiva. La memoria se enfoca en los momentos gratos vividos y la voluntad se propone repetirlos ad infinitum. Y esa voluntad, a su vez, alimenta la relación de una atmósfera apropiada para el romanticismo y la pasión, a pesar de que la etapa del enamoramiento haya caducado.
Todo aquello que pueda nublar u oscurecer el horizonte es visto por esta pareja como un desafío que hay que afrontar juntos y unidos en salvaguarda de ese tesoro que han ido acumulando. Por eso no pierden el tiempo en buscar culpables: es su relación y no quieren que nada ni nadie la ponga en peligro.
Es una pareja absolutamente responsable de sí misma.
¿CÓMO ES UNA RELACIÓN INSANA?
No es difícil imaginarlo, porque es el que más abunda, fruto de personalidades inestables y emocionalmente frágiles, enfermas.
Cuando dos personas –porque tienen que ser dos, nadie emocionalmente sano se somete a una relación enferma o no por mucho tiempo, siempre busca ayuda– emocionalmente insanas se enamoran, es común que empiecen a vivir el cielo y el infierno en la tierra.
En este enamoramiento, las contradictorias muestras de atracción y afecto al lado de la falta de respeto y obsesividad compulsiva, llegan a establecer lo que llamo un “círculo vicioso que se retroalimenta negativamente y de naturaleza destructiva”.
Amor y odio. Felicidad y sufrimiento. Cariño y violencia. Paz y perturbación. La contradicción marca este tipo de relaciones porque en ambas personas (o en una) hay graves problemas emocionales no resueltos.
Eso no constituye una culpa, pero sí una responsabilidad: no somos culpables de lo que somos, pero sí de lo que seremos y queremos ser. No podemos cambiar el pasado pero sí el presente y el futuro, si buscamos la ayuda apropiada y nos ponemos en las manos de Jesús.
Sin embargo, mientras aquello no ocurre, el enamoramiento insano va estableciendo un feeback (salida/retorno) contradictorio de cariño, maltrato, amistad, deslealtad, interés, desamor y –sobre todo– total irrespeto mutuo.
De esa manera, cuando se acaba la etapa de enamoramiento, surge una relación de gran poder destructivo, y luego un matrimonio igualmente inestable, doloroso, no condenado a morir pero sí con altas probabilidades de divorcio o de otras secuelas todavía peores (depresión y suicidio, enfermedades cardiovasculares, diabetes, hijos inestables, violentos, sin respeto mutuo).
Es un círculo vicioso no porque esté exento de momentos de felicidad y alegría, sino porque la relación se va enfocando en los aspectos negativos de la misma, que no son superados de manera apropiada.
Por ejemplo, cualquier desliz de infidelidad será afrontado de alguna manera inapropiada, una mezcla de resentimiento y permisividad por temor a la pérdida o el abandono, sin decisión de perdón pero sin ruptura aunque no haya arrepentimiento sincero ni señales claras de voluntad de cambio. La víctima decide proseguir aunque se haga daño, dañe la relación y finalmente dañe al ser amado, a su victimario, a quien condena a la culpa permanente.
Lo que se viene enseguida son los celos justificados o injustificados, el desamor y frialdad, las reacciones histéricas, los reproches, la crítica permanente y la violencia física, verbal y sicológica, situaciones que al ser permitidas, van generando una ola imparable de dolor y sufrimiento, que difícilmente tendría lugar o se permitiría entre dos personas emocionalmente sanas.
La falta de respeto mutuo es la clave principal de este enamoramiento insano, el puente que traslada a una relación inestable y enferma. De ese modo, cuando se llega a la orilla del compromiso, hay tantas heridas por sanar y recuerdos que atormentan que se sigue repitiendo ese patrón ad infinitum.
El círculo vicioso ha creado una retroalimentación negativa. La memoria se enfoca en los momentos dolorosos y la voluntad no termina de decidir ponerles fin. Y esa falta de voluntad, a su vez, alimenta la relación de una atmósfera cargada de conflicto, reproches, infidelidades, violencia, que va matando el romanticismo y la pasión. No es extraño que un cónyuge, o ambos, “sientan” que no se aman.
La pareja se va disociando en sus reclamos mutuos, impidiendo que afronten juntos aquello que amenaza con nublar u oscurecer su horizonte y poniendo en grave riesgo el tesoro de su relación.
