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EL HOMBRE FELIZ

Posted by ministrodigital on 12 Febrero, 2008 15:43

Salmo 1

EL HOMBRE FELIZ

 

  1 Dichoso el hombre
      que no sigue el consejo de los malvados,
      ni se detiene en la senda de los pecadores
      ni cultiva la amistad de los blasfemos,
2 sino que en la ley del Señor se deleita,
      y día y noche medita en ella.
3 Es como el árbol
      plantado a la orilla de un río
   que, cuando llega su tiempo, da fruto
      y sus hojas jamás se marchitan.
      ¡Todo cuanto hace prospera!

 

 
  • ¿Qué hace feliz a un hombre?
  • ¿Cuál es el camino de la felicidad?
  • ¿Es posible hallar algo que se llame felicidad en esta vida?


Sin duda, la felicidad es uno de los temas favoritos del hombre contemporáneo. La búsqueda de un estado de plenitud, de entera satisfacción, de gozo permanente, ha sido y es una de las tareas que se ha impuesto con mayor ahínco.

En el camino, sin embargo, el hombre ha encontrado que no es tan fácil hallarla, que es más común de lo que se cree falsificarla, enmascararla y/o confundirla con otras experiencias mucho más efímeras y superficiales.

Al contrario de lo que se piensa muchas veces, la Palabra de Dios sí habla de la felicidad, de un estado de plenitud vital: el estado de bienaventuranza. Y también establece un camino para hallarla, para disfrutarla.

 

PREPARANDO EL CAMINO PARA LA FELICIDAD

La experiencia inspirada del salmista le lleva a afirmar que hay al menos tres conductas que, de evitarlas, ponen al ser humano en perfectas condiciones para alcanzar la felicidad, aunque por sí solas no sean suficientes.

1. Seguir el consejo de los malvados. ¿Quiénes son estos malvados? El pasaje no revela a quiénes se refiere, lo que deja abierta la lectura para atribuir ese título a todo aquel que no practica el bien, es decir, a quien tiene una conducta alejada de las directivas de Dios.

En el Antiguo Testamento, sin duda, los malvados eran aquellos que tenían a menos los consejos y prescripciones de la Ley. Podemos tomar como ejemplo a los reyes de Israel y Judá y la calificación que da el cronista a cada uno: “hizo lo que ofende al Señor” o “hizo lo que agrada al Señor”. En el Nuevo Testamento, esa identificación puede extenderse a todo el que no obedece el evangelio de Jesucristo, porque su mente y corazón están en tinieblas.

El salmo invita a no seguir el consejo de esta clase de personas. No es una orden para rechazar cualquier vínculo o conversación (porque sin duda eso será necesario si se intenta alcanzarles el mensaje de Jesucristo), sino para no dejarse arrastrar por su perspectiva de vida ajena a Dios, para no permitir influencia alguna de su manera de pensar, de sus filosofías humanistas o sincretistas.

Es necesario, según el salmista, estar atentos a esta clase de “consejo” para no seguirlo, es decir, para que en la vida práctica no se termine sutilmente aplicando principios y formas de pensar que pueden estar enfrentados con el consejo de Dios, con la perspectiva y propósitos del Señor revelados en su Palabra y que suele escandalizar a los “sabios” de este mundo.

2. Detenerse o estar en el camino de los pecadores. ¿Qué es el camino o senda de pecadores? No se trata, obviamente, de otra clase de persona distinta a los “malvados” de líneas arriba, es nada más un recurso del salmista para no incurrir en repeticiones y para darle mayor musicalidad de sus versos. El énfasis aquí radica en la clase de actitud del “hombre” o “varón” a quien se dirige el salmo.

 

Lo que el salmista propone es que así como se debe evitar contaminar la mente con la forma de pensar de quienes no conocen el camino de Dios, también se debe evitar con mayor razón imitar su conducta o siquiera considerar la posibilidad de hacerlo. “Detenerse” en la senda de pecadores revela un relajamiento de la ética: quien se “detiene” en estos “caminos” o conductas está proclive a seguirlas.

 

Más de un ejemplo bíblico señala la necesidad de huir frente a la tentación del pecado. Quienes así lo hicieron, evitaron consecuencias nefastas; en cambio, quienes se detuvieron a considerarlo ligeramente, fueron devorados por él. Proverbios habla, por ejemplo, de no “mirar el vino cuando rojea”, es decir, no exponerse a la provocación del pecado de la borrachera.

 

 

3. Cultivar la amistad de los blasfemos. O “sentarse en la silla de escarnecedores”. El blasfemo es más que un malvado o un pecador, porque no sólo práctica el mal, sino que se regodea en él abiertamente, rechaza públicamente el consejo de Dios, lo tiene a menos, se burla de él, es “agnóstico” o “escéptico”. El blasfemo es una suerte de publicista de la maldad y del alejamiento de Dios.

