Posted by ministrodigital on 15 Febrero, 2008 02:48
SALMO 3 CON LA FRENTE EN ALTO Salmo de David, cuando huía de su hijo Absalón. 1 Muchos son, Señor, mis enemigos;muchos son los que se me oponen,2 y muchos los que de mí aseguran:«Dios no lo salvará.» Selah 3 Pero tú, Señor, me rodeas cual escudo;tú eres mi gloria;¡tú mantienes en alto mi cabeza!4 Clamo al Señor a voz en cuello,y desde su monte santo él me responde. Selah 5 Yo me acuesto, me duermo y vuelvo a despertar,porque el Señor me sostiene.6 No me asustan los numerosos escuadronesque me acosan por doquier. 7 ¡Levántate, Señor!¡Ponme a salvo, Dios mío!¡Rómpeles la quijada a mis enemigos!¡Rómpeles los dientes a los malvados! 8 Tuya es, Señor, la salvación;¡envía tu bendición sobre tu pueblo! Selah - ¿Qué sentimientos nos invaden cuando caemos en desgracia?
- ¿Cuál es nuestra reacción cuando tocamos fondo en la vida?
- ¿Qué seguridades nos quedan el día en que todo se oscurece?
En cierta manera, además de una antología poético-musical, los salmos son una suerte de “diario íntimo” del salmista, porque en él se vuelcan muchas veces, expresados de una manera singular e inspirada, las emociones más profundas del hombre de Dios. Desde el júbilo hasta la depresión más profunda, pasando por el desaliento, la ira, la paz, el dolor, la reflexión, el temor; no hay sentimiento humano que no encuentre eco en algún salmo, porque forman parte de la experiencia vital de todo creyente. El salmista vuelca su corazón, sus más íntimos pensamientos en cada salmo. Marca la pauta de cómo ha de ser la relación personal con Dios, sin formulismos, reverentemente espontánea, incluso en aquellos casos en los que puede sentirse cierto atrevimiento, pero siempre reconociendo la soberanía, el amor, la santidad, la justicia, la misericordia, la fidelidad, el poder, la autoridad, la eternidad, la protección, la sabiduría, la verdad y demás atributos divinos. En este salmo, la referencia inicial nos brinda un contexto muy claro de cuál es, en líneas generales, la experiencia por la que atraviesa su autor, David, y revisando los detalles en los pasajes pertinentes, cuáles son los sentimientos que lo invaden. En sus años seniles, cuando esperaba vivir con alguna tranquilidad, ha sido traicionado por su propio hijo, obligado a huir como en su juventud frente a Saúl, vituperado e insultado. Para muchos, incluso para su más fieles colaboradores, todo está perdido. Pero a diferencia de muchos otros salmos en los que David expresa tanto su dolor como su esperanza en el Señor ante situaciones adversas de una manera francamente dramática, podemos encontrar en este salmo una actitud distinta, hasta podríamos decir una serenidad estoica. ¿Cómo es que a pesar de estar tocando fondo en la vida, David no revela como en otras ocasiones ni un ápice de angustia? Es que sin duda, a estas alturas de su existencia, después tantas batallas, su fe es ahora una roca. Aprendamos del rey David cómo es una fe madura. UNA FE MADURA RECONOCE LA ADVERSIDAD
Se podría pensar que un hombre de fe no debe tener en cuenta los peligros y las acechanzas que tiene por delante, que ni siquiera debe mirarlas o que debe “declarar” que éstas no existen. Pero aquello no es fe, sino temeridad. David hace una revisión de su situación muy objetiva, desapasionada pero realista: cuántos son sus enemigos y qué es lo que aseguran sobre él. Y acude al Señor a decírselo, sin pensar que es inútil porque Dios ya lo sabe. No significa que David no esté sintiendo ninguna emoción en ese momento. En el segundo libro de Samuel, el capítulo 15, encontramos que tanto David como sus hombres avanzan a marchas forzadas bajo una intensa presión emocional, tal que al llegar al Monte de los Olivos, estos guerreros lo hacen con lágrimas en los ojos. David ha tomado una decisión rápida para salvar de