Ni siquiera consigue poner fin a esa situación con decisiones que por duras o dolorosas, siempre son mejores que el círculo vicioso en el que han caído, al menos momentáneamente. Pierde el tiempo buscando culpables y víctimas y forjando hijos emocionalmente enfermos también.
Se vuelve una pareja absolutamente irresponsable.
¿HAY ESPERANZA PARA UNA RELACIÓN INSANA?
Sí la hay, pero únicamente si ambos deciden romper con ese “círculo vicioso que se retroalimenta negativamente y de naturaleza destructiva”, y romperlo de raíz.
El propio Jesús dijo alguna vez que “no se puede poner remiendo de paño nuevo en traje viejo, porque tirará de éste y lo romperá”. Así tampoco se puede “remendar” una relación enferma con algunos tips o ligeros cambios. Mucho menos responsabilizando a uno de los cónyuges o cargando sobre sus hombros la responsabilidad de realizar todo el trabajo.
Lo primero que debe saber una pareja sumida en una relación insana es que el enamoramiento tiene un principio y un fin, que el enamoramiento no dura para siempre.
Si alguno de los cónyuges de una pareja insana –mayormente quien se considera “víctima” o de hecho lo es en mayor medida y siente una profunda frustración– pretende vivir nuevamente esta etapa y presiona al otro para que se la brinde, tiene altas probabilidades de encontrar únicamente más dolor y sufrimiento.
Igualmente, si el victimario creyera posible volver a sentir enamoramiento súbito de sólo quererlo o esperase sentirlo para recién buscar solución a esa relación insana, se hallará ante un callejón sin salida, de más culpas por no alcanzar esa expectativa y de probables recaídas.
El realismo, la sinceridad, la humildad y las convicciones claras son armas poderosas para quienes deseen sanar una relación enferma.
Lo segundo que debe recordar una pareja insana es que el amor no es un sentimiento sino un compromiso de la voluntad para buscar el máximo bien para la otra persona.
Esto tiene varias lecturas. ¿Cuál será el máximo bien para mi cónyuge? ¿Será exigirle que se convierta en Romeo de la noche a la mañana? ¿Será tratarla con desdén como si se tratase de la Cenicienta? Cualquiera de esas posiciones revelan sin duda los afectos dañados de ambos, pero no refleja una decisión de amor y renovación de compromiso.
Y en tercer lugar, deben reconocer que sin perdón mutuo, es decir, sin la renuncia consciente y definitiva a cobrar las ofensas proferidas, cualesquiera sean éstas, con una voluntad sincera y firme de no volver a cometerlas, es imposible cualquier sanidad personal y/o conyugal.
CÓMO ROMPER EL CÍRCULO VICIOSO
Probablemente aquí se tenga que decir, como los fariseos a Jesús cuando éste les comunicó su punto de vista bíblico sobre el divorcio: “Dura es esta palabra, ¿quién la podrá soportar?”. Pero en todo lo expuesto hay suficiente sustento bíblico como para tener seguridad de éxito.
Para romper un círculo vicioso hay que considerar dónde se generó, cuándo empezó. Y, como hemos visto, se inició el día en que dos personas emocionalmente enfermas trasladaron sus heridas y problemas emocionales no solucionados al enamoramiento.
Cae de maduro que lo primero que deben hacer para romper ese círculo vicioso es sanarse emocionalmente. Sin esa sanidad, están emocionalmente incapacitados para afrontar nuevamente una relación sana y responsable.
Pero es obvio también que en la etapa del enamoramiento, pese a los dolores y tristezas abundaban también la alegría y el goce, lo que lleva a estas alturas de la aflicción conyugal a preguntarse si acaso no se les acabó el amor simplemente o a reprocharse la falta de afecto y pasión como un verdadero pecado, una traición.
Sin embargo, debe recordarse que el enamoramiento se produjo gracias a una situación de absoluta distensión, porque una de las características de esta etapa es, precisamente, que las defensas emocionales bajan al máximo, hay una entrega total.
¿Cómo puede pensarse, entonces, que en una atmósfera violenta, de reclamos y culpas, de frialdad y bloqueo emocional, pueda surgir el romanticismo o la pasión en ninguno de los dos?
