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CON LA FRENTE EN ALTO

Posted by ministrodigital on 15 Febrero, 2008 02:48

SALMO 3 CON LA FRENTE EN ALTO  Salmo de David, cuando huía de su hijo Absalón. 1 Muchos son, Señor, mis enemigos;muchos son los que se me oponen,2 y muchos los que de mí aseguran:«Dios no lo salvará.» Selah 3 Pero tú, Señor, me rodeas cual escudo;tú eres mi gloria;¡tú mantienes en alto mi cabeza!4 Clamo al Señor a voz en cuello,y desde su monte santo él me responde. Selah 5 Yo me acuesto, me duermo y vuelvo a despertar,porque el Señor me sostiene.6 No me asustan los numerosos escuadronesque me acosan por doquier. 7 ¡Levántate, Señor!¡Ponme a salvo, Dios mío!¡Rómpeles la quijada a mis enemigos!¡Rómpeles los dientes a los malvados! 8 Tuya es, Señor, la salvación;¡envía tu bendición sobre tu pueblo! Selah 
  • ¿Qué sentimientos nos invaden cuando caemos en desgracia?
  • ¿Cuál es nuestra reacción cuando tocamos fondo en la vida?
  • ¿Qué seguridades nos quedan el día en que todo se oscurece?
 En cierta manera, además de una antología poético-musical, los salmos son una suerte de “diario íntimo” del salmista, porque en él se vuelcan muchas veces, expresados de una manera singular e inspirada, las emociones más profundas del hombre de Dios. Desde el júbilo hasta la depresión más profunda, pasando por el desaliento, la ira, la paz, el dolor, la reflexión, el temor; no hay sentimiento humano que no encuentre eco en algún salmo, porque forman parte de la experiencia vital de todo creyente. El salmista vuelca su corazón, sus más íntimos pensamientos en cada salmo. Marca la pauta de cómo ha de ser la relación personal con Dios, sin formulismos, reverentemente espontánea, incluso en aquellos casos en los que puede sentirse cierto atrevimiento, pero siempre reconociendo la soberanía, el amor, la santidad, la justicia, la misericordia, la fidelidad, el poder, la autoridad, la eternidad, la protección, la sabiduría, la verdad y demás atributos divinos. En este salmo, la referencia inicial nos brinda un contexto muy claro de cuál es, en líneas generales, la experiencia por la que atraviesa su autor, David, y revisando los detalles en los pasajes pertinentes, cuáles son los sentimientos que lo invaden. En sus años seniles, cuando esperaba vivir con alguna tranquilidad, ha sido traicionado por su propio hijo, obligado a huir como en su juventud frente a Saúl, vituperado e insultado. Para muchos, incluso para su más fieles colaboradores, todo está perdido. Pero a diferencia de muchos otros salmos en los que David expresa tanto su dolor como su esperanza en el Señor ante situaciones adversas de una manera francamente dramática, podemos encontrar en este salmo una actitud distinta, hasta podríamos decir una serenidad estoica. ¿Cómo es que a pesar de estar tocando fondo en la vida, David no revela como en otras ocasiones ni un ápice de angustia? Es que sin duda, a estas alturas de su existencia, después tantas batallas, su fe es ahora una roca. Aprendamos del rey David cómo es una fe madura.  

UNA FE MADURA RECONOCE LA ADVERSIDAD

 Se podría pensar que un hombre de fe no debe tener en cuenta los peligros y las acechanzas que tiene por delante, que ni siquiera debe mirarlas o que debe “declarar” que éstas no existen. Pero aquello no es fe, sino temeridad. David hace una revisión de su situación muy objetiva, desapasionada pero realista: cuántos son sus enemigos y qué es lo que aseguran sobre él. Y acude al Señor a decírselo, sin pensar que es inútil porque Dios ya lo sabe. No significa que David no esté sintiendo ninguna emoción en ese momento. En el segundo libro de Samuel, el capítulo 15, encontramos que tanto David como sus hombres avanzan a marchas forzadas bajo una intensa presión emocional, tal que al llegar al Monte de los Olivos, estos guerreros lo hacen con lágrimas en los ojos. David ha tomado una decisión rápida para salvar de la muerte, pero la huida trae a todos el recuerdo amargo de los días en que vivieron prófugos en cuevas y montes. David ya no es un joven y sus colaboradores tampoco. Están en la edad en que, después de tantas batallas y guerras para instalar, ampliar y consolidar el reino, esperan completar sus días sin zozobras, cosechar lo sembrado. Pero el propósito de Dios los lleva a revivir antiguas experiencias, con el agravante de que, en esta oportunidad parece más cierta que nunca la sentencia que circula públicamente sobre su destino: “El Señor no lo salvará”. El salmista es consciente de todo ello, pero su revisión de la situación ha sido escueta, una constatación apenas. No ha dramatizado, no se ha dejado ganar por sus emociones como cuando era joven. Ahí termina su reporte ante el Señor y la indicación musical de la Palabra a continuación es un “Selah”, es decir, un silencio, un llamado a la quietud espiritual que establece también un recogimiento interior que lo somete todo a la voluntad divina.  

