MATRIMONIO, CÍRCULOS VIRTUOSOS Y CÍRCULOS VICIOSOS
PARA PODER ENTRAR DE LLENO A NUESTRO TEMA, es necesario que hablemos primero de algunos conceptos no siempre muy esclarecidos: enamoramiento, amor y afecto.
¿Qué es estar enamorado? ¿Es lo mismo que amar o que querer?
Se trata de palabras con significados muy particulares. Esos conceptos también están en la Biblia aunque con distintos vocablos.
ENAMORAMIENTO
El enamoramiento (en la Biblia la palabra griega eros) es un sentimiento de profunda atracción y afecto hacia otra persona.
Las personas enamoradas sienten “amarse” de una manera tan grande y sincera que están convencidas de querer compartir su vida “para siempre”.
Durante el enamoramiento, según recientes estudios científicos que verifican las conclusiones de la psicología y la sabiduría popular, trabajan activamente una serie de neurotransmisores que inhiben el juicio (la crítica) y aumentan el interés a grados obsesivos.
Es cierto que en el transcurso de esta etapa “el amor es ciego”, porque los procesos neuroquímicos impiden ver los defectos en la otra persona y sólo enfocan las virtudes y atractivos.
Tales estudios determinan, además, que dicho sentimiento tiene fecha de caducidad: entre 2 y 4 años, como máximo.
¿Es pernicioso, entonces, el enamoramiento? No, Dios lo ha creado como el medio más eficaz para establecer vínculos muy profundos y duraderos cuando se pasa de la etapa del enamoramiento a la del amor.
AMOR
El amor se describe en la Biblia mediante la palabra griega agape, que habla tanto de un aspecto emocional (sentimiento) como de “una decisión que determina una conducta” (voluntad) en la que se busca el máximo bien para la otra persona.
De ese modo, amar no es sentir, sino actuar. Dios es el mejor ejemplo del amor: “Porque de tal manera amo Dios al mundo que ha dado a su Hijo para que todo aquel que en Él crea, no se pierda, más tenga vida eterna”.
Por eso las órdenes “ama a Dios con todo tu corazón, con toda tu mente y con todas tus fuerzas”, “ama a tu prójimo como a ti mismo”, “maridos amad a vuestras esposas”, “amad a vuestros enemigos”. Dios no podría ordenar “sentir” amor por alguien, Él simplemente ordena “amar”: buscar el máximo bien para la otra persona, aunque esto signifique alguna clase de sacrificio (ver en ese enfoque 1 Corintios 13, donde, además, se incluye la necesidad de una motivación correcta: debe ser un acto de la voluntad, no forzado).
La naturaleza del amor difiere con cada objeto del amor: no será la misma clase de amor a los hijos que al cónyuge, ni a la madre que al vecino. Sin embargo, en todos los casos debe implicar la búsqueda del máximo bien. Por ejemplo: amar a un hijo significará en algunos casos disciplinarlo; amar al cónyuge será en el caso del marido proteger a la esposa, y en el caso de ella, sujetarse al esposo.
No obstante, el amor no es un acto mecánico ni está exento de un sentimiento de afecto. Precisamente para eso sirve el enamoramiento, para forjar tales lazos afectivos y emocionales en la pareja que sea fácil y placentero amarse cuando la etapa del enamoramiento llegue a su fin.
AFECTO
El cantante mexicano José José describió con mucha precisión los contornos entre “querer” (sentir afecto, apego) y “amar” (buscar el máximo bien para el ser amado):
“El que ama pretende servir / el que ama su vida la da / el que quiere pretende vivir / y nunca sufrir / El que ama no puede pensar / todo lo da / El que quiere pretender olvidar / y nunca llorar / El querer pronto puede acabar / El amor no conoce final / Casi todos sabemos querer / pero pocos sabemos amar”.
El afecto es el apego emocional que siente una persona por otra, o por algún otro objeto de ese afecto (se puede amar –querer, tener lazos emocionales con– el dinero). En cierta manera comporta también una costumbre, que no tiene por qué tener la connotación negativa que le atribuyen los románticos al uso.