Esa falta de realismo no ayuda a romper el círculo vicioso. Más que el romanticismo o la pasión, lo que permitirá romperlo es el amor, bíblicamente entendido. Es decir, la decisión (voluntad) de buscar el máximo bien para el cónyuge.
El máximo bien es el perdón, el arrepentimiento sincero.
El máximo bien es el respeto. Cuando se recupera el respeto: verbal, físico y actitudinal, mediante una acción constante y decidida, las tensiones bajan, los bloqueos emocionales ceden, se crea un clima favorable a la recuperación de los afectos dormidos, y posteriormente, del romanticismo y la pasión, con el favor de Dios.
Por eso el máximo bien es también la búsqueda personal de una buena relación con Jesús.
Gracias a Él, relaciones enfermas que pudieron acabar en suicidio o alcoholismo, han podido sortear vendavales y mantener el hilo de la esperanza, han recibido la bendición de criar hijos aunque con problemas emocionales propios, mejor equipados para enfrentarlos y vencerlos.
De esta manera, se pasa de un círculo vicioso a un círculo virtuoso, un feeback (salida/retorno) permanente de cariño, pasión, amistad, interés y –sobre todo– gran respeto mutuo, del que surgirá una nueva relación de gran poder constructivo, un matrimonio para toda la vida.
¿Y QUÉ PASA SI ESA DECISIÓN NO LLEGA?
El Señor Jesús dijo que el divorcio Dios lo había aceptado por “la dureza del corazón”.
¡Y qué otra cosa es un corazón duro, endurecido, sino el que se resiste a tomar la decisión del perdón y/o arrepentimiento, de romper el círculo vicioso para ir a un círculo virtuoso!
El apóstol Pablo dijo lo mismo pero de otro modo, cuando hablo de si el cónyuge no creyente “consiente” en vivir con la hermana o cuando “quiere abandonarla”. En este segundo caso, dijo que se debía permitir porque “a paz nos llamó Dios”.
Desde luego, no consideró la situación de dos creyentes en problemas conyugales porque esperaba que, por principio, los cristianos deban estar dispuestos al perdón mutuo habiendo ya experimentado el perdón de Dios en sus vidas.
Pero, ¿qué sucede si aún siendo cristianos esa decisión no llega? ¿Qué si uno de los esposos, o ambos, no quieren o no pueden seguir los pasos hacia la restauración del matrimonio y la sanidad personal y matrimonial, si se resisten al perdón e insisten en sostener la relación enferma, el círculo vicioso que se retroalimenta de resentimiento y frialdad?
Igualmente, cuando Jesús habló, lo hizo a creyentes y no creyentes y pienso que esa dureza del corazón sigue siendo un motivo para que Dios permita el divorcio aunque no esté de acuerdo con él, porque prefiere la paz al conflicto y no es su naturaleza imponer un yugo que no se quiere llevar. En esos casos, es mejor la separación por el bien de todos los que están involucrados en la vida conyugal y familiar.
Ojalá quienes lean este artículo no endurezcan su corazón sino se abran a la posibilidad de una restauración matrimonial plena. Pero, no lo olviden, eso sólo es posible con realismo, perdón y amor.
¿QUÉ DICE DIOS SOBRE EL ALCOHOLISMO Y EL ALCOHÓLICO?
ESCRIBE MANUEL CADENAS MUJICA
Yo crecí en el hogar de un alcohólico. Mi padre lo fue y murió a causa del alcoholismo. Por esa razón, más que leer los textos de otros (los he leído y, en gran parte, me han parecido erráticos) he preferido reflexionar sobre la naturaleza de esta práctica, sus causas y efectos a partir de la experiencia vivida.
Para este artículo he seleccionado dos lecturas que me han parecido interesantes, por evitar la tendencia farmacológica y siquiátrica en el enfrentamiento del alcoholismo. ¿Cómo podría curarse un mal con fármacos cuando no se tiene la menor idea de dónde se encuentra situado ni cuál es su causa? Eso es simplemente una panacea al verdadero mal.
Las dos lecturas que sirven de bibliografía no reflejan necesariamente mi punto de vista, que cabalga entre las dos, una absolutamente conservadora y la otro aplicando principios de Alcohólicos Anónimos con pasajes bíblicos. Me parece que después de este trabajo, la reflexión quedará más abierta que nunca, pero puede tratarse de un buen principio incluso para otras dependencias, adicciones y malos hábitos, como veremos más adelante.