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LA PROSPERIDAD SEGÚN LA BIBLIA, NO LOS MERCADERES DE LA FE

Posted by ministrodigital on 27 Abril, 2008 23:42

ESCRIBE MANUEL ROBERTO CADENAS MUJICA

 

Y les dijo: Mirad,

y guardaos de toda avaricia;

porque la vida del hombre

no consiste en la abundancia

de los bienes que posee”.

LUCAS 12: 15

 

            El tema de la prosperidad resalta en estos días a partir de las enseñanzas del llamado Movimiento de la Fe, cuyas premisas vinculan la pobreza con el pecado personal y el éxito espiritual con la prosperidad material.

 

            La desnaturalización de los principios bíblicos sobre el tema del dinero bordea, muchas veces, los límites del cinismo. Con el mayor desparpajo, día a día vemos a través de la televisión evangélica a oradores que tuercen el sentido de los textos de las Escrituras para adaptarlos a sus propósitos: lograr que el pueblo cristiano envíe sus donaciones en efectivo. El mensaje del evangelio de la salvación ha sido reemplazado por el chantaje de la doctrina de la ambición.

 

            Un ejemplo claro es la tergiversación de la ley espiritual del “sembrar” y “cosechar". Lo que en una sana exégesis hace referencia al grueso de la conducta cristiana, donde las buenas acciones -incluido el apoyo económico a los hermanos en urgente necesidad- se verán recompensadas por el Señor muy generosamente -no se dice si en esta vida o en la eterna, aunque esta última opción resulta más coherente con el mensaje evangélico-, se ha convertido en una suerte de Bolsa de Valores religiosa, en la que agentes financieros “espirituales” señalan las mejores opciones de inversión y alta rentabilidad en dinero contante y sonante. En este macabro esquema, Dios es el cajero que está “obligado” a hacer efectivo el pago y el trono celestial se convierte en una gran oficina contable llena de pagarés y acciones.

 

            ¿Qué diferencia existe entre esta práctica y la escandalosa venta de indulgencias contra la que Lutero alzó su voz? Desgraciadamente, existe una, aunque desfavorable: la Curia romana del siglo XVII y su equipo publicitario ofrecían bienes espirituales a cambio de unas monedas; los promotores de “sembrar y cosechar” sólo ofrecen más dinero. Aquellos prometían el cielo; éstos apenas prometen la tierra. Los papistas apelaban al sentimiento religioso; los “sembradores” estimulan la avaricia y la codicia disfrazada de espiritualidad.

 

            Es desde esa perspectiva que me he propuesto abordar el tema de la prosperidad realizando un acercamiento canónico a los textos de la Escritura que hablan al respecto. La totalidad de la enseñanza bíblica es un buen antídoto contra este tipo de herejías.

La prosperidad de los justos  

            Es cierto que, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, la prosperidad material, la riqueza, aparece como una bendición de Dios. Y es correcto que se presente a Abraham como el modelo del hombre rico que teme a Dios.  

 

Los Salmos y los Proverbios suelen elogiar al varón piadoso que florece como el árbol plantado junto a corrientes de aguas.

           

Pero si hemos de admitir esta bendición material divina, debemos también considerar aquellas condiciones que reúnen los que han sido partícipes de ella.

 

Es para el obediente.  En el Antiguo Testamento son innumerables los textos que hacen referencia a la obediencia como condición esencial para ser receptáculo de las promesas divinas de prosperidad. En el citado caso de Abraham, la fe que lo hace pactar con Dios no es la de “confesar positivamente” ni la de “visualizar”, sino la de obedecer.

 

            No han cambiado los propósitos divinos cuando en Levítico 26: 5 se menciona la abundancia en la producción agrícola y la seguridad económica. Igual referencia podemos encontrar en Deuteronomio 30, texto favorito de los defensores de la “doctrina de la prosperidad”. Lo que ellos no registran en su eiségesis es que la condición es fidelidad a la voluntad divina, total sumisión a sus designios, no “sembrar para cosechar”.