LA FE MADURA SE MUEVE POR CONVICCIONES

 Después de su breve revisión de la situación, David echa mano de convicciones que ha ido desarrollando y comprobando a lo largo de toda su vida de fe. Esas convicciones no amagan la adversidad, sino que la enfrentan. No “declaran” que no hay problemas, que no se vive una circunstancia verdaderamente difícil humanamente hablando: lo que declaran es que, de acuerdo a su experiencia con Dios a lo largo de toda la vida, ha comprobado todos los matices de la protección divina. Estoy poderosamente protegido. “Me rodeas cual escudo”. Esta primera convicción nace de su experiencia cotidiana con el Señor. En situaciones en las que parecía condenado a la muerte segura, como cuando era rodeado por las huestes de Saúl, David pudo comprobar que su seguridad no dependía de su destreza, sino del auxilio sobrenatural de Dios. Le basta con mirar atrás, a esas vivencias, para estar convencido de ello. En 2 Samuel 15: 25a-26 dice lo siguiente: “Si cuento con el favor del Señor, él hará que yo regrese y vuelva a ver el arca y el lugar donde Él reside. Pero si el Señor me hace saber que no le agrado, quedo a su merced y puede hacer conmigo lo que mejor le parezca”. No tengo nada de qué avergonzarme. “Eres mi gloria; ¡tú mantienes en alto mi cabeza!”. A lo largo de su vida, David ha experimentado también, muchas veces, la oposición, la calumnia y la afrenta hasta de sus seres más queridos. Su padre no contó con él cuando Samuel vino a ungir al próximo rey de Israel entre sus hijos. Sus hermanos lo acusaron injustamente cuando era joven de irresponsable. Saúl insultaba frecuentemente a David en presencia de Jonatán. Su esposa Mical lo acusó de ser un vulgar y malinterpretó su entusiasmo en la alabanza a Dios. Y en esta oportunidad, Simí resume muchos de los falsos rumores que circulaban sobre David: “Asesino”, “canalla”, acusándolo falsamente de haber matado a Saúl para quedarse con el reino y de estar recibiendo el pago de su maldad. Incluso, de que Dios le ha entregado el reino a Absalón. Nada de esto, sin embargo, hacen trastabillar a David. Su honor, su reputación, no dependen de lo que diga el hombre, sino de la opinión de Dios, que es la única que realmente le interesa. Y es interesante ver que no cae en autocompasión ni sentimientos de culpa porque afirma que pese a sus errores el Señor mantiene en alto su cabeza. Si necesito socorro Dios me oye. “Clamo al Señor a voz en cuello, y desde su monte santo él me responde”. ¿Por qué un hombre puede clamar a voz en cuello? Sin duda, quien llama a gritos es porque se encuentra en grave peligro y necesita llamar la atención con suma urgencia. Clamar a voz en cuello es lanzar un S.O.S., lanzar un grito de socorro, pero no tiene sentido alguno pedir auxilio a viva voz si no se tiene la seguridad de que alguien escuchará y enviará ayuda pronta. David ha comprobado que el Señor no es indiferente a estos alaridos. No es tampoco que tenga problemas de audición o que necesite ser llamado a gritos para recién prestar atención. El clamor aquí denota el sometimiento humilde, el reconocimiento de que hay situaciones francamente inmanejables sin la intervención de Dios, como ésta que está viviendo frente a su hijo Absalón. Sin embargo, no es la primera vez que atraviesa por una experiencia similar de gran zozobra y sabe que tiene a la mano este recurso infalible, que basta con hacer “sonar la alarma” para que el auxilio divino llegue de inmediato.. Hago mi vida con normalidad y sin sobresaltos. “Me acuesto, me duermo y vuelvo a despertar, porque el Señor me sostiene”. Hay profesiones en las que uno se pregunta cómo es posible seguir adelante en medio de situaciones desagradables; por ejemplo, cómo los médicos en la morgue pueden seguir comiendo en medio de tantos cadáveres o cómo un soldado puede dormir con medio de largas batallas y campañas. Guerrero veterano de la batalla de la fe, David ha aprendido a seguir con sus quehaceres cotidianos en medio de las peores dificultades, a no detener su vida por causa de los problemas. Recuérdese cuando muere su primer hijo con Betsabé, cómo deja boquiabiertos a sus allegados cuando levanta su luto y su ayuno, la aparente frialdad de su reacción, esa supuesta sangre fría. La convicción del salmista es que hay alguien que está al control de todo, por tanto si se confía en ese supremo controlador, resulta vana e inútil la preocupación excesiva, la que quita el sueño y el hambre, la que altera el ritmo normal de la vida de un ser humano. Tengo total serenidad frente al peligro. “No me asustan los numerosos escuadrones que me acosan por doquier”. La experiencia de fe de David lo ha llevado a declarar que la batalla es del Señor y que, por lo tanto, lo que se tiene que medir siempre no es la dimensión del enemigo ni de la adversidad, sino la grandeza del poder de Dios. Al realizar esa medición y cotejarla con las innumerables ocasiones en que ha quedado en relevancia la grandeza del poder divino y la pequeñez de cualquier aparente “gran” enemigo o adversidad, cualquier humano y natural sentimiento de temor se disipa velozmente a cambio de una serenidad a prueba de balas.  