 

No es poco común esta forma de maldad en estos tiempos como no lo fue en los del salmista. La blasfemia permite al pecador justificar su conducta y hasta presentar cualquier intento por seguir los caminos del Señor como “ridículo”. Consciente o inconscientemente, el blasfemo se convierte en embajador de Satanás y por eso el cristiano no debe intimar con él.

 

A la luz del evangelio, tampoco le corresponde juicio o condena sobre el blasfemo, pero desarrollar o cultivar una amistad implica un intercambio de influencias que no favorecerán la vida espiritual del cristiano. “Sentarse en la silla”, que es la figura literal, implica un grado de confianza peligroso, demasiado cercano que puede ser malinterpretado incluso por el blasfemo como una justificación a su conducta.

 

EN LA SENDA DE LA FELICIDAD

Aquellas son las tres conductas que, de evitarlas, ponen al hombre en condiciones de emprender el camino de la felicidad, preparan el terreno. Pero hay otras dos que son las que en realidad le permitirán ser feliz.

1. En la ley del Señor se deleita. La ley del Señor es, sin duda, toda la Palabra de Dios, pero aquí significa mucho más que simplemente el texto. Habla de la Voluntad Divina, de los propósitos de Dios expresados en su Palabra, en su ley, de su perspectiva de la vida, de la forma de pensar de Dios y de las consecuencias que esa forma de pensar implican para el ser humano.

El hombre que desee ser feliz tiene que ubicarse en la perspectiva de vida divina, es decir, debe conocer y asumir los pensamientos de Dios como propios, renunciando a los suyos. Pero no ha de hacerlo a regañadientes, hipócritamente o superficialmente –fariseísmo–, sino de todo corazón, deleitándose en lo que Dios piensa y dice.

Deleitarse en la ley del Señor es, pues, una sumisión de la mente y del corazón a los propósitos de Dios, es una decisión que encuentra su correlato emocional a medida que se hace permanente. La voluntad de conocer y someter pensamientos y sentimientos a la ley de Dios produce en el cristiano un deleite en la ley del Señor.

2. En la ley del Señor medita de día y de noche. Meditar es un ejercicio del intelecto y del corazón en el cual el ser humano concentra todo su pensamiento y sentimiento en un solo propósito. La meditación es una reflexión sostenida, disciplinada, e implica por tanto un esfuerzo consciente y una voluntad firme, porque la mente humana es naturalmente dispersa y laxa.

Cuando se medita, se escudriñan las razones profundas de las cosas, se procura alcanzar vistazos nuevos sobre realidades conocidas, se establecen puentes entre los conocimientos y las experiencias, se abre la mente a nuevas perspectivas y conocimientos. Pero a diferencia de la meditación orientalista o filosófica, los contenidos de la meditación cristiana están en la Palabra de Dios.

La meditación en la ley del Señor ha de ser, para quien busca la felicidad, un ejercicio permanente, sostenido, “de día y de noche”. Aún las mentes mejor entrenadas procuran estar en constante adiestramiento para un buen rendimiento. Cualquier descuido al respecto, puede echar a perder años de trabajo. El Señor sabe bien por qué nos pide un estado de vigilancia intelectual sobre su ley.

 

EN QUÉ CONSISTE LA FELICIDAD

En cierta forma, tienen razón quienes sostienen que la felicidad no es una meta, sino un camino. Pero eso no significa que no exista esa experiencia de plenitud que se espera sea la felicidad. El salmista la describe como un “árbol plantado a la orilla de un río”.

1. Cuando llega su tiempo da fruto. No hay un efecto instantáneo de felicidad como espera la cultura moderna del “fast”. Hay un proceso que no puede ser adelantado como sucede con el ciclo vegetativo de cualquier frutal. Eso demanda paciencia, muy probablemente quien ha seguido los pasos hacia la felicidad descritos por el salmista deba aprender también a esperar en los tiempos de Dios. Sin olvidar además que cada frutal tiene un tiempo distinto; así también cada hombre tiene su propio “timing” de Dios. Lo que no está puesto en duda es que el fruto llegará, es decir, un resultado visible y que se puede disfrutar.

2. Sus hojas jamás se marchitan. El hecho de estar a la orilla del río le da a este árbol una característica singular: nunca se seca. Es cierto, posiblemente el “timing” de Dios para ver el fruto sea más largo o más corto, pero eso nunca significará que el “árbol” padecerá temporadas de sequedad espiritual mientras se mantenga a la orilla del río: deleitándose de día y de noche en la ley de Dios. Las hojas revelan vitalidad, reflejan el estado interior del árbol aún cuando no haya frutos visibles o experimentables. “El que en mí creyere, no será avergonzado”. La felicidad no sólo consiste en momentos de éxtasis, sino en gozo cotidiano.

 

En otras palabras, concluye el salmista, “Todo cuanto hace prospera”. La felicidad del hombre que se deleita en la ley del Señor y medita de día y noche en ella tiene una característica: el éxito asegurado. Y Dios no es deudor de nadie.  

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