EL HIJO PREDILECTO
- ¿Qué clase de Padre es el Señor?
- ¿Tenemos alguna noción de lo que Dios está dispuesto a hacer por un hijo suyo?
- ¿Es Dios un Padre como nosotros lo somos?
La lectura de los salmos ofrece a veces muchos desafíos. Como en todo estudio de la Palabra, lo primero que necesitamos establecer es qué le quiso decir (qué le dijo) al lector original para recién luego poder establecer qué nos quiere decir hoy a nosotros. Y eso, en una antología poético-musical como los Salmos, no siempre es tan obvio, a menos que haya alguna indicación al respecto.
Cuando, como en este caso, ni siquiera hay indicación del autor (la mayoría de lo salmos tiene alguna, un porcentaje muy alto se atribuyen al rey David), y se necesita conocer de quién se habla y en qué circunstancias, es necesario poner atención en las citas que hayan sobre ese salmo en otros pasajes de la Escritura para develar con mayor claridad el mensaje original y su aplicación contemporánea. Sin duda, el salmo 2 es un salmo “mesiánico”. No por alguna antojadiza aplicación teológica, sino porque desde temprano la iglesia (Hechos 4:25-26) y los autores del Nuevo Testamento (Hebreos 5:5), inspirados por el Espíritu Santo, atribuyeron su cumplimiento profético en el Señor Jesucristo, de donde el Hijo es, sin duda alguna, el Cristo coronado en gloria. Pero ahí no acaba toda su aplicación.TODO HIJO ENFRENTA ADVERSIDADES
¿Acaban ahí las lecturas del salmo 2? Pienso que no. Aunque no se indica en este salmo que el rey ungido por el Señor y nombrado por decreto “Hijo” sea David, sí lo dice en cambio el texto citado en el libro de los Hechos, e indudablemente la primera lectura del salmo será atribuible a él y en él a todo creyente también nombrado “hijo de Dios” por voluntad divina (Juan 1: 12-13) y ungido por el Espíritu Santo. El salmista escribe este poema en tercera persona como un recurso estilístico aunque en el versículo 7 salta a la primera persona para aclarar firmemente que está hablando de una experiencia personal tanto de conflicto y rechazo como de afirmación de su identidad como ungido e hijo de Dios, experiencias que sin duda no son ajenas a la vida de todo creyente en Jesús, ungidos e hijos también. Ser hijo de Dios implica siempre conflicto. Es una realidad a la que no podemos sustraernos. Ya el Señor Jesús lo advirtió “Recuerden lo que dije, ‘ningún siervo es mayor que su amo’. Si a mí me han perseguido, también a ustedes los perseguirán” (Juan 15: 20). Y es que como dice el Señor más adelante en Juan y el propio salmo, existe un antagonismo fundamental entre los hijos de Dios y los que no lo son. Este antagonismo no se produjo por la condición natural de David. Antes de ser ungido rey, era un simple pastor de ovejas. Fue la elección divina la que lo ubicó en una categoría distinta, otorgándole propósito y autoridad para el cumplimiento de ese propósito, además de protección divina especial. Bajo esa cobertura, conquistó reinos y estableció una hegemonía política que a la vista no fue cómoda para sus vecinos. Los hijos de Dios hemos recibido esta condición por elección divina (Efesios 1: 3-14) y ha sido esa elección la que nos ha otorgado propósito y autoridad para el cumplimiento de ese propósito, además también de una protección divina especial, que como en el caso de David no exime de pruebas y dificultades de diversa índole (pasó más una década como prófugo), pero sí garantiza la presencia permanente del Señor. Ser hijo de Dios implica que Él tiene el control. Ni para David, ni para ningún cristiano, las pruebas y dificultades, los conflictos y adversidades, son asunto ligero. Los enemigos de David eran reales, naciones enteras, reyes confabulados, aunque él sepa que es “en vano”. Los enemigos del cristiano no son sangre ni carne, pero sí principados, potestades, gobernadores