LA FE MADURA EXPONE SUS DEMANDAS A DIOS

 Sin embargo, Dios no espera que sus hijos sean súper hombres. Está completamente consciente de que siguen siendo hombres, con todas las debilidades propias del género humano. No espera que sus hijos sean “santos” en el sentido peyorativo del término (más bien santurrones que no matan una mosca a los ojos del prójimo), les da licencia también para mostrarse débiles o quejosos, enojados o decaídos. Esa revelación íntima ante el Señor afianza la relación con Él y, por tanto, el crecimiento espiritual. Ni por recato ni por falsa modestia David se abstiene en este caso de demostrar sus sentimientos más profundos, sabiendo que aunque Dios no esté necesariamente de acuerdo con sus demandas, igual las escucha. Cuando le solicita que se “levante” y lo ponga a salvo, ciertamente no hay nada que reprocharle; no sucede lo mismo en cambio con su petición de romperles la quijada y los dientes, que no parece a todas luces ningún pedido acorde con la naturaleza misericordiosa de Dios. Pero Dios lo deja, porque sabe que sus hijos maduros en la fe no dejan por eso de mostrarse humanos. Y que, además, como consta en el último versículo, terminan siempre atribuyendo la salvación, la justicia y la bendición al Señor. Llorar, demandar justicia, quejarse amargamente, entre otras reacciones, son positivas y completamente naturales y comprensibles cuando van acompañadas de una sumisión al compromiso divino de tomar nuestra justicia como suya.

EL HIJO PREDILECTO

Posted by ministrodigital on 13 Febrero, 2008 10:12

SALMO 2  EL HIJO PREDILECTO   1 ¿Por qué se sublevan las naciones,       y en vano conspiran los pueblos? 2 Los reyes de la tierra se rebelan;       los gobernantes se confabulan contra el Señor       y contra su ungido. 3 Y dicen: «¡Hagamos pedazos sus cadenas!       ¡Librémonos de su yugo!»    4 El rey de los cielos se ríe;       el Señor se burla de ellos. 5 En su enojo los reprende,       en su furor los intimida y dice: 6 «He establecido a mi rey       sobre *Sión, mi santo monte.»     7 Yo proclamaré el decreto del Señor:       «Tú eres mi hijo», me ha dicho;       «hoy mismo te he engendrado. 8 Pídeme,       y como herencia te entregaré las naciones;       ¡tuyos serán los confines de la tierra! 9 Las gobernarás con puño de hierro;       las harás pedazos como a vasijas de barro.»     10 Ustedes, los reyes, sean prudentes;       déjense enseñar, gobernantes de la tierra. 11 Sirvan al Señor con temor;       con temblor ríndanle alabanza. 12 Bésenle los pies, no sea que se enoje       y sean ustedes destruidos en el camino,       pues su ira se inflama de repente.       ¡*Dichosos los que en él buscan refugio!   
  • ¿Qué clase de Padre es el Señor?
  • ¿Tenemos alguna noción de lo que Dios está dispuesto a hacer por un hijo suyo?
  • ¿Es Dios un Padre como nosotros lo somos?
 