La Biblia usa para el afecto la palabra filoi, tomando como referencia los lazos emocionales que se sienten por los parientes más cercanos, padres o hermanos.
Por naturaleza, el afecto es un sentimiento positivo, un lazo constructivo que le da un toque feliz a las relaciones humanas y que en el caso de la pareja se cultiva en la etapa del enamoramiento.
Pero el afecto puede tomar un cariz egoísta cuando no está revestido de agape (amor), esa voluntad de buscar el máximo bien para el ser amado.
ENTONCES, ¿NO SE PUEDE ESTAR ENAMORADO PARA SIEMPRE?
A decir verdad, nunca como en la etapa inicial del enamoramiento. El enamoramiento es, por naturaleza, temporal. Sin embargo, en situaciones favorables (veremos eso a continuación) es posible y deseable seguir alimentando la atracción y el afecto iniciales, especialmente cuando se llega al matrimonio.
El enamoramiento ha sido provisto como un poderoso impulso para forjar parejas con lazos afectivos profundos que decidan amarse para siempre a través de un compromiso matrimonial
Es necesario advertir, sin embargo, que durante al menos cuatro mil años, hasta que surge la secuela del humanismo llamado “romanticismo” (El Decamerón, Romeo y Julieta y demás sublimización del enamoramiento), se hayan establecido millones de vínculos conyugales estables y felices sin haber pasado por esta etapa previa.
Gracias al movimiento romántico y, contemporáneamente, a las novelas, telenovelas, películas y canciones populares, el enamoramiento ha tenido una gran publicidad, endiosándosele como el “verdadero amor”.
Esta confusión ha traído consecuencias nefastas para las sociedades, que empezaron a cimentar decisiones trascendentales, que requieren de suma estabilidad, como casarse y establecer una familia, sobre un sentimiento por naturaleza efímero.
¿NO ME VUELVO A ENAMORAR?
Como dije al principio, el enamoramiento no es algo pernicioso. Es sumamente benéfico para iniciar una relación duradera con gran impulso.
Pero además de los inconvenientes que provienen de establecer sobre este sentimiento las bases del matrimonio y la familia, existen otros que surgen de los protagonistas del enamoramiento, de los propios enamorados.
Toda relación es el espejo de quienes la han establecido. Así, no es lo mismo que se enamoren y luego establezcan una relación conyugal dos personas emocionalmente sanas, que se enamoren y se casen dos personas emocionalmente insanas, enfermas emocionalmente.
Por eso se dice que enamorarse y casarse es como una lotería: nunca se sabe si el boleto que te tocó te dará un premio o no. En cierta manera es cierto, principalmente cuando no se ha tenido guía ni orientación en la vida, como sucede con el gran porcentaje de los jóvenes que se enamoran y se casan.
ASÍ ES UNA RELACIÓN SANA
Las personas emocionalmente sanas llegan al enamoramiento y establecen luego, si las circunstancias son favorables, una relación permanente, de manera muy distinta a las personas emocionalmente insanas.
En el enamoramiento, las muestras de atracción y afecto llegan a establecer lo que llamo un “círculo virtuoso que se retroalimenta positivamente y de naturaleza constructiva”.
¿Cómo es este círculo virtuoso? Es un feeback (salida/retorno) permanente de cariño, pasión, amistad, interés y –sobre todo– gran respeto mutuo. De esa manera, cuando se supera la etapa de enamoramiento, surge una relación de gran poder constructivo, y luego un matrimonio para toda la vida.
Es un círculo virtuoso no porque esté exento de problemas y errores, sino precisamente porque la relación no está enfocada en los aspectos negativos de la misma, que son superados de manera apropiada.
Por ejemplo, cualquier desliz de infidelidad será inmediatamente afrontado con firmeza por parte del afectado o afectada: será perdonado conscientemente si hay arrepentimiento sincero con señales claras de voluntad de cambio, o será motivo de ruptura en salvaguarda de la propia integridad emocional y de la relación.