 

            No ha cambiado el panorama con el advenimiento de los profetas. Isaías 30: 23 repite casi textualmente las palabras de Levítico, lo mismo que Ezequiel 36: 30, y Amós 9: 13. Y cuando en el Nuevo Testamento encontramos al joven rico, podemos apreciar que se trataba de un judío de conducta intachable a los ojos de la Ley.

 

            ¿Podemos decir, entonces, que es posible ganarse las bendiciones materiales de parte de Dios? No es ese el sentido de esta verdad bíblica. Más bien, lo que enseña es que Dios honra a los que le honran, y en ese aspecto, no debe sorprender si uno que ama a Dios con sinceridad es prosperado económicamente. No hay indicaciones de reclamo alguno pues es evidente que el hombre sujeto a la voluntad de Dios jamás va a efectuarlo.

 

            Por lo demás, si bien el hombre que ha nacido de nuevo por la fe en Jesucristo es declarado justo por Dios (justificado, Ro. 5:1), no es lícito proyectar esta verdad a toda cita veterotestamentaria donde se le prometa prosperidad al justo, como propone Ulf Ekman , puesto que aquélla justificación tiene un sentido soteriológico, en tanto que ésta se refiere al plano ético-moral-religioso.

 

Es para el generoso. La «doctrina de la prosperidad» ha hecho bastante énfasis en el “principio de sembrar y cosechar”. Pero tal como lo presentan, este principio resulta bastante distanciado de lo que la Biblia enseña al respecto. En su libro “Cristianismo en crisis”, Hank Hanegraaff explica lo que es para el Movimiento de la Fe esta enseñanza:

 

“¿Qué es exactamente una semilla de fe? De acuerdo con Oral Roberts, ‘la semilla de la dádiva es la semilla de fe. Y la semilla tiene que ser plantada ANTES de que podamos hablarle a nuestra montaña de necesidades para que sea removida’. Simplemente expresado, ‘planta una semilla’ es sinónimo de ‘envíame el dinero’. El truco de la semilla de fe es poco más que un evangelio de avaricia basado en dar para que te den”.

 

            Es bastante obvio que para sustentar semejante despropósito se ha tomado cierta terminología bíblica fuera de su contexto, ofreciendo una apariencia de piedad, pero negando la eficacia de ella. Un ejemplo claro es el de Lucas 6: 38, donde el contexto de dar y recibir no es el del dinero, sino el del perdón.

 

            Las Escrituras enseñan otra cosa. Como en el caso del obediente, cuando la Biblia habla de que el generoso será prosperado, de ninguna manera lo hace para estimular la generosidad mediante un premio, sino para mostrar cuán complacido está Dios con aquel que se desprende de lo suyo para beneficiar a su prójimo, principalmente si se trata de un pobre o menesteroso. Esto está bastante lejos de enviar dinero a las abultadas cuentas bancarias de algún tramposo. Además, la Palabra de Dios enseña también que el ofrendar a Dios le es agradable a él en función a la honra que esto significa.

 

            “Cuando haya en medio de ti menesteroso de alguno de tus hermanos de alguna de tus ciudades, en la tierra que Jehová tu Dios te da, no endurecerás tu corazón, ni cerrarás tu mano contra tu hermano pobre” (Dt. 15: 7); “El alma generosa será prosperada, Y el que saciare, él también será saciado” (Pr. 11: 25); “El ojo misericordioso será bendito, Porque dio su pan al indigente” (Pr. 22: 9); “A Jehová presta el que da al pobre, Y el bien que ha hecho se lo volverá a pagar”; “Pero esto digo: El que siembra escasamente, también segará escasamente; y el que siembra generosamente, generosamente también segará” (2 Co. 9: 6); “Pero el que tiene bienes de este mundo y ve a su hermano tener necesidad y cierra contra él su corazón, ¿cómo mora el amor de Dios en él?” (1 Jn 3: 17), “El que da al pobre no tendrá pobreza; Más el que aparta sus ojos tendrá muchas maldiciones” (Pr. 28: 27): en cada uno de estos casos, la generosidad (y la mezquindad) está referida a la ayuda al pobre, sea individual u organizada, como la que fue levantada para los santos de Jerusalén en tiempos de hambruna.