La lectura de los salmos ofrece a veces muchos desafíos. Como en todo estudio de la Palabra, lo primero que necesitamos establecer es qué le quiso decir (qué le dijo) al lector original para recién luego poder establecer qué nos quiere decir hoy a nosotros. Y eso, en una antología poético-musical como los Salmos, no siempre es tan obvio, a menos que haya alguna indicación al respecto.

 Cuando, como en este caso, ni siquiera hay indicación del autor (la mayoría de lo salmos tiene alguna, un porcentaje muy alto se atribuyen al rey David), y se necesita conocer de quién se habla y en qué circunstancias, es necesario poner atención en las citas que hayan sobre ese salmo en otros pasajes de la Escritura para develar con mayor claridad el mensaje original y su aplicación contemporánea. Sin duda, el salmo 2 es un salmo “mesiánico”. No por alguna antojadiza aplicación teológica, sino porque desde temprano la iglesia (Hechos 4:25-26) y los autores del Nuevo Testamento (Hebreos 5:5), inspirados por el Espíritu Santo, atribuyeron su cumplimiento profético en el Señor Jesucristo, de donde el Hijo es, sin duda alguna, el Cristo coronado en gloria. Pero ahí no acaba toda su aplicación.   

TODO HIJO ENFRENTA ADVERSIDADES

 ¿Acaban ahí las lecturas del salmo 2? Pienso que no. Aunque no se indica en este salmo que el rey ungido por el Señor y nombrado por decreto “Hijo” sea David, sí lo dice en cambio el texto citado en el libro de los Hechos, e indudablemente la primera lectura del salmo será atribuible a él y en él a todo creyente también nombrado “hijo de Dios” por voluntad divina (Juan 1: 12-13) y ungido por el Espíritu Santo. El salmista escribe este poema en tercera persona como un recurso estilístico aunque en el versículo 7 salta a la primera persona para aclarar firmemente que está hablando de una experiencia personal tanto de conflicto y rechazo como de afirmación de su identidad como ungido e hijo de Dios, experiencias que sin duda no son ajenas a la vida de todo creyente en Jesús, ungidos e hijos también. Ser hijo de Dios implica siempre conflicto. Es una realidad a la que no podemos sustraernos. Ya el Señor Jesús lo advirtió “Recuerden lo que dije, ‘ningún siervo es mayor que su amo’. Si a mí me han perseguido, también a ustedes los perseguirán” (Juan 15: 20). Y es que como dice el Señor más adelante en Juan y el propio salmo, existe un antagonismo fundamental entre los hijos de Dios y los que no lo son. Este antagonismo no se produjo por la condición natural de David. Antes de ser ungido rey, era un simple pastor de ovejas. Fue la elección divina la que lo ubicó en una categoría distinta, otorgándole propósito y autoridad para el cumplimiento de ese propósito, además de protección divina especial. Bajo esa cobertura, conquistó reinos y estableció una hegemonía política que a la vista no fue cómoda para sus vecinos. Los hijos de Dios hemos recibido esta condición por elección divina (Efesios 1: 3-14) y ha sido esa elección la que nos ha otorgado propósito y autoridad para el cumplimiento de ese propósito, además también de una protección divina especial, que como en el caso de David no exime de pruebas y dificultades de diversa índole (pasó más una década como prófugo), pero sí garantiza la presencia permanente del Señor. Ser hijo de Dios implica que Él tiene el control. Ni para David, ni para ningún cristiano, las pruebas y dificultades, los conflictos y adversidades, son asunto ligero. Los enemigos de David eran reales, naciones enteras, reyes confabulados, aunque él sepa que es “en vano”. Los enemigos del cristiano no son sangre ni carne, pero sí principados, potestades, gobernadores de las tinieblas, huestes de maldad. También nuestros enemigos son reales. Incluso más reales que en el caso de David, porque no son los títeres, sino los titiriteros en este campo de batalla espiritual que, sin llegar a los extremos de la llamada “guerra espiritual”, jamás debe ser desdeñado. Pero para el Señor, esa ferocidad del enemigo es nada, al punto que se ríe de ellos, se burla porque él es el rey de los cielos, él tiene el control de toda situación. Sin embargo, David no se envalentona contra estos enemigos, no hace alarde de fuerza o poder propios. Reconoce que la batalla es del Señor, que quien pelea por él es Dios mismo. Esto también debemos recordarlo los cristianos. Dios está al control, de él son las victorias, “si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros?... somos más que vencedores por medio de aquél que nos amo” (Romanos 8: 31 y 37).  