de las tinieblas, huestes de maldad. También nuestros enemigos son reales. Incluso más reales que en el caso de David, porque no son los títeres, sino los titiriteros en este campo de batalla espiritual que, sin llegar a los extremos de la llamada “guerra espiritual”, jamás debe ser desdeñado. Pero para el Señor, esa ferocidad del enemigo es nada, al punto que se ríe de ellos, se burla porque él es el rey de los cielos, él tiene el control de toda situación. Sin embargo, David no se envalentona contra estos enemigos, no hace alarde de fuerza o poder propios. Reconoce que la batalla es del Señor, que quien pelea por él es Dios mismo. Esto también debemos recordarlo los cristianos. Dios está al control, de él son las victorias, “si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros?... somos más que vencedores por medio de aquél que nos amo” (Romanos 8: 31 y 37).TODO HIJO DEBE PROCLAMAR SU IDENTIDAD
¿Cuál era la fortaleza que permitía a David estar completamente seguro de que Dios estaba al control y le daría la victoria final sobre sus enemigos, sobre las adversidades? ¿Qué le hacía estar convencido de que las conspiraciones enemigas eran vanas y que no eran sólo contra él, sino contra el Señor mismo? Una sola cosa lo sostenía con seguridad: lo que Dios decía sobre él. Recordemos cómo llegó David al trono de Israel. Hubo que pasar más de una década para que accediera al trono, en calidad de prófugo, sorteando peligros de toda índole. Pero en su memoria se sostenía como un faro en medio de la oscuridad el día en que el profeta Samuel llegó a su casa, tomó el cuerno del aceite, lo ungió en presencia de sus hermanos y el Espíritu del Señor vino sobre él para no dejarlo más. ¿No nos recuerda eso a lo que sucedió a cada cual que ha creído en Cristo Jesús? ¿No llegó la palabra profética del evangelio hasta nosotros, no se derramó el Espíritu de Dios en nuestros corazones y vino a habitar en medio nuestro para no irse más? Ese faro debe iluminar el camino de todo creyente para darle la seguridad de lo que Dios dice sobre él, el decreto del Señor nuestro Padre. Los hijos de Dios declaran su condición. Como siempre, David se muestra aquí como un hombre de propósitos firmes. Él dice “alabaré”, “exaltaré”, “me regocijaré”, “cantaré”. David no fue un hombre que dejara que sus pensamientos lo dominen: él dominó sus pensamientos y estableció qué debía pensar, qué debía declarar, porque esa disciplina mental le permitía sostenerse en las dificultades más duras. Sin embargo, esa disciplina mental reflejaba mucho más que voluntariosidad: era una manifestación de fe, porque estaba fundamentada no en sus propios pensamientos, sino en la Palabra divina: proclamará “el decreto del Señor”. Hace recordar a nuestro Señor Jesucristo en su tentación en el desierto, donde también su identidad fue puesta en tela de juicio por Satanás: “...si eres Hijo de Dios...”. Los hijos de Dios debemos proponernos este ejercicio de disciplina mental permanente para que nos sostenga en el “día malo”. Un análisis de Efesios 6 pondrá el pasaje en esa perspectiva. Ese ejercicio es la proclamación de nuestra identidad en base a lo que Dios dice, no en base a lo que nuestro corazón dice. Recordemos que la batalla espiritual es una batalla que se libra principalmente en la mente. Los hijos de Dios saben quiénes son. No titubeó David cuando declaró que Dios mismo le había dicho “mi hijo eres tú, yo te he engendrado hoy”. No tenemos registro de cuándo se realizó esa declaratoria, pero podríamos pensar que lo asumió desde el momento en que un profeta de Dios lo ungió y por el testimonio del Espíritu Santo que vino sobre él para no irse más. No quiero discutir si Dios habla o no por voz audible hoy. De eso no hay registro, como no lo hubo en el caso de David. Fue un asunto muy íntimo y lo sigue