LA PROSPERIDAD SEGÚN LA BIBLIA, NO LOS MERCADERES DE LA FE
ESCRIBE MANUEL ROBERTO CADENAS MUJICA
“Y les dijo: Mirad,
y guardaos de toda avaricia;
porque la vida del hombre
no consiste en la abundancia
de los bienes que posee”.
LUCAS 12: 15
El tema de la prosperidad resalta en estos días a partir de las enseñanzas del llamado Movimiento de la Fe, cuyas premisas vinculan la pobreza con el pecado personal y el éxito espiritual con la prosperidad material.
La desnaturalización de los principios bíblicos sobre el tema del dinero bordea, muchas veces, los límites del cinismo. Con el mayor desparpajo, día a día vemos a través de la televisión evangélica a oradores que tuercen el sentido de los textos de las Escrituras para adaptarlos a sus propósitos: lograr que el pueblo cristiano envíe sus donaciones en efectivo. El mensaje del evangelio de la salvación ha sido reemplazado por el chantaje de la doctrina de la ambición.
Un ejemplo claro es la tergiversación de la ley espiritual del “sembrar” y “cosechar". Lo que en una sana exégesis hace referencia al grueso de la conducta cristiana, donde las buenas acciones -incluido el apoyo económico a los hermanos en urgente necesidad- se verán recompensadas por el Señor muy generosamente -no se dice si en esta vida o en la eterna, aunque esta última opción resulta más coherente con el mensaje evangélico-, se ha convertido en una suerte de Bolsa de Valores religiosa, en la que agentes financieros “espirituales” señalan las mejores opciones de inversión y alta rentabilidad en dinero contante y sonante. En este macabro esquema, Dios es el cajero que está “obligado” a hacer efectivo el pago y el trono celestial se convierte en una gran oficina contable llena de pagarés y acciones.
¿Qué diferencia existe entre esta práctica y la escandalosa venta de indulgencias contra la que Lutero alzó su voz? Desgraciadamente, existe una, aunque desfavorable: la Curia romana del siglo XVII y su equipo publicitario ofrecían bienes espirituales a cambio de unas monedas; los promotores de “sembrar y cosechar” sólo ofrecen más dinero. Aquellos prometían el cielo; éstos apenas prometen la tierra. Los papistas apelaban al sentimiento religioso; los “sembradores” estimulan la avaricia y la codicia disfrazada de espiritualidad.
Es desde esa perspectiva que me he propuesto abordar el tema de la prosperidad realizando un acercamiento canónico a los textos de la Escritura que hablan al respecto. La totalidad de la enseñanza bíblica es un buen antídoto contra este tipo de herejías.
La prosperidad de los justos
Es cierto que, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, la prosperidad material, la riqueza, aparece como una bendición de Dios. Y es correcto que se presente a Abraham como el modelo del hombre rico que teme a Dios.
Los Salmos y los Proverbios suelen elogiar al varón piadoso que florece como el árbol plantado junto a corrientes de aguas.
Pero si hemos de admitir esta bendición material divina, debemos también considerar aquellas condiciones que reúnen los que han sido partícipes de ella.
Es para el obediente. En el Antiguo Testamento son innumerables los textos que hacen referencia a la obediencia como condición esencial para ser receptáculo de las promesas divinas de prosperidad. En el citado caso de Abraham, la fe que lo hace pactar con Dios no es la de “confesar positivamente” ni la de “visualizar”, sino la de obedecer.
No han cambiado los propósitos divinos cuando en Levítico 26: 5 se menciona la abundancia en la producción agrícola y la seguridad económica. Igual referencia podemos encontrar en Deuteronomio 30, texto favorito de los defensores de la “doctrina de la prosperidad”. Lo que ellos no registran en su eiségesis es que la condición es fidelidad a la voluntad divina, total sumisión a sus designios, no “sembrar para cosechar”.
No ha cambiado el panorama con el advenimiento de los profetas. Isaías 30: 23 repite casi textualmente las palabras de Levítico, lo mismo que Ezequiel 36: 30, y Amós 9: 13. Y cuando en el Nuevo Testamento encontramos al joven rico, podemos apreciar que se trataba de un judío de conducta intachable a los ojos de la Ley.
¿Podemos decir, entonces, que es posible ganarse las bendiciones materiales de parte de Dios? No es ese el sentido de esta verdad bíblica. Más bien, lo que enseña es que Dios honra a los que le honran, y en ese aspecto, no debe sorprender si uno que ama a Dios con sinceridad es prosperado económicamente. No hay indicaciones de reclamo alguno pues es evidente que el hombre sujeto a la voluntad de Dios jamás va a efectuarlo.
Por lo demás, si bien el hombre que ha nacido de nuevo por la fe en Jesucristo es declarado justo por Dios (justificado, Ro. 5:1), no es lícito proyectar esta verdad a toda cita veterotestamentaria donde se le prometa prosperidad al justo, como propone Ulf Ekman , puesto que aquélla justificación tiene un sentido soteriológico, en tanto que ésta se refiere al plano ético-moral-religioso.