la muerte, pero la huida trae a todos el recuerdo amargo de los días en que vivieron prófugos en cuevas y montes. David ya no es un joven y sus colaboradores tampoco. Están en la edad en que, después de tantas batallas y guerras para instalar, ampliar y consolidar el reino, esperan completar sus días sin zozobras, cosechar lo sembrado. Pero el propósito de Dios los lleva a revivir antiguas experiencias, con el agravante de que, en esta oportunidad parece más cierta que nunca la sentencia que circula públicamente sobre su destino: “El Señor no lo salvará”. El salmista es consciente de todo ello, pero su revisión de la situación ha sido escueta, una constatación apenas. No ha dramatizado, no se ha dejado ganar por sus emociones como cuando era joven. Ahí termina su reporte ante el Señor y la indicación musical de la Palabra a continuación es un “Selah”, es decir, un silencio, un llamado a la quietud espiritual que establece también un recogimiento interior que lo somete todo a la voluntad divina. LA FE MADURA SE MUEVE POR CONVICCIONES
Después de su breve revisión de la situación, David echa mano de convicciones que ha ido desarrollando y comprobando a lo largo de toda su vida de fe. Esas convicciones no amagan la adversidad, sino que la enfrentan. No “declaran” que no hay problemas, que no se vive una circunstancia verdaderamente difícil humanamente hablando: lo que declaran es que, de acuerdo a su experiencia con Dios a lo largo de toda la vida, ha comprobado todos los matices de la protección divina. Estoy poderosamente protegido. “Me rodeas cual escudo”. Esta primera convicción nace de su experiencia cotidiana con el Señor. En situaciones en las que parecía condenado a la muerte segura, como cuando era rodeado por las huestes de Saúl, David pudo comprobar que su seguridad no dependía de su destreza, sino del auxilio sobrenatural de Dios. Le basta con mirar atrás, a esas vivencias, para estar convencido de ello. En 2 Samuel 15: 25a-26 dice lo siguiente: “Si cuento con el favor del Señor, él hará que yo regrese y vuelva a ver el arca y el lugar donde Él reside. Pero si el Señor me hace saber que no le agrado, quedo a su merced y puede hacer conmigo lo que mejor le parezca”. No tengo nada de qué avergonzarme. “Eres mi gloria; ¡tú mantienes en alto mi cabeza!”. A lo largo de su vida, David ha experimentado también, muchas veces, la oposición, la calumnia y la afrenta hasta de sus seres más queridos. Su padre no contó con él cuando Samuel vino a ungir al próximo rey de Israel entre sus hijos. Sus hermanos lo acusaron injustamente cuando era joven de irresponsable. Saúl insultaba frecuentemente a David en presencia de Jonatán. Su esposa Mical lo acusó de ser un vulgar y malinterpretó su entusiasmo en la alabanza a Dios. Y en esta oportunidad, Simí resume muchos de los falsos rumores que circulaban sobre David: “Asesino”, “canalla”, acusándolo falsamente de haber matado a Saúl para quedarse con el reino y de estar recibiendo el pago de su maldad. Incluso, de que Dios le ha entregado el reino a Absalón. Nada de esto, sin embargo, hacen trastabillar a David. Su honor, su reputación, no dependen de lo que diga el hombre, sino de la opinión de Dios, que es la única que realmente le interesa. Y es interesante ver que no cae en autocompasión ni sentimientos de culpa porque afirma que pese a sus errores el Señor mantiene en alto su cabeza. Si necesito socorro Dios me oye. “Clamo al Señor a voz en cuello, y desde su monte santo él me responde”. ¿Por qué un hombre puede clamar a voz en cuello? Sin duda, quien llama a gritos es porque se encuentra en grave peligro y necesita llamar la atención con suma urgencia. Clamar a voz en cuello es lanzar un S.O.S., lanzar un grito de socorro, pero no tiene sentido alguno pedir auxilio a viva voz si no se tiene la seguridad de