 

            Pero si se examina estos textos dejando de lado las enseñanzas perniciosas del Movimiento de la Fe y a la luz de todo el consejo bíblico, se verá que el énfasis no está puesto en el premio, sino en la generosidad. El premio es secundario, pues todo reclamo es francamente contradictorio con la generosidad. Un versículo después Pablo aclara: “Cada uno dé como propuso en su corazón, no con tristeza NI POR NECESIDAD, porque Dios ama al dador alegre” (2 Co. 9: 7), es decir, a aquel que no da esperando la recompensa. Mejor aún, el Señor Jesús, refiriéndose al amor y la misericordia, afirma en Lucas 6: 27-36: “Y si prestais a aquellos de quienes esperáis recibir, ¿qué mérito tenéis? Porque también los pecadores prestan a los pecadores para recibir otro tanto... prestad, no esperando nada; y será vuestro galardón grande, y seréis hijos del Altísimo...”.

            Es así que vemos a Abraham, el personaje favorito de los “maestros de la prosperidad”, ajeno a toda avaricia y dispuesto ante Lot a perder lo mejor de sus bienes y de sus oportunidades (Gn. 13: 9). El contentamiento no es precisamente la virtud que más predican estos charlatanes, cuando ella tiene una amplia exposición en las Escrituras (Pr. 15: 16; Lc. 3: 14; Fil. 4: 11; 1 Ti. 66: 6 y 8; He. 13: 5): “Porque gran ganancia es la piedad, acompañada de contentamiento”.

           

 

Los peligros de esa "prosperidad"

                       

“Espiritual es lo que viene de Dios, que es espíritu. La filosofía griega entró a ‘hurtadillas’ en la iglesia por medio del gnosticismo, comenzando a diferenciar entre lo interior, la vida espiritual, y lo exterior, lo material. Se dijo que lo exterior era malo y que había que rechazarlo para ser realmente espiritual. Preferiblemente había que recluirse en un monasterio, flagelarse y hacer voto de pobreza, y así posiblemente uno podría ser aceptado por Dios. Se convirtió en una doctrina de obras. El cuerpo de Cristo sufre, aún hoy, las consecuencias de esto. Fue aquí donde el ideal de pobreza entró. Pero Dios no hace ninguna diferencia entre lo espiritual y lo material” .

 

            Hay una media verdad en esta “historia de la pobreza en la Iglesia” que propone Ekman: existe, en verdad, ese prejuicio por lo material en nuestras iglesias. Es la cultura “occidental y cristiana” (léase “occidental y neoplatónica” para ser más justos) una de las culturas que le ha dado un tinte moral a las riquezas que la Escritura no les da. Manuel Gonzales Prada, el pensador peruano, hacía referencia a esa tendencia cuando afirmaba sarcásticamente en alguno de sus ensayos de “Páginas libres” que el clero solía decir con cinismo al pueblo “sacrifíquense y gánense el cielo, mientras aquí nosotros nos ganamos la tierra”.

           

Pero esta es apenas una media verdad, porque aunque la Biblia no asocia pobreza con piedad, sí le otorga un lugar especial a los pobres y clama contra muchos ricos. “Hermanos míos amados, oíd: ¿No ha elegido Dios a los pobres de este mundo, para que sean ricos en fe y herederos del reino que ha prometido a los que le aman?” (Stgo. 2: 5) Históricamente, desde el principio del cristianismo, han sido las clases más oprimidas las que han respondido con mayor fervor al mensaje del evangelio. No así las clases más acomodadas. Esta no es una regla, pero sí una comprobación de Lucas 18: 24: “... ¡Cuán difícilmente entrarán en el reino de Dios los que tienen riquezas. Porque es más fácil pasar un camello por el ojo de una aguja, que entrar un rico en el reino de Dios”. Con todo, han existido y existen muchos hombres ricos que han entregado su vida al evangelio, pero no son los más.