TODO HIJO DEBE PROCLAMAR SU IDENTIDAD

¿Cuál era la fortaleza que permitía a David estar completamente seguro de que Dios estaba al control y le daría la victoria final sobre sus enemigos, sobre las adversidades? ¿Qué le hacía estar convencido de que las conspiraciones enemigas eran vanas y que no eran sólo contra él, sino contra el Señor mismo? Una sola cosa lo sostenía con seguridad: lo que Dios decía sobre él. Recordemos cómo llegó David al trono de Israel. Hubo que pasar más de una década para que accediera al trono, en calidad de prófugo, sorteando peligros de toda índole. Pero en su memoria se sostenía como un faro en medio de la oscuridad el día en que el profeta Samuel llegó a su casa, tomó el cuerno del aceite, lo ungió en presencia de sus hermanos y el Espíritu del Señor vino sobre él para no dejarlo más. ¿No nos recuerda eso a lo que sucedió a cada cual que ha creído en Cristo Jesús? ¿No llegó la palabra profética del evangelio hasta nosotros, no se derramó el Espíritu de Dios en nuestros corazones y vino a habitar en medio nuestro para no irse más? Ese faro debe iluminar el camino de todo creyente para darle la seguridad de lo que Dios dice sobre él, el decreto del Señor nuestro Padre. Los hijos de Dios declaran su condición. Como siempre, David se muestra aquí como un hombre de propósitos firmes. Él dice “alabaré”, “exaltaré”, “me regocijaré”, “cantaré”. David no fue un hombre que dejara que sus pensamientos lo dominen: él dominó sus pensamientos y estableció qué debía pensar, qué debía declarar, porque esa disciplina mental le permitía sostenerse en las dificultades más duras. Sin embargo, esa disciplina mental reflejaba mucho más que voluntariosidad: era una manifestación de fe, porque estaba fundamentada no en sus propios pensamientos, sino en la Palabra divina: proclamará “el decreto del Señor”. Hace recordar a nuestro Señor Jesucristo en su tentación en el desierto, donde también su identidad fue puesta en tela de juicio por Satanás: “...si eres Hijo de Dios...”. Los hijos de Dios debemos proponernos este ejercicio de disciplina mental permanente para que nos sostenga en el “día malo”. Un análisis de Efesios 6 pondrá el pasaje en esa perspectiva. Ese ejercicio es la proclamación de nuestra identidad en base a lo que Dios dice, no en base a lo que nuestro corazón dice. Recordemos que la batalla espiritual es una batalla que se libra principalmente en la mente. Los hijos de Dios saben quiénes son. No titubeó David cuando declaró que Dios mismo le había dicho “mi hijo eres tú, yo te he engendrado hoy”. No tenemos registro de cuándo se realizó esa declaratoria, pero podríamos pensar que lo asumió desde el momento en que un profeta de Dios lo ungió y por el testimonio del Espíritu Santo que vino sobre él para no irse más. No quiero discutir si Dios habla o no por voz audible hoy. De eso no hay registro, como no lo hubo en el caso de David. Fue un asunto muy íntimo y lo sigue siendo. Pero de lo que sí podemos estar muy claros es de que tenemos la palabra profética más segura (2 Pedro 1: 19) y de que el Espíritu da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios (Romanos 8: 16). El “hoy” del engendramiento es muy importante, porque establece un recuerdo imborrable en la vida de David, como debe establecerlo en la vida de todo creyente. El Señor es un Dios que se ha complacido siempre de intervenir en la historia del hombre, colectiva o individual, de modo que quede un recordatorio firme de esa intervención que siempre transforma vidas. Los hijos de Dios son hijos predilectos. Conversaba hace unos días con el pastor Néstor Chirinos y me hacía recordar un principio muy elemental pero muy importante para la vida de todo hijo de Dios. Me recordó aquel pasaje en el que el Señor Jesús dice “¿Quién de ustedes que sea padre, si su hijo le pide un pescado le dará a cambio una serpiente? ¿O si le pide un huevo le dará un escorpión?” (Lucas 11: 11). Muchos de nosotros no estamos muy convencidos de lo que significa tener a Dios como Padre. Y Jesús conoció esa carencia tan profundamente en el corazón del hombre que enseñó a Dios principalmente en su carácter paternal, porque debido a las distorsiones que nuestra relación filial aquí en la tierra a veces nos impone, tendemos a mirar al Señor como un ser autoritario y rígido, indolente a nuestras necesidades. David logró conocer esa relación paternal de Dios. Supo que, de sólo pedirlo, Dios estaba dispuesto a concederle cualquier conquista, hasta los confines de la tierra. “Pídeme y te daré...”. Pero no hay testimonio de que David haya hecho tan ambiciosa petición jamás. En cambio, sí de que transmitió a su hijo Salomón esa convicción tan fuertemente que éste sólo pidió para sí sabiduría. Somos los hijos predilectos de Dios. Tendríamos que empezar a creerlo. Porque si, siendo nosotros malos, sabemos dar buenas dádivas a nuestros hijos, cuánto más el Señor. Pero esto no es licencia para la ambición y la codicia, como supone cierta doctrina mal llamada “de la prosperidad”, sino fundamento para una seguridad interior de que Dios está atento a la más mínima necesidad física y emocional nuestra.  