Es para el generoso. La «doctrina de la prosperidad» ha hecho bastante énfasis en el “principio de sembrar y cosechar”. Pero tal como lo presentan, este principio resulta bastante distanciado de lo que la Biblia enseña al respecto. En su libro “Cristianismo en crisis”, Hank Hanegraaff explica lo que es para el Movimiento de la Fe esta enseñanza:
“¿Qué es exactamente una semilla de fe? De acuerdo con Oral Roberts, ‘la semilla de la dádiva es la semilla de fe. Y la semilla tiene que ser plantada ANTES de que podamos hablarle a nuestra montaña de necesidades para que sea removida’. Simplemente expresado, ‘planta una semilla’ es sinónimo de ‘envíame el dinero’. El truco de la semilla de fe es poco más que un evangelio de avaricia basado en dar para que te den”.
Es bastante obvio que para sustentar semejante despropósito se ha tomado cierta terminología bíblica fuera de su contexto, ofreciendo una apariencia de piedad, pero negando la eficacia de ella. Un ejemplo claro es el de Lucas 6: 38, donde el contexto de dar y recibir no es el del dinero, sino el del perdón.
Las Escrituras enseñan otra cosa. Como en el caso del obediente, cuando la Biblia habla de que el generoso será prosperado, de ninguna manera lo hace para estimular la generosidad mediante un premio, sino para mostrar cuán complacido está Dios con aquel que se desprende de lo suyo para beneficiar a su prójimo, principalmente si se trata de un pobre o menesteroso. Esto está bastante lejos de enviar dinero a las abultadas cuentas bancarias de algún tramposo. Además, la Palabra de Dios enseña también que el ofrendar a Dios le es agradable a él en función a la honra que esto significa.
“Cuando haya en medio de ti menesteroso de alguno de tus hermanos de alguna de tus ciudades, en la tierra que Jehová tu Dios te da, no endurecerás tu corazón, ni cerrarás tu mano contra tu hermano pobre” (Dt. 15: 7); “El alma generosa será prosperada, Y el que saciare, él también será saciado” (Pr. 11: 25); “El ojo misericordioso será bendito, Porque dio su pan al indigente” (Pr. 22: 9); “A Jehová presta el que da al pobre, Y el bien que ha hecho se lo volverá a pagar”; “Pero esto digo: El que siembra escasamente, también segará escasamente; y el que siembra generosamente, generosamente también segará” (2 Co. 9: 6); “Pero el que tiene bienes de este mundo y ve a su hermano tener necesidad y cierra contra él su corazón, ¿cómo mora el amor de Dios en él?” (1 Jn 3: 17), “El que da al pobre no tendrá pobreza; Más el que aparta sus ojos tendrá muchas maldiciones” (Pr. 28: 27): en cada uno de estos casos, la generosidad (y la mezquindad) está referida a la ayuda al pobre, sea individual u organizada, como la que fue levantada para los santos de Jerusalén en tiempos de hambruna.
Pero si se examina estos textos dejando de lado las enseñanzas perniciosas del Movimiento de la Fe y a la luz de todo el consejo bíblico, se verá que el énfasis no está puesto en el premio, sino en la generosidad. El premio es secundario, pues todo reclamo es francamente contradictorio con la generosidad. Un versículo después Pablo aclara: “Cada uno dé como propuso en su corazón, no con tristeza NI POR NECESIDAD, porque Dios ama al dador alegre” (2 Co. 9: 7), es decir, a aquel que no da esperando la recompensa. Mejor aún, el Señor Jesús, refiriéndose al amor y la misericordia, afirma en Lucas 6: 27-36: “Y si prestais a aquellos de quienes esperáis recibir, ¿qué mérito tenéis? Porque también los pecadores prestan a los pecadores para recibir otro tanto... prestad, no esperando nada; y será vuestro galardón grande, y seréis hijos del Altísimo...”.
Es así que vemos a Abraham, el personaje favorito de los “maestros de la prosperidad”, ajeno a toda avaricia y dispuesto ante Lot a perder lo mejor de sus bienes y de sus oportunidades (Gn. 13: 9). El contentamiento no es precisamente la virtud que más predican estos charlatanes, cuando ella tiene una amplia exposición en las Escrituras (Pr. 15: 16; Lc. 3: 14; Fil. 4: 11; 1 Ti. 66: 6 y 8; He. 13: 5): “Porque gran ganancia es la piedad, acompañada de contentamiento”.
Los peligros de esa "prosperidad"
“Espiritual es lo que viene de Dios, que es espíritu. La filosofía griega entró a ‘hurtadillas’ en la iglesia por medio del gnosticismo, comenzando a diferenciar entre lo interior, la vida espiritual, y lo exterior, lo material. Se dijo que lo exterior era malo y que había que rechazarlo para ser realmente espiritual. Preferiblemente había que recluirse en un monasterio, flagelarse y hacer voto de pobreza, y así posiblemente uno podría ser aceptado por Dios. Se convirtió en una doctrina de obras. El cuerpo de Cristo sufre, aún hoy, las consecuencias de esto. Fue aquí donde el ideal de pobreza entró. Pero Dios no hace ninguna diferencia entre lo espiritual y lo material” .
Hay una media verdad en esta “historia de la pobreza en la Iglesia” que propone Ekman: existe, en verdad, ese prejuicio por lo material en nuestras iglesias. Es la cultura “occidental y cristiana” (léase “occidental y neoplatónica” para ser más justos) una de las culturas que le ha dado un tinte moral a las riquezas que la Escritura no les da. Manuel Gonzales Prada, el pensador peruano, hacía referencia a esa tendencia cuando afirmaba sarcásticamente en alguno de sus ensayos de “Páginas libres” que el clero solía decir con cinismo al pueblo “sacrifíquense y gánense el cielo, mientras aquí nosotros nos ganamos la tierra”.