Lo propio sucederá con los celos injustificados y obsesivos, el desamor o frialdad, las reacciones histéricas, los reproches y la crítica permanente o la violencia física, verbal y sicológica, que difícilmente tendrán lugar o se permitirán entre dos personas emocionalmente sanas.
El respeto mutuo es la clave principal de este enamoramiento sano, el puente que permite transitar hacia una relación estable y duradera. De ese modo, cuando se llega a la orilla del compromiso, no hay heridas sin sanar ni recuerdos que atormenten.
El círculo virtuoso ha creado una retroalimentación positiva. La memoria se enfoca en los momentos gratos vividos y la voluntad se propone repetirlos ad infinitum. Y esa voluntad, a su vez, alimenta la relación de una atmósfera apropiada para el romanticismo y la pasión, a pesar de que la etapa del enamoramiento haya caducado.
Todo aquello que pueda nublar u oscurecer el horizonte es visto por esta pareja como un desafío que hay que afrontar juntos y unidos en salvaguarda de ese tesoro que han ido acumulando. Por eso no pierden el tiempo en buscar culpables: es su relación y no quieren que nada ni nadie la ponga en peligro.
Es una pareja absolutamente responsable de sí misma.
¿CÓMO ES UNA RELACIÓN INSANA?
No es difícil imaginarlo, porque es el que más abunda, fruto de personalidades inestables y emocionalmente frágiles, enfermas.
Cuando dos personas –porque tienen que ser dos, nadie emocionalmente sano se somete a una relación enferma o no por mucho tiempo, siempre busca ayuda– emocionalmente insanas se enamoran, es común que empiecen a vivir el cielo y el infierno en la tierra.
En este enamoramiento, las contradictorias muestras de atracción y afecto al lado de la falta de respeto y obsesividad compulsiva, llegan a establecer lo que llamo un “círculo vicioso que se retroalimenta negativamente y de naturaleza destructiva”.
Amor y odio. Felicidad y sufrimiento. Cariño y violencia. Paz y perturbación. La contradicción marca este tipo de relaciones porque en ambas personas (o en una) hay graves problemas emocionales no resueltos.
Eso no constituye una culpa, pero sí una responsabilidad: no somos culpables de lo que somos, pero sí de lo que seremos y queremos ser. No podemos cambiar el pasado pero sí el presente y el futuro, si buscamos la ayuda apropiada y nos ponemos en las manos de Jesús.
Sin embargo, mientras aquello no ocurre, el enamoramiento insano va estableciendo un feeback (salida/retorno) contradictorio de cariño, maltrato, amistad, deslealtad, interés, desamor y –sobre todo– total irrespeto mutuo.
De esa manera, cuando se acaba la etapa de enamoramiento, surge una relación de gran poder destructivo, y luego un matrimonio igualmente inestable, doloroso, no condenado a morir pero sí con altas probabilidades de divorcio o de otras secuelas todavía peores (depresión y suicidio, enfermedades cardiovasculares, diabetes, hijos inestables, violentos, sin respeto mutuo).
Es un círculo vicioso no porque esté exento de momentos de felicidad y alegría, sino porque la relación se va enfocando en los aspectos negativos de la misma, que no son superados de manera apropiada.
Por ejemplo, cualquier desliz de infidelidad será afrontado de alguna manera inapropiada, una mezcla de resentimiento y permisividad por temor a la pérdida o el abandono, sin decisión de perdón pero sin ruptura aunque no haya arrepentimiento sincero ni señales claras de voluntad de cambio. La víctima decide proseguir aunque se haga daño, dañe la relación y finalmente dañe al ser amado, a su victimario, a quien condena a la culpa permanente.
Lo que se viene enseguida son los celos justificados o injustificados, el desamor y frialdad, las reacciones histéricas, los reproches, la crítica permanente y la violencia física, verbal y sicológica, situaciones que al ser permitidas, van generando una ola imparable de dolor y sufrimiento, que difícilmente tendría lugar o se permitiría entre dos personas emocionalmente sanas.
