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RESPETOS GUARDAN RESPETOS

Posted by ministrodigital on 30 Marzo, 2008 11:33

 

Mi padre era alcohólico, ya lo dije en un artículo que escribí aquí sobre el alcoholismo y los puntos de vista bíblicos al respecto (después les contaré lo que encontré en una página web evangélica bautista, cómo algunas veces se puede caer, con toda la buena intención del mundo, en argumentos ridículos y tirados de los pelos para buscar un bien). Él fue huérfano de padre y madre. Su madre murió cuando Robertito tenía siete años. Su padre… cuando Robertito tenía casi cincuenta, pero nunca se interesó por él; es más, ni siquiera lo conoció en persona pese a que era su único hijo varón.

 

No voy a hacer un drama de ello, pero vivir en el hogar de un alcohólico que ha caído varias veces en prisión (sí: Lurigancho, el Sexto…) por varios delitos con los que quiso ganarse la vida y también porque mis propios tíos lo metieron preso a raíz de que en una pelea con mi madre mi padre empujó una puerta y detrás estaba la viejita de 87 años, que cayó y se fracturó la cadena; como se imaginarán, no fue la experiencia más grata del mundo. Aquellos años, cuyos contornos emocionales se han borrado mucho en mí, suavizado también, fueron una vorágine en la que yo mismo no tenía idea adónde iba a caer, pero la mano del Señor me sostuvo siempre.

 

Sin embargo, pese a esas experiencias, que iré deshilvanando una a una en este blog, yo tengo un recuerdo idílico de mi padre. Él no era un tipo poco cultivado. Le gustaba leer mucho y en el Lurigancho fue el delegado de pabellón y encargado de la biblioteca, que depredaba para enviarme libros, pues sabía que yo también me los devoraba. Recuerdo mucho que él fue la única persona que supo intuir, descubrir y promocionar en mí la vocación literaria, aunque en esos años yo anduviera tan distanciado de él y rebelde que no supe valorarlo. También a su momento iré compartiendo cada una de las cosas que, con el correr del tiempo, he aprendido a valorar de él, porque al fin y al cabo fue un luchador a su manera e hizo todo lo mejor que pudo con su vida y con la nuestra, con el conocimiento y capacidad emocional con que contaba. Me quiero centrar en una, y de esa una, en un aspecto muy concreto que ha servido de título para esta oportunidad.

 

Él era un hombre dicharachero, curiosamente compartiendo esa cualidad con mi abuela, otra mujer dada al refranero popular. Crecido en el barrio del Rímac, un barrio muy popular de Lima, Perú, específicamente en la avenida Francisco Pizarro cuadra 7, me atrevo a pensar que las amistades de lugar tan tradicional en una época en que Lima cabía en un puño y era una ciudad alegre y cosmopolita, gente de raigambre humilde pero salerosa, pícara y criolla, muchos de ellos negros quimbosos y negras sabrosas, fueron forjando en él esa característica. Recuerdo mucho verlo con esa gente muy dada al divertimento, a las cervezas y el cebichito del domingo, aunque en sus días más prósperos el viejo haya frecuentado también los lugares más empingorotados de la capital. Pero regreso al barrio del Rímac y a la influencia que tuvo en su refranero personal.

 

De esa manera, crecimos escuchando sus dichos y refranes. Cuando nos enviaba a comprar algo siempre nos decía: “Como jugando ve a la tienda de Don Pedro y trae un kilo de azúcar”, o “ve al kiosko de Tarapacá, compra un Extra y… ¡ya estás acá!”. Una de las que más me divirtió siempre fue aquella de “no te hagas el vivo, que de sonso te queda bien”. No obstante, no siempre se trataba de frases tan alegres. Cuando algo no le gustaba solía decir que “las cosas, claras; y el chocolate, espeso”, pero sobre todo recuerdo su máxima a la hora en que alguien se había excedido en sus palabras o hechos y don Robertito no tenía sus chelas encima (si no, lo hubiera arreglado de otro modo): “Respetos guardan respetos”.