 

            Evidentemente, Ekman está buscando con sus afirmaciones que se asocie contentamiento con monasticismo, para espantar a los lectores. Pero no puede negarse, ni a la luz de la Biblia ni de la experiencia, que la prosperidad material tenga sus peligros. Los promotores del Movimiento de la Fe nos acusan de atribuirle maldad o peligro a la creación de Dios, a lo que él tildó de “bueno” en el Edén. Nada menos cierto. Sin duda, no es el dinero el peligro, sino el amor al dinero. Pero también Eva andaba desnuda en el Edén y allí no había problema, hasta que el pecado entró en la humanidad y la exposición de cuerpos femeninos desnudos para el deleite de los ojos ha pasado a llamarse pornografía. El cuerpo femenino sigue siendo una obra buena de Dios, pero el corazón del hombre ha cambiado y ya no puede ver esta obra divina sino con ojos pecaminosos. De igual modo, nadie que esté expuesto a las riquezas deja de correr los siguientes peligros:

 

Inclinación a olvidar a Dios. “Cuando Jehová tu Dios te haya introducido en la tierra que juró a tus padres Abraham, Isaac y Jacob que te daría, en ciudades grandes y buenas que tú no edificaste, y casas llenas de todo bien, que tú no llenaste, y cisternas cavadas que tú no cavaste, y viñas y olivares que no plantaste, y luego que comas y te sacies, cuídate de no olvidarte de Jehová, que te sacó de la tierra de Egipto, de casa de servidumbre” (Dt. 6: 10-12).

“No sea que me sacie, y te niegue, y diga: ¿Quién es Jehová?...” (Pr. 30: 9)

           

            Desde luego que Israel vio cumplirse las promesas de prosperidad divinas. Pero, ¿no es cierto que pronto olvidó a Jehová y fue traspasado de muchos dolores? No debe minimizarse la advertencia divina: él sabe por qué dice “no te olvides”... ¡él sabe que lo vamos a hacer al menor descuido! El Señor conoce nuestra debilidad humana, sabe cuán seguros podemos sentirnos con el bienestar material y dejar de sentirnos seguros con su protección.

 

Estimula la codicia. “No confiéis en la violencia, Ni en la rapiña; no os envanezcáis; Si se aumentan las riquezas, no pongáis el corazón en ellas”. (Sal. 62: 10)

“Codiciáis, y no tenéis; matáis y ardéis de envidia, y no podéis alcanzar; combatís y lucháis, pero no tenéis lo que deseáis, porque no pedís. Pedís y no recibís, porque pedís mal, para gastar en vuestro deleites” (Stgo. 4: 2-3)

“Porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón” (Mt. 6: 21)

 

            La codicia viene de un corazón que se ha desviado, que se ha pervertido, que quiere más y más, que no se sacia con lo ya alcanzado. Un corazón sin contentamiento, que va tras el oro y es esclavo de él. Ningún hombre es inmune a ello y el anhelo por una cada vez mayor prosperidad económica puede transformarse con suma facilidad en codicia, aunque se revista de santidad.