que alguien escuchará y enviará ayuda pronta. David ha comprobado que el Señor no es indiferente a estos alaridos. No es tampoco que tenga problemas de audición o que necesite ser llamado a gritos para recién prestar atención. El clamor aquí denota el sometimiento humilde, el reconocimiento de que hay situaciones francamente inmanejables sin la intervención de Dios, como ésta que está viviendo frente a su hijo Absalón. Sin embargo, no es la primera vez que atraviesa por una experiencia similar de gran zozobra y sabe que tiene a la mano este recurso infalible, que basta con hacer “sonar la alarma” para que el auxilio divino llegue de inmediato.. Hago mi vida con normalidad y sin sobresaltos. “Me acuesto, me duermo y vuelvo a despertar, porque el Señor me sostiene”. Hay profesiones en las que uno se pregunta cómo es posible seguir adelante en medio de situaciones desagradables; por ejemplo, cómo los médicos en la morgue pueden seguir comiendo en medio de tantos cadáveres o cómo un soldado puede dormir con medio de largas batallas y campañas. Guerrero veterano de la batalla de la fe, David ha aprendido a seguir con sus quehaceres cotidianos en medio de las peores dificultades, a no detener su vida por causa de los problemas. Recuérdese cuando muere su primer hijo con Betsabé, cómo deja boquiabiertos a sus allegados cuando levanta su luto y su ayuno, la aparente frialdad de su reacción, esa supuesta sangre fría. La convicción del salmista es que hay alguien que está al control de todo, por tanto si se confía en ese supremo controlador, resulta vana e inútil la preocupación excesiva, la que quita el sueño y el hambre, la que altera el ritmo normal de la vida de un ser humano. Tengo total serenidad frente al peligro. “No me asustan los numerosos escuadrones que me acosan por doquier”. La experiencia de fe de David lo ha llevado a declarar que la batalla es del Señor y que, por lo tanto, lo que se tiene que medir siempre no es la dimensión del enemigo ni de la adversidad, sino la grandeza del poder de Dios. Al realizar esa medición y cotejarla con las innumerables ocasiones en que ha quedado en relevancia la grandeza del poder divino y la pequeñez de cualquier aparente “gran” enemigo o adversidad, cualquier humano y natural sentimiento de temor se disipa velozmente a cambio de una serenidad a prueba de balas. LA FE MADURA EXPONE SUS DEMANDAS A DIOS
Sin embargo, Dios no espera que sus hijos sean súper hombres. Está completamente consciente de que siguen siendo hombres, con todas las debilidades propias del género humano. No espera que sus hijos sean “santos” en el sentido peyorativo del término (más bien santurrones que no matan una mosca a los ojos del prójimo), les da licencia también para mostrarse débiles o quejosos, enojados o decaídos. Esa revelación íntima ante el Señor afianza la relación con Él y, por tanto, el crecimiento espiritual. Ni por recato ni por falsa modestia David se abstiene en este caso de demostrar sus sentimientos más profundos, sabiendo que aunque Dios no esté necesariamente de acuerdo con sus demandas, igual las escucha. Cuando le solicita que se “levante” y lo ponga a salvo, ciertamente no hay nada que reprocharle; no sucede lo mismo en cambio con su petición de romperles la quijada y los dientes, que no parece a todas luces ningún pedido acorde con la naturaleza misericordiosa de Dios. Pero Dios lo deja, porque sabe que sus hijos maduros en la fe no dejan por eso de mostrarse humanos. Y que, además, como consta en el último versículo, terminan siempre atribuyendo la salvación, la justicia y la bendición al Señor. Llorar, demandar justicia, quejarse amargamente, entre otras reacciones, son positivas y completamente naturales y comprensibles cuando van acompañadas de una sumisión al compromiso divino de tomar nuestra justicia como suya.