 

He leído a mi esposa responder con una demanda de respeto mi primera incursión en hacer un blog más personal, menos intelectual. Y quiero decirle que le doy todo mi respaldo: el mayor tesoro que puede tener una relación es el respeto. Eso lo he entendido este último año mejor que nunca, revisando mi vida y mis relaciones en todos los órdenes de la vida: familiares, amorosas, de trabajo, en la iglesia. Y vengo a descubrir (Cristóbal Colón es un niño de pecho a mi lado) que don Robertito tenía otra vez la razón cuando insistía en que el respeto hacia el prójimo es la mejor garantía de ser respetados y de respetarnos. Profunda frase, sin duda.

 

Si miro hacia atrás veré que cada vez que algo se ha estropeado es porque yo no lo he sabido respetar. Primero, yo mismo. Porque así como el amor (y tal vez sea una faceta de él), el respeto también empieza por casa, en uno mismo. “Ama a tu prójimo como a ti mismo” es una máxima en doble  que da por sobre entendido que lo más natural del mundo debe ser el amor propio y que sin ese punto de partida es imposible entregar amor a nadie, porque nunca se tendrá un punto de referencia o el que se tenga será insuficiente. ¿Cómo puedo saber lo que mi prójimo desea o necesita si yo no sé lo que deseo y necesito o le hago caso omiso? El amor debe empezar por mirarme al espejo y decir: “Te amo y te voy a cuidar, pero haré lo mismo con mi prójimo”. El respeto también.

 

¿Y cómo es que no me respeto a mí mismo? Me pasaría la vida diciendo todas las maneras como no lo he hecho, pero voy a tomar una como ejemplo: mi alimentación. Durante años me pasé pensando que mi estómago era resistente a toda la chatarra que le pusiera encima… y lo ha sido, pero el resto de mi organismo no, derivando en diabetes, hipertensión y angina de pecho. Me hice daño a mí mismo, no me respeté y ahí tengo las consecuencias. Pero voy a algo más íntimo, tal vez: la capacidad de decir “no”. También durante muchos años, por diversas razones, he sido muy débil como para sostener ese monosílabo y he terminado por hacerme mucho daño. No supe decir “no” a relaciones con las que no me sentía satisfecho o eran indebidas; no supe decir "no" a trabajos que me explotaban; no supe decir “no” a las manipulaciones de mi madre, de mis pastores, de mis jefes, de mi propia esposa. No supe decir “no” a los caprichos de mis hijos.

 

Saber decir “no” es una forma de respetarse a sí mismo, porque implica que no permito aquello que me perjudica y que a la postre va a perjudicar a los demás, porque me va a relacionar mal con ellos, y cuando quiera decir “no” les produciré un gran dolor y sufrimiento, acostumbrados a que sea una “mamapancha”, un pelele, un hombre que quiere agradar a como dé lugar. Cuando uno aprende a decir “no” impide que situaciones no sanas se perpetúen, se hagan costumbre, ayuda a la sanidad, al orden, a la paz, porque el que dice “sí” siempre va a fallar mucho, a dejar plantadas a las personas, a no cumplir promesas, a permitir abusos. Un hombre que se respeta a sí mismo debe saber decir “no”, a tiempo y con firmeza.

 

Pero en la misma medida que me respeto debo respetar a mis semejantes o “prójimos”, una palabra que significa exactamente eso “próximos”. ¿Quiénes son mis más “próximos” o mis prójimos? Mi familia: mi esposa, mis hijos. Principalmente ellos. Mi padre decía también a modo de sorna sobre mí, cuando iba a la iglesia de adolescente y era un rebelde sin causa, uno de sus refranes: “Candil de la calle y oscuridad de su casa”. Viejo sabio. Durante años también yo no entendí que el respeto hacia mi esposa era un antídoto contra todos los males matrimoniales. Porque uno, incluso, puede estar molesto o enemistado, yendo al extremo podría uno estar al borde del divorcio, pero si hay respeto, hasta en esas situaciones indeseables se ahorran muchos dolores… y muchos dólares, porque ya no hay que pagar sicólogos.