siendo. Pero de lo que sí podemos estar muy claros es de que tenemos la palabra profética más segura (2 Pedro 1: 19) y de que el Espíritu da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios (Romanos 8: 16). El “hoy” del engendramiento es muy importante, porque establece un recuerdo imborrable en la vida de David, como debe establecerlo en la vida de todo creyente. El Señor es un Dios que se ha complacido siempre de intervenir en la historia del hombre, colectiva o individual, de modo que quede un recordatorio firme de esa intervención que siempre transforma vidas. Los hijos de Dios son hijos predilectos. Conversaba hace unos días con el pastor Néstor Chirinos y me hacía recordar un principio muy elemental pero muy importante para la vida de todo hijo de Dios. Me recordó aquel pasaje en el que el Señor Jesús dice “¿Quién de ustedes que sea padre, si su hijo le pide un pescado le dará a cambio una serpiente? ¿O si le pide un huevo le dará un escorpión?” (Lucas 11: 11). Muchos de nosotros no estamos muy convencidos de lo que significa tener a Dios como Padre. Y Jesús conoció esa carencia tan profundamente en el corazón del hombre que enseñó a Dios principalmente en su carácter paternal, porque debido a las distorsiones que nuestra relación filial aquí en la tierra a veces nos impone, tendemos a mirar al Señor como un ser autoritario y rígido, indolente a nuestras necesidades. David logró conocer esa relación paternal de Dios. Supo que, de sólo pedirlo, Dios estaba dispuesto a concederle cualquier conquista, hasta los confines de la tierra. “Pídeme y te daré...”. Pero no hay testimonio de que David haya hecho tan ambiciosa petición jamás. En cambio, sí de que transmitió a su hijo Salomón esa convicción tan fuertemente que éste sólo pidió para sí sabiduría. Somos los hijos predilectos de Dios. Tendríamos que empezar a creerlo. Porque si, siendo nosotros malos, sabemos dar buenas dádivas a nuestros hijos, cuánto más el Señor. Pero esto no es licencia para la ambición y la codicia, como supone cierta doctrina mal llamada “de la prosperidad”, sino fundamento para una seguridad interior de que Dios está atento a la más mínima necesidad física y emocional nuestra.TODO HIJO DE DIOS DEBE TESTIFICAR DE SU PADRE
Después de proclamar la identidad que Dios le ha dado y de cómo eso implica la protección de Dios sobre sus adversarios, es notable ver cómo David no se ensaña con sus oponentes ni adquiere aires de pavo real buscando gloria para sí. No se la pasa diciendo “soy el ungido, el hijo de Dios, ríndanme honores, todo esto es mío, quiero que me entreguen todo lo que tienen, me lo merezco”.
Todo lo contrario, la actitud de David da un vuelco para pasar a una actitud más bien pastoral, de consejo e interés por la salud espiritual y el destino eterno de su prójimo. Podríamos decir que es un llamado a no concentrarnos únicamente en la lucha espiritual que se libra en nuestro interior ni en la identidad que Dios nos ha dado para nuestro sólo regocijo, sino a mirar más allá de nuestras narices. David invita a sus adversarios a la reflexión, a dejarse enseñar, a servir al Señor, a reconocerlo y humillarse delante de él para evitar las consecuencias de seguir ignorándolo y testimoniando que hay gran felicidad para los que dan esas muestras de arrepentimiento y entran al camino de la fe. ¿No nos habla acaso a los cristianos a veces tan concentrados en nosotros mismos? Todo hijo de Dios debe testificar de su Padre. Debe anhelar que más personas disfruten del favor divino. El ejemplo de David nos toca profundamente hoy que circula en los ámbitos cristianos enseñanzas nocivas que se obsesionan con el bienestar material y los privilegios que la condición de cristianos puede otorgarnos a partir del “pídeme y te daré”. Aprendamos a ser hijos predilectos, no hijos caprichosos.