 

Pone en peligro la integridad. “El hombre de verdad tendrá muchas bendiciones; Mas el que se apresura a enriquecerse no será sin culpa”. (Pr. 28: 20)

“Porque el desvío de los ignorantes los matará. Y la prosperidad de los necios los echará a perder” (Pr. 1: 32)

“Porque raíz de todos los males es el amor al dinero, el cual codiciando algunos, se extraviaron de la fe, y fueron traspasados de muchos dolores”. (1 Ti. 6: 10)

 

            La historia humana está llena de ejemplos al respecto. Recuérdese la fiebre del oro en California, en la segunda mitad del siglo pasado, la fiebre del caucho en la selva peruana a principios del siglo XX, el jueves negro en Wall Street en 1929, la crisis en el mercado financiero asiático a fines de los años 90, o más recientemente la burbuja inmobiliaria en los Estados Unidos: cuántas vidas humanas destruidas a causa de la codicia, de haber puesto la mirada y la confianza en lo material.

            “El que confía en sus riquezas caerá, Mas los justos reverdecerán como ramas”. (Pr. 11: 28)

 

Impide entrar al reino de Dios. Este es un aspecto muy poco removido por los defensores del “sembrar y cosechar”. “No podéis servir a Dios y a las riquezas” (Mt. 6: 24), se hace aquí alusión al dios Mammon, y aunque un ídolo no es nada, Pablo nos advierte que lo que los gentiles sacrifican a los demonios sacrifican. Detrás de la idolatría está el propio Satanás. En repetidas oportunidades cuando la Escritura contrapone el servicio a Dios al del mundo, se está refiriendo al mundo y su seducción por lo material (Stgo. 4: 1-4; Mt. 16: 26; 1 Jn. 2: 15; Lucas 16: 19-25).

            Por eso es que afirma Jesús después de habla con el joven rico: “¡Cuán difícilmente entrarán en el reino de Dios los que tienen riquezas!”, aclarando luego a sus discípulos que “¡Cuán difícil le es entrar en el reino de Dios a los que confían en las riquezas”. (Mr. 10: 23-24).

 

Resulta en una vida estéril. “Pero los afanes de este siglo, y el engaño de las riquezas, y las codicias de otras cosas, entran y ahogan la palabra, y se hace infructuosa”. (Mr. 4: 19)

 

            El resultado de estar “buscando la bendición de Dios” en el sentido material no es otro que una vida espiritual sin frutos. ¿Cuántas almas ganan para Cristo aquellos que durante muchas horas se dedican desde la televisión a esquilmar a los creyentes con promesas de prosperidad que ellos no pueden cumplir? Es imposible alcanzar el evangelio de la gracia de Dios en Cristo Jesús y de la salvación gratuita a nadie si se le pide primero una colaboración para ser bendecido. Es improbable que quien se ha dedicado a buscar dicha “bendición” contante y sonante pueda escuchar la voz de Dios a través de su Palabra. Y si ésta lo exhorta a “la piedad acompañada de contentamiento” hasta es posible que la “reprenda en el nombre de Jesús”.

 

Expone a tentaciones poderosas. “Porque los que quieren enriquecerse caen en tentación y lazo, y en muchas codicias necias y dañosas, que hunden a los hombres en destrucción y perdición”. (1 Ti. 6: 9)

           

            Todavía están frescas las imágenes de miles de peruanos al borde de la desesperación y la locura tras haber perdido todos sus ahorros, muchas veces el dinero de su jubilación de toda la vida o de la venta de alguna propiedad, en el extinto CLAE. Aunque suene duro decirlo, estas personas, creyentes incluso, cayeron en tentación y lazo. ¡Cuántos de ellos ya habían duplicado y triplicado su capital, pero querían seguir recibiendo ganancias sin mover un dedo! Codicias necias y dañosas que los hundieron en destrucción y perdición.

 

            Hoy podemos ver lo mismo en ciertos negocios piramidales que invitan a hacerse millonarios sin hacer prácticamente nada. Eso sí, realizando una “inversión” inicial en, por ejemplo, pastillas que supuestamente aumentan el octanaje de la gasolina y ahorran gasto de combustible. Se trata nada más que de una carnada para “olvidar” que se trata de una pirámide.