Pero esta es apenas una media verdad, porque aunque la Biblia no asocia pobreza con piedad, sí le otorga un lugar especial a los pobres y clama contra muchos ricos. “Hermanos míos amados, oíd: ¿No ha elegido Dios a los pobres de este mundo, para que sean ricos en fe y herederos del reino que ha prometido a los que le aman?” (Stgo. 2: 5) Históricamente, desde el principio del cristianismo, han sido las clases más oprimidas las que han respondido con mayor fervor al mensaje del evangelio. No así las clases más acomodadas. Esta no es una regla, pero sí una comprobación de Lucas 18: 24: “... ¡Cuán difícilmente entrarán en el reino de Dios los que tienen riquezas. Porque es más fácil pasar un camello por el ojo de una aguja, que entrar un rico en el reino de Dios”. Con todo, han existido y existen muchos hombres ricos que han entregado su vida al evangelio, pero no son los más.
Evidentemente, Ekman está buscando con sus afirmaciones que se asocie contentamiento con monasticismo, para espantar a los lectores. Pero no puede negarse, ni a la luz de la Biblia ni de la experiencia, que la prosperidad material tenga sus peligros. Los promotores del Movimiento de la Fe nos acusan de atribuirle maldad o peligro a la creación de Dios, a lo que él tildó de “bueno” en el Edén. Nada menos cierto. Sin duda, no es el dinero el peligro, sino el amor al dinero. Pero también Eva andaba desnuda en el Edén y allí no había problema, hasta que el pecado entró en la humanidad y la exposición de cuerpos femeninos desnudos para el deleite de los ojos ha pasado a llamarse pornografía. El cuerpo femenino sigue siendo una obra buena de Dios, pero el corazón del hombre ha cambiado y ya no puede ver esta obra divina sino con ojos pecaminosos. De igual modo, nadie que esté expuesto a las riquezas deja de correr los siguientes peligros:
Inclinación a olvidar a Dios. “Cuando Jehová tu Dios te haya introducido en la tierra que juró a tus padres Abraham, Isaac y Jacob que te daría, en ciudades grandes y buenas que tú no edificaste, y casas llenas de todo bien, que tú no llenaste, y cisternas cavadas que tú no cavaste, y viñas y olivares que no plantaste, y luego que comas y te sacies, cuídate de no olvidarte de Jehová, que te sacó de la tierra de Egipto, de casa de servidumbre” (Dt. 6: 10-12).
“No sea que me sacie, y te niegue, y diga: ¿Quién es Jehová?...” (Pr. 30: 9)
Desde luego que Israel vio cumplirse las promesas de prosperidad divinas. Pero, ¿no es cierto que pronto olvidó a Jehová y fue traspasado de muchos dolores? No debe minimizarse la advertencia divina: él sabe por qué dice “no te olvides”... ¡él sabe que lo vamos a hacer al menor descuido! El Señor conoce nuestra debilidad humana, sabe cuán seguros podemos sentirnos con el bienestar material y dejar de sentirnos seguros con su protección.
Estimula la codicia. “No confiéis en la violencia, Ni en la rapiña; no os envanezcáis; Si se aumentan las riquezas, no pongáis el corazón en ellas”. (Sal. 62: 10)
“Codiciáis, y no tenéis; matáis y ardéis de envidia, y no podéis alcanzar; combatís y lucháis, pero no tenéis lo que deseáis, porque no pedís. Pedís y no recibís, porque pedís mal, para gastar en vuestro deleites” (Stgo. 4: 2-3)
“Porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón” (Mt. 6: 21)
La codicia viene de un corazón que se ha desviado, que se ha pervertido, que quiere más y más, que no se sacia con lo ya alcanzado. Un corazón sin contentamiento, que va tras el oro y es esclavo de él. Ningún hombre es inmune a ello y el anhelo por una cada vez mayor prosperidad económica puede transformarse con suma facilidad en codicia, aunque se revista de santidad.
Pone en peligro la integridad. “El hombre de verdad tendrá muchas bendiciones; Mas el que se apresura a enriquecerse no será sin culpa”. (Pr. 28: 20)
“Porque el desvío de los ignorantes los matará. Y la prosperidad de los necios los echará a perder” (Pr. 1: 32)
“Porque raíz de todos los males es el amor al dinero, el cual codiciando algunos, se extraviaron de la fe, y fueron traspasados de muchos dolores”. (1 Ti. 6: 10)
La historia humana está llena de ejemplos al respecto. Recuérdese la fiebre del oro en California, en la segunda mitad del siglo pasado, la fiebre del caucho en la selva peruana a principios del siglo XX, el jueves negro en Wall Street en 1929, la crisis en el mercado financiero asiático a fines de los años 90, o más recientemente la burbuja inmobiliaria en los Estados Unidos: cuántas vidas humanas destruidas a causa de la codicia, de haber puesto la mirada y la confianza en lo material.