TODO HIJO DE DIOS DEBE TESTIFICAR DE SU PADRE

 

Después de proclamar la identidad que Dios le ha dado y de cómo eso implica la protección de Dios sobre sus adversarios, es notable ver cómo David no se ensaña con sus oponentes ni adquiere aires de pavo real buscando gloria para sí. No se la pasa diciendo “soy el ungido, el hijo de Dios, ríndanme honores, todo esto es mío, quiero que me entreguen todo lo que tienen, me lo merezco”.

 Todo lo contrario, la actitud de David da un vuelco para pasar a una actitud más bien pastoral, de consejo e interés por la salud espiritual y el destino eterno de su prójimo. Podríamos decir que es un llamado a no concentrarnos únicamente en la lucha espiritual que se libra en nuestro interior ni en la identidad que Dios nos ha dado para nuestro sólo regocijo, sino a mirar más allá de nuestras narices. David invita a sus adversarios a la reflexión, a dejarse enseñar, a servir al Señor, a reconocerlo y humillarse delante de él para evitar las consecuencias de seguir ignorándolo y testimoniando que hay gran felicidad para los que dan esas muestras de arrepentimiento y entran al camino de la fe. ¿No nos habla acaso a los cristianos a veces tan concentrados en nosotros mismos? Todo hijo de Dios debe testificar de su Padre. Debe anhelar que más personas disfruten del favor divino. El ejemplo de David nos toca profundamente hoy que circula en los ámbitos cristianos enseñanzas nocivas que se obsesionan con el bienestar material y los privilegios que la condición de cristianos puede otorgarnos a partir del “pídeme y te daré”. Aprendamos a ser hijos predilectos, no hijos caprichosos.

EL HOMBRE FELIZ

Posted by ministrodigital on 12 Febrero, 2008 15:43

Salmo 1

EL HOMBRE FELIZ

 

  1 Dichoso el hombre
      que no sigue el consejo de los malvados,
      ni se detiene en la senda de los pecadores
      ni cultiva la amistad de los blasfemos,
2 sino que en la ley del Señor se deleita,
      y día y noche medita en ella.
3 Es como el árbol
      plantado a la orilla de un río
   que, cuando llega su tiempo, da fruto
      y sus hojas jamás se marchitan.
      ¡Todo cuanto hace prospera!

 

 
  • ¿Qué hace feliz a un hombre?
  • ¿Cuál es el camino de la felicidad?
  • ¿Es posible hallar algo que se llame felicidad en esta vida?


Sin duda, la felicidad es uno de los temas favoritos del hombre contemporáneo. La búsqueda de un estado de plenitud, de entera satisfacción, de gozo permanente, ha sido y es una de las tareas que se ha impuesto con mayor ahínco.

En el camino, sin embargo, el hombre ha encontrado que no es tan fácil hallarla, que es más común de lo que se cree falsificarla, enmascararla y/o confundirla con otras experiencias mucho más efímeras y superficiales.