 

Se puede incluso discutir sin faltarse el respeto. ¿Cómo es eso? Y es que el respeto se manifiesta en dos formas muy concretas, no es un sentimiento (como tampoco el amor aunque mi esposa diga que soy un duro por decir eso, pues tengo sustento bíblico): con la comunicación verbal y no verbal y con las acciones. Digo comunicación verbal y no verbal en lugar de simplemente “las palabras”, porque el respeto no es una mera formalidad. Es una actitud del corazón que se manifiesta en todo lo que comunicamos hacia fuera. Si no, sería hipocresía. Quien respeta jamás proferirá una palabra que pueda hacer daño directa o indirectamente a la persona, jamás transmitirá nada que pueda resultar perturbador, cuidará lo que dice y cómo lo dice, sus reacciones ante lo que dice la otra persona y no se amparará en el calor de la discusión para justificar nada.

 

Quien respeta tampoco hará nada que pueda resultarle dañino a la otra persona, ni justificarlo por la buena voluntad o motivación que haya tenido. Nada de “discúlpame lo que te voy a decir, pero creo que te lo mereces”, ni “deberías agradecerme, yo sabía que no estabas de acuerdo con que me tome esa atribución, pero lo hice por tu propio bien”. El mejor ejemplo del respeto es Jesús, quien ante su traidor, Judas, sólo usó estas palabras: “¿Qué estás haciendo, amigo?”. Él, sabiendo que Judas lo iba a traicionar, no se dejó llevar por ningún impulso para evitar que actuara de esa manera, ni tampoco le increpó o dijo palabras altisonantes para “hacerlo entrar en razón”. Dejó a su libre albedrío su modo de actuar y buscó una manera muy respetuosa de decirle “te estás equivocando”. Claro, podemos decir que alguna vez dijo “generación de víboras” o “hipócritas”, pero tengamos en cuenta que debemos imitar el carácter de Jesús, pero no su divinidad, porque el único juez es él.

 

Además, he comprendido este año que así como el amor es una decisión, el respeto también, y como el amor y el perdón, no depende de la otra persona, sino de uno mismo. Me he podido dar cuenta que uno puede decidir no tratar mal a alguien, conscientemente, bajo ninguna circunstancia, y que si eso ocurre, por más que la otra persona haya hecho lo indecible para sacarnos del quicio (las esposas, especialmente, saben exactamente qué botoncito tocar para que salga lo peor de nosotros, nos conocen demasiado), será siempre nuestra única y solitaria responsabilidad. Nada de “ella me hizo gritarle” o “él me llevó a insultarlo”. Nadie nos hace gritarle ni nos lleva a insultar a nadie. Somos nosotros los que decidimos, por nuestros impulsos, hacerlo.

 

Ahora, hay que tomar la decisión con firmeza porque sólo recobrar el respeto salvará muchas relaciones de nuestra vida. No es fácil, yo soy impulsivo y explosivo, mi esposa también, a veces caeré y fallaré a mi compromiso, pero el camino al cielo no es recto, sino como el tren que va a La Oroya o como el tigre: a veces retrocede para subir más o para saltar. Cuán sabio era, en realidad, don Robertito. Si lo hubiera respetado como todo hijo debe respetar a su padre, tal vez habría podido influir más en él y evitar que el alcoholismo lo devore como lo hizo, y lo lleve a una muerte tan temprana. Hoy creo que si hubiera respetado también a mi esposa, no le habría causado tantas heridas, y tendría un mejor punto de partida para tratar de recuperar nuestro matrimonio. Pero siempre diré: el pasado, no lo puedo cambiar, el futuro y el presente, sí. Ya saben: “Respetos guardan respetos”. Y me voy con una de mi abuela: “Consejos doy, para mí no tengo”.

 

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