“El que confía en sus riquezas caerá, Mas los justos reverdecerán como ramas”. (Pr. 11: 28)
Impide entrar al reino de Dios. Este es un aspecto muy poco removido por los defensores del “sembrar y cosechar”. “No podéis servir a Dios y a las riquezas” (Mt. 6: 24), se hace aquí alusión al dios Mammon, y aunque un ídolo no es nada, Pablo nos advierte que lo que los gentiles sacrifican a los demonios sacrifican. Detrás de la idolatría está el propio Satanás. En repetidas oportunidades cuando la Escritura contrapone el servicio a Dios al del mundo, se está refiriendo al mundo y su seducción por lo material (Stgo. 4: 1-4; Mt. 16: 26; 1 Jn. 2: 15; Lucas 16: 19-25).
Por eso es que afirma Jesús después de habla con el joven rico: “¡Cuán difícilmente entrarán en el reino de Dios los que tienen riquezas!”, aclarando luego a sus discípulos que “¡Cuán difícil le es entrar en el reino de Dios a los que confían en las riquezas”. (Mr. 10: 23-24).
Resulta en una vida estéril. “Pero los afanes de este siglo, y el engaño de las riquezas, y las codicias de otras cosas, entran y ahogan la palabra, y se hace infructuosa”. (Mr. 4: 19)
El resultado de estar “buscando la bendición de Dios” en el sentido material no es otro que una vida espiritual sin frutos. ¿Cuántas almas ganan para Cristo aquellos que durante muchas horas se dedican desde la televisión a esquilmar a los creyentes con promesas de prosperidad que ellos no pueden cumplir? Es imposible alcanzar el evangelio de la gracia de Dios en Cristo Jesús y de la salvación gratuita a nadie si se le pide primero una colaboración para ser bendecido. Es improbable que quien se ha dedicado a buscar dicha “bendición” contante y sonante pueda escuchar la voz de Dios a través de su Palabra. Y si ésta lo exhorta a “la piedad acompañada de contentamiento” hasta es posible que la “reprenda en el nombre de Jesús”.
Expone a tentaciones poderosas. “Porque los que quieren enriquecerse caen en tentación y lazo, y en muchas codicias necias y dañosas, que hunden a los hombres en destrucción y perdición”. (1 Ti. 6: 9)
Todavía están frescas las imágenes de miles de peruanos al borde de la desesperación y la locura tras haber perdido todos sus ahorros, muchas veces el dinero de su jubilación de toda la vida o de la venta de alguna propiedad, en el extinto CLAE. Aunque suene duro decirlo, estas personas, creyentes incluso, cayeron en tentación y lazo. ¡Cuántos de ellos ya habían duplicado y triplicado su capital, pero querían seguir recibiendo ganancias sin mover un dedo! Codicias necias y dañosas que los hundieron en destrucción y perdición.
Hoy podemos ver lo mismo en ciertos negocios piramidales que invitan a hacerse millonarios sin hacer prácticamente nada. Eso sí, realizando una “inversión” inicial en, por ejemplo, pastillas que supuestamente aumentan el octanaje de la gasolina y ahorran gasto de combustible. Se trata nada más que de una carnada para “olvidar” que se trata de una pirámide.
Fugaces e inciertas. “¿Has de poner tus ojos en las riquezas, siendo ningunas? Porque se harán alas como alas de águilas, y volarán al cielo”. (Pr. 23: 5)
El Predicador reflexionaba de la vanidad que hay en vivir para trabajar y luego tener que dejar a otro el fruto de tanto esfuerzo en el momento menos esperado. Jeremías también habla lo mismo de quien se dedica a amontonar riquezas, pues “en la mitad de sus días las dejará”. Y el Señor Jesús contó la historia de un hombre que, creyendo que tenía vida “para rato”, planificó aumentar sus bienes y disfrutarlos a todo lujo. “Necio, está noche vienen a pedirte tu alma, y lo que has provisto, ¿de quién será. Así es el que hace para sí tesoro, y no es rico para con Dios” (Lc. 12: 20-21).
Las riquezas son inciertas porque la vida es incierta.
La prosperidad del impío
¿Su puede identificar la prosperidad material con la vida de piedad y santidad? Ciertamente no. Y la mejor prueba es que el impío, el que desconoce a Dios en su vida, también prospera, y generalmente en mayor medida que el hijo de Dios. Mientras que en repetidas ocasiones encontramos a siervos del Altísimo padeciendo algún tipo de necesidad económica.
Es francamente burdo el intento del Movimiento de la Fe de mostrar a un Señor Jesucristo viviendo en la opulencia. Ni siquiera el Vaticano, con toda su pompa y lujo, se ha atrevido jamás a aseverar que Jesús haya vivido semejante estilo de vida. Pero estos infatuados tuercen detalles de la Palabra de Dios para tratar de demostrarlo.
Afirman, por ejemplo, que el hecho de que Judas llevara la bolsa y fuera una suerte de tesorero implica que el Maestro manejó una fortuna que le permitía vivir cómoda y plácidamente. En el colmo del cinismo, aseveran que cuando Jesús dijo que “el Hijo del hombre no tiene donde recostar la cabeza” se refería solamente a que en Samaria “no había un Holliday Inn en cada esquina, así que Jesús se vio obligado a regresar a su acogedora casa de Jerusalén”.