La falta de respeto mutuo es la clave principal de este enamoramiento insano, el puente que traslada a una relación inestable y enferma. De ese modo, cuando se llega a la orilla del compromiso, hay tantas heridas por sanar y recuerdos que atormentan que se sigue repitiendo ese patrón ad infinitum.
El círculo vicioso ha creado una retroalimentación negativa. La memoria se enfoca en los momentos dolorosos y la voluntad no termina de decidir ponerles fin. Y esa falta de voluntad, a su vez, alimenta la relación de una atmósfera cargada de conflicto, reproches, infidelidades, violencia, que va matando el romanticismo y la pasión. No es extraño que un cónyuge, o ambos, “sientan” que no se aman.
La pareja se va disociando en sus reclamos mutuos, impidiendo que afronten juntos aquello que amenaza con nublar u oscurecer su horizonte y poniendo en grave riesgo el tesoro de su relación.
Ni siquiera consigue poner fin a esa situación con decisiones que por duras o dolorosas, siempre son mejores que el círculo vicioso en el que han caído, al menos momentáneamente. Pierde el tiempo buscando culpables y víctimas y forjando hijos emocionalmente enfermos también.
Se vuelve una pareja absolutamente irresponsable.
¿HAY ESPERANZA PARA UNA RELACIÓN INSANA?
Sí la hay, pero únicamente si ambos deciden romper con ese “círculo vicioso que se retroalimenta negativamente y de naturaleza destructiva”, y romperlo de raíz.
El propio Jesús dijo alguna vez que “no se puede poner remiendo de paño nuevo en traje viejo, porque tirará de éste y lo romperá”. Así tampoco se puede “remendar” una relación enferma con algunos tips o ligeros cambios. Mucho menos responsabilizando a uno de los cónyuges o cargando sobre sus hombros la responsabilidad de realizar todo el trabajo.
Lo primero que debe saber una pareja sumida en una relación insana es que el enamoramiento tiene un principio y un fin, que el enamoramiento no dura para siempre.
Si alguno de los cónyuges de una pareja insana –mayormente quien se considera “víctima” o de hecho lo es en mayor medida y siente una profunda frustración– pretende vivir nuevamente esta etapa y presiona al otro para que se la brinde, tiene altas probabilidades de encontrar únicamente más dolor y sufrimiento.
Igualmente, si el victimario creyera posible volver a sentir enamoramiento súbito de sólo quererlo o esperase sentirlo para recién buscar solución a esa relación insana, se hallará ante un callejón sin salida, de más culpas por no alcanzar esa expectativa y de probables recaídas.
El realismo, la sinceridad, la humildad y las convicciones claras son armas poderosas para quienes deseen sanar una relación enferma.
Lo segundo que debe recordar una pareja insana es que el amor no es un sentimiento sino un compromiso de la voluntad para buscar el máximo bien para la otra persona.
Esto tiene varias lecturas. ¿Cuál será el máximo bien para mi cónyuge? ¿Será exigirle que se convierta en Romeo de la noche a la mañana? ¿Será tratarla con desdén como si se tratase de la Cenicienta? Cualquiera de esas posiciones revelan sin duda los afectos dañados de ambos, pero no refleja una decisión de amor y renovación de compromiso.
Y en tercer lugar, deben reconocer que sin perdón mutuo, es decir, sin la renuncia consciente y definitiva a cobrar las ofensas proferidas, cualesquiera sean éstas, con una voluntad sincera y firme de no volver a cometerlas, es imposible cualquier sanidad personal y/o conyugal.
CÓMO ROMPER EL CÍRCULO VICIOSO
Probablemente aquí se tenga que decir, como los fariseos a Jesús cuando éste les comunicó su punto de vista bíblico sobre el divorcio: “Dura es esta palabra, ¿quién la podrá soportar?”. Pero en todo lo expuesto hay suficiente sustento bíblico como para tener seguridad de éxito.
Para romper un círculo vicioso hay que considerar dónde se generó, cuándo empezó. Y, como hemos visto, se inició el día en que dos personas emocionalmente enfermas trasladaron sus heridas y problemas emocionales no solucionados al enamoramiento.