Al contrario de lo que se piensa muchas veces, la Palabra de Dios sí habla de la felicidad, de un estado de plenitud vital: el estado de bienaventuranza. Y también establece un camino para hallarla, para disfrutarla.

 

PREPARANDO EL CAMINO PARA LA FELICIDAD

La experiencia inspirada del salmista le lleva a afirmar que hay al menos tres conductas que, de evitarlas, ponen al ser humano en perfectas condiciones para alcanzar la felicidad, aunque por sí solas no sean suficientes.

1. Seguir el consejo de los malvados. ¿Quiénes son estos malvados? El pasaje no revela a quiénes se refiere, lo que deja abierta la lectura para atribuir ese título a todo aquel que no practica el bien, es decir, a quien tiene una conducta alejada de las directivas de Dios.

En el Antiguo Testamento, sin duda, los malvados eran aquellos que tenían a menos los consejos y prescripciones de la Ley. Podemos tomar como ejemplo a los reyes de Israel y Judá y la calificación que da el cronista a cada uno: “hizo lo que ofende al Señor” o “hizo lo que agrada al Señor”. En el Nuevo Testamento, esa identificación puede extenderse a todo el que no obedece el evangelio de Jesucristo, porque su mente y corazón están en tinieblas.

El salmo invita a no seguir el consejo de esta clase de personas. No es una orden para rechazar cualquier vínculo o conversación (porque sin duda eso será necesario si se intenta alcanzarles el mensaje de Jesucristo), sino para no dejarse arrastrar por su perspectiva de vida ajena a Dios, para no permitir influencia alguna de su manera de pensar, de sus filosofías humanistas o sincretistas.

Es necesario, según el salmista, estar atentos a esta clase de “consejo” para no seguirlo, es decir, para que en la vida práctica no se termine sutilmente aplicando principios y formas de pensar que pueden estar enfrentados con el consejo de Dios, con la perspectiva y propósitos del Señor revelados en su Palabra y que suele escandalizar a los “sabios” de este mundo.

2. Detenerse o estar en el camino de los pecadores. ¿Qué es el camino o senda de pecadores? No se trata, obviamente, de otra clase de persona distinta a los “malvados” de líneas arriba, es nada más un recurso del salmista para no incurrir en repeticiones y para darle mayor musicalidad de sus versos. El énfasis aquí radica en la clase de actitud del “hombre” o “varón” a quien se dirige el salmo.

 

Lo que el salmista propone es que así como se debe evitar contaminar la mente con la forma de pensar de quienes no conocen el camino de Dios, también se debe evitar con mayor razón imitar su conducta o siquiera considerar la posibilidad de hacerlo. “Detenerse” en la senda de pecadores revela un relajamiento de la ética: quien se “detiene” en estos “caminos” o conductas está proclive a seguirlas.

 

Más de un ejemplo bíblico señala la necesidad de huir frente a la tentación del pecado. Quienes así lo hicieron, evitaron consecuencias nefastas; en cambio, quienes se detuvieron a considerarlo ligeramente, fueron devorados por él. Proverbios habla, por ejemplo, de no “mirar el vino cuando rojea”, es decir, no exponerse a la provocación del pecado de la borrachera.

 

 

3. Cultivar la amistad de los blasfemos. O “sentarse en la silla de escarnecedores”. El blasfemo es más que un malvado o un pecador, porque no sólo práctica el mal, sino que se regodea en él abiertamente, rechaza públicamente el consejo de Dios, lo tiene a menos, se burla de él, es “agnóstico” o “escéptico”. El blasfemo es una suerte de publicista de la maldad y del alejamiento de Dios.

 

No es poco común esta forma de maldad en estos tiempos como no lo fue en los del salmista. La blasfemia permite al pecador justificar su conducta y hasta presentar cualquier intento por seguir los caminos del Señor como “ridículo”. Consciente o inconscientemente, el blasfemo se convierte en embajador de Satanás y por eso el cristiano no debe intimar con él.

 

A la luz del evangelio, tampoco le corresponde juicio o condena sobre el blasfemo, pero desarrollar o cultivar una amistad implica un intercambio de influencias que no favorecerán la vida espiritual del cristiano. “Sentarse en la silla”, que es la figura literal, implica un grado de confianza peligroso, demasiado cercano que puede ser malinterpretado incluso por el blasfemo como una justificación a su conducta.