Los más avezados maestros de la Fe, tales como Paul Crouch, Frederick K. C. Price, Oral Roberts y John Avanzini, llegan al colmo de afirmar que no sólo Jesús era rico, sino que además el apóstol Pablo tenía tanto dinero que pudo neutralizar el sistema judicial de su época. Resulta increíble que alguien pueda afirmar eso de un hombre que en su primera carta a los corintios asegura haber padecido hambre, tenido sed, estado desnudo, sido abofeteado y no tenido morada fija (1 Co. 4: 9-13).
Estos fallidos intentos por presentar a Jesús y sus discípulos como acaudalados magnates no han tenido otro propósito que armonizar su endeble premisa, que identifica al pobre con el pecador y al próspero con el hombre de éxito espiritual. Su argumento engañoso se desbarata con sólo abrir las Escrituras y encontrar impíos tremendamente prósperos y hombres de Dios y de fe extremadamente pobres.
El profeta Jeremías se propuso indagar ante el Señor por esta aparente inconsistencia de la voluntad divina: “Justo eres tú, oh Jehová, para que yo dispute contigo; sin embargo, alegaré mi causa ante ti. ¿Por qué es prosperado el camino de los impíos, y tienen bien todos los que se portan deslealmente?” (Jer. 12: 1) El salmista Asaf, en el salmo 73, narra cómo esta comprobación había causado profunda turbación en él:
“En cuanto a mí, casi se deslizaron mis pies, por poco resbalaron mis pasos. Porque tuve envidia de los arrogantes, viendo la prosperidad de los impíos... He aquí estos impíos, sin ser turbados del mundo, alcanzaron riquezas”. (Sal. 73: 2,3, 12)
La explicación la obtuvo Asaf acercándose a la presencia de Dios en humillación y expectación (v. 17). Allí comprendió él que las riquezas pueden ser un medio de juicio de parte de Dios para los impíos, poniéndolos en “deslizaderos”. Por eso, quitando la mirada de esta prosperidad material de corte mundano, dejando de desear cosa alguna aquí en la tierra (v. 25), comprende que su única esperanza es Dios para siempre (v. 26).
Aunque el oro y la plata pertenecen al Señor (Hageo 2: 8), y de él es la tierra y su plenitud (Sal. 24: 1), la preocupación del cristiano no debe centrarse en estos hechos. Más aún si se entiende que por alguna razón el Señor permite que Satanás maneje la riqueza del mundo, como lo reconoció Jesús el día de su tentación en el desierto (Lc. 4: 5-6). El enemigo ha establecido un sistema mundano de adoración a Mammon que se manifiesta en una escala de valores absolutamente materialista que identifica prosperidad con posesiones, bienes y dinero: la sociedad de consumo. Y los maestros de la Fe no hacen más que seguir la corriente de este mundo.
Bendecidos para bendecir
¿Dios quiere prosperar a sus hijos? ¡Claro que sí! Pero, ¿significa eso que sus hijos pueden reclamarle para tener todo lo que desean? ¡Claro que no!
Las enseñanzas del Movimiento de la Fe han tergiversado el sentido que tiene la prosperidad del creyente en las Escrituras. Este sentido es de protección, cuidado, provisión, pero nunca satisfacción de la codicia y la avaricia. Significa que Dios va a dar lo que necesitamos, pero no implica que vamos a enseñarle a Él qué es lo que necesitamos.
Tampoco enseñan las Escrituras que podemos “mover la mano de Dios”, “dejar que él nos prospere”, como si se tratase de un ser pasivo al que hay que estar importunando constantemente o diciéndole lo que tiene que hacer y cuándo lo tiene que hacer.
La generosidad del cristiano es un don de agradecimiento, no un chantaje “espiritual” al Señor. No damos para recibir: damos para dar y para agradecer a Dios por su generosidad para con nosotros. ¡Y le damos de lo que él nos da!
Si el Señor tiene a bien hacer abundar lo material en nuestras vidas, sin duda el propósito es que bendigamos a otros, que llevemos el mensaje del evangelio a cada rincón de nuestra ciudad, de nuestro país. No lo hace para que podamos cambiar un Toyota por un Ferrari, sino para que usemos esos miles de dólares en alcanzar el mensaje de salvación a miles de personas.
Que el Señor nos ayude a alcanzar ese entendimiento.
Bibliografía
1. BIBLIA DE REFERENCIA THOMPSON. Miami, Florida: Editorial Vida, 1987. 1812 pp.
2. CONCORDANCIA DE LAS SAGRADAS ESCRITURAS. Nashville: Editorial Caribe, 1997. 936 pp.
3. EKMAN, Ulf. Economía liberada; Lo que la Biblia dice sobre la prosperidad económica. Terrassa (Barcelona): Editorial CLIE, 1993. 125 pp.
4. HANEGRAAFF, Hank. Cristianismo en crisis. Miami, Florida: editorial Unilit, 1993. 482 pp.
5. NUEVO DICCIONARIO BÍBLICO. Madrid, Buenos Aires, La Paz, Quito: Editorial Certeza, 1991. 1479 pp.
6. VARIOS AUTORES. La prosperidad según ocho autores latinoamericanos; ¿Es posible en una sociedad en crisis? Miami, Florida: Editorial Unilit, 1990. 83 pp.
¿QUÉ DICE DIOS SOBRE EL ALCOHOLISMO Y EL ALCOHÓLICO?