 

Fugaces e inciertas. “¿Has de poner tus ojos en las riquezas, siendo ningunas? Porque se harán alas como alas de águilas, y volarán al cielo”. (Pr. 23: 5)

 

            El Predicador reflexionaba de la vanidad que hay en vivir para trabajar y luego tener que dejar a otro el fruto de tanto esfuerzo en el momento menos esperado. Jeremías también habla lo mismo de quien se dedica a amontonar riquezas, pues “en la mitad de sus días las dejará”. Y el Señor Jesús contó la historia de un hombre que, creyendo que tenía vida “para rato”, planificó aumentar sus bienes y disfrutarlos a todo lujo. “Necio, está noche vienen a pedirte tu alma, y lo que has provisto, ¿de quién será. Así es el que hace para sí tesoro, y no es rico para con Dios” (Lc. 12: 20-21).

           

Las riquezas son inciertas porque la vida es incierta.

La prosperidad del impío 

            ¿Su puede identificar la prosperidad material con la vida de piedad y santidad? Ciertamente no. Y la mejor prueba es que el impío, el que desconoce a Dios en su vida, también prospera, y generalmente en mayor medida que el hijo de Dios. Mientras que en repetidas ocasiones encontramos a siervos del Altísimo padeciendo algún tipo de necesidad económica.

 

            Es francamente burdo el intento del Movimiento de la Fe de mostrar a un Señor Jesucristo viviendo en la opulencia. Ni siquiera el Vaticano, con toda su pompa y lujo, se ha atrevido jamás a aseverar que Jesús haya vivido semejante estilo de vida. Pero estos infatuados tuercen detalles de la Palabra de Dios para tratar de demostrarlo.

 

            Afirman, por ejemplo, que el hecho de que Judas llevara la bolsa y fuera una suerte de tesorero implica que el Maestro manejó una fortuna que le permitía vivir cómoda y plácidamente. En el colmo del cinismo, aseveran que cuando Jesús dijo que “el Hijo del hombre no tiene donde recostar la cabeza” se refería solamente a que en Samaria “no había un Holliday Inn en cada esquina, así que Jesús se vio obligado a regresar a su acogedora casa de Jerusalén”.

 

            Los más avezados maestros de la Fe, tales como Paul Crouch, Frederick K. C. Price, Oral Roberts y John Avanzini, llegan al colmo de afirmar que no sólo Jesús era rico, sino que además el apóstol Pablo tenía tanto dinero que pudo neutralizar el sistema judicial de su época. Resulta increíble que alguien pueda afirmar eso de un hombre que en su primera carta a los corintios asegura haber padecido hambre, tenido sed, estado desnudo, sido abofeteado y no tenido morada fija (1 Co. 4: 9-13).

 

            Estos fallidos intentos por presentar a Jesús y sus discípulos como acaudalados magnates no han tenido otro propósito que armonizar su endeble premisa, que identifica al pobre con el pecador y al próspero con el hombre de éxito espiritual. Su argumento engañoso se desbarata con sólo abrir las Escrituras y encontrar impíos tremendamente prósperos y hombres de Dios y de fe extremadamente pobres.

 

            El profeta Jeremías se propuso indagar ante el Señor por esta aparente inconsistencia de la voluntad divina: “Justo eres tú, oh Jehová, para que yo dispute contigo; sin embargo, alegaré mi causa ante ti. ¿Por qué es prosperado el camino de los impíos, y tienen bien todos los que se portan deslealmente?” (Jer. 12: 1) El salmista Asaf, en el salmo 73, narra cómo esta comprobación había causado profunda turbación en él:

 

“En cuanto a mí, casi se deslizaron mis pies, por poco resbalaron mis pasos. Porque tuve envidia de los arrogantes, viendo la prosperidad de los impíos... He aquí estos impíos, sin ser turbados del mundo, alcanzaron riquezas”. (Sal. 73: 2,3, 12)

 

            La explicación la obtuvo Asaf acercándose a la presencia de Dios en humillación y expectación (v. 17). Allí comprendió él que las riquezas pueden ser un medio de juicio de parte de Dios para los impíos, poniéndolos en “deslizaderos”. Por eso, quitando la mirada de esta prosperidad material de corte mundano, dejando de desear cosa alguna aquí en la tierra (v. 25), comprende que su única esperanza es Dios para siempre (v. 26).