 

EN LA SENDA DE LA FELICIDAD

Aquellas son las tres conductas que, de evitarlas, ponen al hombre en condiciones de emprender el camino de la felicidad, preparan el terreno. Pero hay otras dos que son las que en realidad le permitirán ser feliz.

1. En la ley del Señor se deleita. La ley del Señor es, sin duda, toda la Palabra de Dios, pero aquí significa mucho más que simplemente el texto. Habla de la Voluntad Divina, de los propósitos de Dios expresados en su Palabra, en su ley, de su perspectiva de la vida, de la forma de pensar de Dios y de las consecuencias que esa forma de pensar implican para el ser humano.

El hombre que desee ser feliz tiene que ubicarse en la perspectiva de vida divina, es decir, debe conocer y asumir los pensamientos de Dios como propios, renunciando a los suyos. Pero no ha de hacerlo a regañadientes, hipócritamente o superficialmente –fariseísmo–, sino de todo corazón, deleitándose en lo que Dios piensa y dice.

Deleitarse en la ley del Señor es, pues, una sumisión de la mente y del corazón a los propósitos de Dios, es una decisión que encuentra su correlato emocional a medida que se hace permanente. La voluntad de conocer y someter pensamientos y sentimientos a la ley de Dios produce en el cristiano un deleite en la ley del Señor.

2. En la ley del Señor medita de día y de noche. Meditar es un ejercicio del intelecto y del corazón en el cual el ser humano concentra todo su pensamiento y sentimiento en un solo propósito. La meditación es una reflexión sostenida, disciplinada, e implica por tanto un esfuerzo consciente y una voluntad firme, porque la mente humana es naturalmente dispersa y laxa.

Cuando se medita, se escudriñan las razones profundas de las cosas, se procura alcanzar vistazos nuevos sobre realidades conocidas, se establecen puentes entre los conocimientos y las experiencias, se abre la mente a nuevas perspectivas y conocimientos. Pero a diferencia de la meditación orientalista o filosófica, los contenidos de la meditación cristiana están en la Palabra de Dios.

La meditación en la ley del Señor ha de ser, para quien busca la felicidad, un ejercicio permanente, sostenido, “de día y de noche”. Aún las mentes mejor entrenadas procuran estar en constante adiestramiento para un buen rendimiento. Cualquier descuido al respecto, puede echar a perder años de trabajo. El Señor sabe bien por qué nos pide un estado de vigilancia intelectual sobre su ley.

 

EN QUÉ CONSISTE LA FELICIDAD

En cierta forma, tienen razón quienes sostienen que la felicidad no es una meta, sino un camino. Pero eso no significa que no exista esa experiencia de plenitud que se espera sea la felicidad. El salmista la describe como un “árbol plantado a la orilla de un río”.

1. Cuando llega su tiempo da fruto. No hay un efecto instantáneo de felicidad como espera la cultura moderna del “fast”. Hay un proceso que no puede ser adelantado como sucede con el ciclo vegetativo de cualquier frutal. Eso demanda paciencia, muy probablemente quien ha seguido los pasos hacia la felicidad descritos por el salmista deba aprender también a esperar en los tiempos de Dios. Sin olvidar además que cada frutal tiene un tiempo distinto; así también cada hombre tiene su propio “timing” de Dios. Lo que no está puesto en duda es que el fruto llegará, es decir, un resultado visible y que se puede disfrutar.

2. Sus hojas jamás se marchitan. El hecho de estar a la orilla del río le da a este árbol una característica singular: nunca se seca. Es cierto, posiblemente el “timing” de Dios para ver el fruto sea más largo o más corto, pero eso nunca significará que el “árbol” padecerá temporadas de sequedad espiritual mientras se mantenga a la orilla del río: deleitándose de día y de noche en la ley de Dios. Las hojas revelan vitalidad, reflejan el estado interior del árbol aún cuando no haya frutos visibles o experimentables. “El que en mí creyere, no será avergonzado”. La felicidad no sólo consiste en momentos de éxtasis, sino en gozo cotidiano.

 

En otras palabras, concluye el salmista, “Todo cuanto hace prospera”. La felicidad del hombre que se deleita en la ley del Señor y medita de día y noche en ella tiene una característica: el éxito asegurado. Y Dios no es deudor de nadie.  

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