ESCRIBE MANUEL CADENAS MUJICA
Yo crecí en el hogar de un alcohólico. Mi padre lo fue y murió a causa del alcoholismo. Por esa razón, más que leer los textos de otros (los he leído y, en gran parte, me han parecido erráticos) he preferido reflexionar sobre la naturaleza de esta práctica, sus causas y efectos a partir de la experiencia vivida.
Para este artículo he seleccionado dos lecturas que me han parecido interesantes, por evitar la tendencia farmacológica y siquiátrica en el enfrentamiento del alcoholismo. ¿Cómo podría curarse un mal con fármacos cuando no se tiene la menor idea de dónde se encuentra situado ni cuál es su causa? Eso es simplemente una panacea al verdadero mal.
Las dos lecturas que sirven de bibliografía no reflejan necesariamente mi punto de vista, que cabalga entre las dos, una absolutamente conservadora y la otro aplicando principios de Alcohólicos Anónimos con pasajes bíblicos. Me parece que después de este trabajo, la reflexión quedará más abierta que nunca, pero puede tratarse de un buen principio incluso para otras dependencias, adicciones y malos hábitos, como veremos más adelante.
¿PECADO O ENFERMEDAD?
Aunque parezca obvio responder desde un punto de vista bíblico y decir: es pecado, se debe tener cuidado de ser ligero en esta perspectiva. Recordemos que la Escritura menciona la borrachera y describe el hecho mismo, pero como en el caso de otras debilidades humanas, no están interesadas en la experiencia emocional sino en la experiencia moral del alcohólico. La propia palabra alcohólico no aparece en la Biblia. De modo que desde el punto de vista ético y espiritual, no es posible hablar de alcoholismo. El término no funciona en ese sentido.
En el área ética y espiritual el término adecuado ha de ser “borrachera”, es decir, la ingesta de bebidas alcohólicas con o sin frecuencia, pero en cantidades suficientes según el individuo para mostrar síntomas de descontrol de sí mismo. El pasaje más ilustrativo de esta perspectiva es Proverbios 23: 29-35, donde se describe las consecuencias de la borrachera. De que la ingesta de alcohol tiene aspectos negativos, podemos encontrarlo abundantemente en las Escrituras. Temprano, en Génesis 9 encontramos a Noé exponiendo a sus hijos a la falta de respeto. En el capítulo 19 hallamos a las hijas de Lot aprovechando la borrachera del padre para acostarse con él. Lot ya no tuvo discernimiento. Luego, la ley prohibirá que los sacerdotes beban vino o sidra cuando les corresponda ofrecer servicio en el templo, a fin de que tengan sus sentidos bien afinados para discernir lo bueno de lo malo. Job, conciente de que al beber vino cualquier de sus hijos pudo decir alguna blasfemia, ofrece sacrificios por ellos. Sansón recibe como ordenanza nazarea la total abstención. Y hay una seria recriminación en Isaías para los que son valientes para beber vino con exceso de tolerancia (Isaías 5:22).
Pero para hablar de alcoholismo hay que salir del área moral-espiritual y trasladarse al área médico-sicológica, para considerar el alcoholismo con una enfermedad sicosomática. En ese sentido, no es que se descarte el punto de vista bíblico que lo señala claramente como un pecado, sino que se aborda desde otra perspectiva. La Escritura mira el hecho en sí: una borrachera es pecado, vivir en borracheras implica vivir en pecado. La sicología y la medicina miran las causas y los efectos que estos hechos producen en el individuo, finalmente consecuencias de su condición pecaminosa.
Podría decirse que toda borrachera es pecado, pero no toda borrachera implica que haya alcoholismo, aunque la borrachera continua pueda tener como consecuencia la adquisición del alcoholismo. Es importante entender esta distinción para efectos de consejería, puesto que, como el caso de Billy Graham y su “Manual para obreros cristianos”, llega a banalizarse el tema, considerando el alcoholismo como un hábito y mezclando terminología con la borrachera. El alcoholismo es la dependencia sicológica y física al estimulante llamado alcohol. La borrachera puede llegar a ser un hábito; el alcoholismo es una patología.
TÉRMINOS CLAVES
Borrachera. Ingesta de alcohol en cantidades tales que se produce alteración de la conducta, pérdida del dominio propio, deseos de seguir bebiendo, lenguaje procaz, pérdida de conocimiento, entre otras manifestaciones.
Alcoholismo. Enfermedad crónica, progresiva y potencialmente fatal. Se caracteriza por una tolerancia y una dependencia física, o cambios patológicos orgánicos, o los dos, todo ello como resultado directo o indirecto del alcohol ingerido.
Bebida alcohólica. Toda aquella bebida con contenido de alcohol etílico, en mayor o menos grado, vía fermentación o destilación de diferentes zumos. Es una droga legalmente permitida.
Droga. Sustancia que produce en el organismo algún tipo de alteración, sea estimulante, tranquilizante o alucinógena, capaz de crear dependencia.
Vicio. Defecto o exceso que como propiedad o costumbre tienen algunas personas. Mal hábito, afición excesiva a alguna cosa.
Dependencia. Relación hacia un ser o una cosa de la que no es posible prescindir sin producirse efectos traumáticos. Subordinación a un poder mayor.
Alcohólicos Anónimos. Asociación fundada en los Estados Unidos en la década de los años 30 para ayudar al alcohólico y su familia a vencer el alcoholismo.
Bebedor social. Se dice de aquel que sólo bebe esporádicamente, los fines de semana o en reuniones.