Cae de maduro que lo primero que deben hacer para romper ese círculo vicioso es sanarse emocionalmente. Sin esa sanidad, están emocionalmente incapacitados para afrontar nuevamente una relación sana y responsable.
Pero es obvio también que en la etapa del enamoramiento, pese a los dolores y tristezas abundaban también la alegría y el goce, lo que lleva a estas alturas de la aflicción conyugal a preguntarse si acaso no se les acabó el amor simplemente o a reprocharse la falta de afecto y pasión como un verdadero pecado, una traición.
Sin embargo, debe recordarse que el enamoramiento se produjo gracias a una situación de absoluta distensión, porque una de las características de esta etapa es, precisamente, que las defensas emocionales bajan al máximo, hay una entrega total.
¿Cómo puede pensarse, entonces, que en una atmósfera violenta, de reclamos y culpas, de frialdad y bloqueo emocional, pueda surgir el romanticismo o la pasión en ninguno de los dos?
Esa falta de realismo no ayuda a romper el círculo vicioso. Más que el romanticismo o la pasión, lo que permitirá romperlo es el amor, bíblicamente entendido. Es decir, la decisión (voluntad) de buscar el máximo bien para el cónyuge.
El máximo bien es el perdón, el arrepentimiento sincero.
El máximo bien es el respeto. Cuando se recupera el respeto: verbal, físico y actitudinal, mediante una acción constante y decidida, las tensiones bajan, los bloqueos emocionales ceden, se crea un clima favorable a la recuperación de los afectos dormidos, y posteriormente, del romanticismo y la pasión, con el favor de Dios.
Por eso el máximo bien es también la búsqueda personal de una buena relación con Jesús.
Gracias a Él, relaciones enfermas que pudieron acabar en suicidio o alcoholismo, han podido sortear vendavales y mantener el hilo de la esperanza, han recibido la bendición de criar hijos aunque con problemas emocionales propios, mejor equipados para enfrentarlos y vencerlos.
De esta manera, se pasa de un círculo vicioso a un círculo virtuoso, un feeback (salida/retorno) permanente de cariño, pasión, amistad, interés y –sobre todo– gran respeto mutuo, del que surgirá una nueva relación de gran poder constructivo, un matrimonio para toda la vida.
¿Y QUÉ PASA SI ESA DECISIÓN NO LLEGA?
El Señor Jesús dijo que el divorcio Dios lo había aceptado por “la dureza del corazón”.
¡Y qué otra cosa es un corazón duro, endurecido, sino el que se resiste a tomar la decisión del perdón y/o arrepentimiento, de romper el círculo vicioso para ir a un círculo virtuoso!
El apóstol Pablo dijo lo mismo pero de otro modo, cuando hablo de si el cónyuge no creyente “consiente” en vivir con la hermana o cuando “quiere abandonarla”. En este segundo caso, dijo que se debía permitir porque “a paz nos llamó Dios”.
Desde luego, no consideró la situación de dos creyentes en problemas conyugales porque esperaba que, por principio, los cristianos deban estar dispuestos al perdón mutuo habiendo ya experimentado el perdón de Dios en sus vidas.
Pero, ¿qué sucede si aún siendo cristianos esa decisión no llega? ¿Qué si uno de los esposos, o ambos, no quieren o no pueden seguir los pasos hacia la restauración del matrimonio y la sanidad personal y matrimonial, si se resisten al perdón e insisten en sostener la relación enferma, el círculo vicioso que se retroalimenta de resentimiento y frialdad?
Igualmente, cuando Jesús habló, lo hizo a creyentes y no creyentes y pienso que esa dureza del corazón sigue siendo un motivo para que Dios permita el divorcio aunque no esté de acuerdo con él, porque prefiere la paz al conflicto y no es su naturaleza imponer un yugo que no se quiere llevar. En esos casos, es mejor la separación por el bien de todos los que están involucrados en la vida conyugal y familiar.
Ojalá quienes lean este artículo no endurezcan su corazón sino se abran a la posibilidad de una restauración matrimonial plena. Pero, no lo olviden, eso sólo es posible con realismo, perdón y amor.