 

            Aunque el oro y la plata pertenecen al Señor (Hageo 2: 8), y de él es la tierra y su plenitud (Sal. 24: 1), la preocupación del cristiano no debe centrarse en estos hechos. Más aún si se entiende que por alguna razón el Señor permite que Satanás maneje la riqueza del mundo, como lo reconoció Jesús el día de su tentación en el desierto (Lc. 4: 5-6). El enemigo ha establecido un sistema mundano de adoración a Mammon que se manifiesta en una escala de valores absolutamente materialista que identifica prosperidad con posesiones, bienes y dinero: la sociedad de consumo. Y los maestros de la Fe no hacen más que seguir la corriente de este mundo.

Bendecidos para bendecir 

            ¿Dios quiere prosperar a sus hijos? ¡Claro que sí! Pero, ¿significa eso que sus hijos pueden reclamarle para tener todo lo que desean? ¡Claro que no!

 

            Las enseñanzas del Movimiento de la Fe han tergiversado el sentido que tiene la prosperidad del creyente en las Escrituras. Este sentido es de protección, cuidado, provisión, pero nunca satisfacción de la codicia y la avaricia. Significa que Dios va a dar lo que necesitamos, pero no implica que vamos a enseñarle a Él qué es lo que necesitamos.

 

            Tampoco enseñan las Escrituras que podemos “mover la mano de Dios”, “dejar que él nos prospere”, como si se tratase de un ser pasivo al que hay que estar importunando constantemente o diciéndole lo que tiene que hacer y cuándo lo tiene que hacer.

 

            La generosidad del cristiano es un don de agradecimiento, no un chantaje “espiritual” al Señor. No damos para recibir: damos para dar y para agradecer a Dios por su generosidad para con nosotros. ¡Y le damos de lo que él nos da!

 

            Si el Señor tiene a bien hacer abundar lo material en nuestras vidas, sin duda el propósito es que bendigamos a otros, que llevemos el mensaje del evangelio a cada rincón de nuestra ciudad, de nuestro país. No lo hace para que podamos cambiar un Toyota por un Ferrari, sino para que usemos esos miles de dólares en alcanzar el mensaje de salvación a miles de personas.

 

            Que el Señor nos ayude a alcanzar ese entendimiento.

Bibliografía 

1. BIBLIA DE REFERENCIA THOMPSON. Miami, Florida: Editorial Vida, 1987. 1812 pp.

 

2. CONCORDANCIA DE LAS SAGRADAS ESCRITURAS. Nashville: Editorial Caribe, 1997. 936 pp.

 

3. EKMAN, Ulf. Economía liberada; Lo que la Biblia dice sobre la prosperidad económica. Terrassa (Barcelona): Editorial CLIE, 1993. 125 pp.

 

4. HANEGRAAFF, Hank. Cristianismo en crisis. Miami, Florida: editorial Unilit, 1993. 482 pp.

 

5. NUEVO DICCIONARIO BÍBLICO. Madrid, Buenos Aires, La Paz, Quito: Editorial Certeza, 1991. 1479 pp.

 

6. VARIOS AUTORES. La prosperidad según ocho autores latinoamericanos; ¿Es posible en una sociedad en crisis? Miami, Florida: Editorial Unilit, 1990. 83 pp.

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Comentarios

Enhorabuena

minijuegos | 07/05/2008, 04:57

Enhorabuena por el post, está muy bien fundamentado, me has cambiado un poco la forma de ver las cosas