Bebedor pasivo. Se dice de los familiares cercanos del alcohólico, afectados indirectamente por dicha enfermedad.
CAUSAS Y EFECTOS
Desde el punto de vista ético-espiritual, la causa del problema es insoslayable y radica en la propia interioridad del ser humano, según el propio señor Jesucristo lo señala (Mt. 15: 19; Ga. 5: 21). En ese aspecto no hay que indagar demasiado. El fruto cae de maduro.
Se puede decir, sin temor a dudas, que no es la bebida alcohólica la que produce el alcoholismo. No es lo que entra al hombre lo que contamina al hombre. De otro modo, entonces tendría que ponerse en tela de juicio la participación de Jesús en las bodas de Caná, la acusación de ser comilón y bebedor, la última cena con sus discípulos y el establecimiento de la santa cena.
No sirven los argumentos sobre un supuesto vino sin fermentar en base a una antojadiza interpretación de la frase “el fruto de la vid”. Ha de aceptarse el uso del alcohol en la cultura judía de antaño y de hoy.
Sin embargo, dado que, como ya se ha dicho, la Palabra de Dios no se detiene a reflexionar sobre la materia emocional del alcoholismo y la borrachera, no es allí que se tendría que encontrar las causas del problema, sino más bien en el área sicosomática. Pero, según señalan diversos autores, también en ese aspecto han fracasado los estudios, ya que no se ha podido trazar un perfil del alcohólico único. Es decir, no se conocen causas orgánicas o sicológicas.
No se ha podido conocer por qué de dos personas que beben alguna vez una de ellas se vuelve alcohólica y la otra no. Ni siquiera en el caso de padres alcohólicos es fácil determinar si los hijos seguirán el mismo rumbo. Probablemente sí... probablemente no.
En cuanto a los factores sociales, son altamente influyentes, pero no determinantes. Lo único cierto que se ha podido establecer es la descripción del cuadro alcohólico en base a un test de preguntas simples.
Esa es, junto al reconocimiento de la borrachera como un pecado, la única información con la que se cuenta sobre sus causas.
Sobre sus efectos, más bien, el cuadro es devastador. Porque el alcohólico no sólo se destruye a sí mismo, sino a los seres que lo rodean, su familia. La situación se agrava aún más cuando el alcohólico pierde su fuente de trabajo e ingresos y se produce una crisis económica en el hogar. El aspecto físico sufre también, con presencia de cirrosis, cáncer al aparato digestivo, hipertensión arterial y otras secuelas derivadas de golpes y shocks, derivando incluso en la pérdida gradual de las facultades mentales y síquicas. La tendencia a la depresión y el suicidio es alta entre los alcohólicos.
Según un informe publicado en la revista Selecciones y reproducido en “Ayuda y esperanza para el alcohólico”, de Alexander DeJong, existe un 50% de probabilidades de que el hijo de un alcohólico llegue también a serlo. Es lo que se llama un alcohólico pasivo.
¿QUÉ HACER?
Billy Graham propone que la orientación al alcohólico sea la misma que a un borracho. Es decir, un tratamiento a un vicio o pecado. Por lo tanto:
- Debe desconfiarse de la información que brinda el alcohólico.
- Debe tomarse una postura firme frente a ellos, aunque sin prejuicios.
- Fomentar el reconocimiento de que su problema sólo podrá hallar solución en Dios.
- Conducirlo a la evangelización o a la reconciliación.
- Comprometerlo a abandonar el uso del alcohol y las amistades peligrosas, buscar nuevas amistades (en la AAA), ser sincero consigo mismo.
No obstante varias de sus apreciaciones son ciertas y aplicables, no es menos cierto que Graham en este punto adolece de una perspectiva menos práctica del problema.
Alexander DeJong, en cambio, propone desde su perspectiva de ex alcohólico algunos pasos a seguir para ayudar al alcohólico y su familia.
- Reconocer el alcoholismo como una enfermedad, sin dejar de reconocer que es responsable.
- Reconocer que solamente un poder superior puede sanarlo de esa enfermedad.
- Hacer la decisión de entregar toda la vida al Señor.
- Hacer un severo inventario moral (introspección).
- Proponerse dejar que Dios transforme esa área y la vida entera.
- Atribuir a cada quien su nivel de responsabilidad en la vida: el alcohólico y su familia.
- Satisfacer a las personas dañadas, si es posible con retribución.
- Mantener una vida de oración y devoción permanente.
- Compartir con otros las experiencias vividas.
Lo más recomendable en estos casos es someterse a ayuda especializada. En el caso de intoxicación, buscar auxilio médico pero sólo para la desintoxicación. Luego acudir a una asociación tipo Alcohólicos Anónimos o a un centro de rehabilitación que use una terapia similar no medicamentada, y si es cristiana, tanto mejor.
Actualmente, en la iglesia en la que vengo reuniéndome desde hace unos meses con mi familia, se está desarrollando un programa que, aunque no se concentra exclusivamente en el alcoholismo sino en toda forma de adicción, dependencia o malos hábitos, aplica con mucho éxito principios muy similares a los expuestos por Alexander DeJong. Se llama “Celebremos la recuperación”.
Más de veinte millones de personas en el mundo están “celebrando la recuperación” gracias a este programa que está abierto a personas de toda confesión religiosa o creencia que deseen enfrentar, en un ambiente adecuado y con otras personas igualmente decididas a hacerlo, sus adicciones, dependencias y malos hábitos, así como los traumas y heridas emocionales sufridas por vía activa o pasiva.
Para los interesados, las reuniones se realizan todos los días viernes, de 7 a 9 de la noche, en la avenida Constructores 864, urbanización Santa Raquel, La Molina, a la altura del cruce con la avenida Ingenieros, en el cuarto piso del edificio educacional. Preguntar por Ciro, Marcelo o Patricia.
AMOR, PACIENCIA Y CIENCIA
Como se puede apreciar, la perspectiva que se tenga del alcoholismo moldeará el tema y su tratamiento. Si se le considera enfermedad, se buscarán medicamentos y otro tipo de terapias convencionales, sean siquiátricas, médicas o sicológicas, con la característica de librar al individuo de toda responsabilidad. Si se le considera meramente pecado, se limitará a recomendar arrepentimiento sincero y suficiente, soslayando el hecho de que cuando se trata de un cristiano y aún cuando no, generalmente los alcohólicos ya han realizado ese arrepentimiento. Se olvida, asimismo, que gran parte de los impulsos y efectos son incontrolables por parte del alcohólico.
Se debe, pues, echar mano de ambos puntos de vista, valiosos, pero parciales. En el aspecto ético-espiritual, no se puede dejar de reconocer el alcoholismo como pecado, en cuanto requiere de borrachera. Pero en el aspecto médico-sicológico, no se puede dejar de lado que se ha producido una dependencia sicosomática, una toxicomanía.
Por lo tanto, para enfrentar el alcoholismo y brindar una alternativa al alcohólico, es necesario tener las dos perspectivas, amor, paciencia y ciencia.
BIBLIOGRAFÍA
DEJONG, Alexander. Ayuda y esperanza para el alcohólico. Terrassa, Barcelona: Editorial CLIE, 1983.
FIUME, DEL MONACO. Toxicomanías. Madrid: Ediciones Paulinas, 1972.
GRAHAM, Billy. Manual para obreros cristianos. Minneapolis: World Wide Publications, 1984.
SANTA BIBLIA.
PABLO, EL CELIBATO Y EL MATRIMONIO
ESCRIBE MANUEL CADENAS MUJICA
Desde muy antiguo, el apóstol Pablo ha sido considerado en algunos círculos teológicos como el propulsor de lo que podría denominarse un “ministerio célibe”, es decir, la conveniencia del estado civil y efectivo de celibato o estricta soltería para el cumplimiento de una mejor labor ministerial en la Iglesia. Este concepto ha encontrado acogida no sólo en los predios catolicorromanos, abanderados de esta posición, sino aún entre los protestantes, aunque con cierta variante. Un texto de la primera carta a los corintios parece dar sustento a esta tesis, defendida con especial ardor por la Curia romana. Está en el capítulo 7 y los versículos 8, 24, 26, 27, y principalmente en los versículos 32, 33, 34 y 40, donde Pablo parece estar realizando una apología en favor de la soltería. Sumando a este pasaje las palabras de Jesús en Mateo 19:11 y 12, acerca de los que se hacen eunucos por el reino de los cielos, se ha creído encontrar suficiente sustento para tal aseveración. ¿Enseña, en verdad, Pablo esta doctrina? Muy pronto veremos que no se hace ni justicia ni un favor al apóstol atribuyéndole semejante incongruencia doctrinal para consigo mismo y para con toda la Escritura. Si bien es cierto Pablo tiene preferencias por la soltería, no enseña nunca que sea un estado superior al del matrimonio. Los más elementales principios hermenéuticos obligan a abordar los pasajes aludidos desde su contexto histórico y gramatical. Sabido es que tal ejercicio intelectual no es grato a la escolástica romana y a ciertas corrientes protestantes, mejor ubicadas en el terreno de la especulación filosófica o el tradicionalismo irreflexivo.TEOLOGÍA PAULINA APLICADA
Aunque no conocemos las preguntas, es obvio que en alguna correspondencia anterior, los corintios le han enviado al apóstol una serie de consultas acerca de asuntos de la vida práctica de la iglesia y sus miembros. Es desde esa perspectiva que Pablo envía sus respuestas a través de 1 de Corintos: no tiene la intención de disertar sobre teología, sino ayudar a los creyentes a proceder de acuerdo a principios éticos cristianos. El quiere dar orientaciones bíblicas, no mandatos . En todo caso, a lo sumo, tenemos ante nuestros ojos un tratado sobre teología funcional casuística. “Uno de los problemas teológicos que confrontamos en las epístolas es que éstas responden a preguntas hechas en el siglo primero, mientras nosotros queremos que respondan nuestras preguntas de ahora”, señala pertinentemente el erudito pentecostal Gordon Fee. A tenor de lo que conocemos sobre el ambiente social, político y espiritual de Corinto del primer siglo, podemos intentar reconstruir aquellas interrogantes, pero será siempre una reconstrucción limitada. Se puede distinguir así que, en medio de una sociedad convulsa, agitada, sumamente pagana e inmoral, entregada al disfrute hedonista del placer carnal por un lado y receptiva de corrientes religiosas mistéricas y tendencias místicas por otro; con una iglesia impelida a conformarse con el siglo y tal vez acosada políticamente; surgieron preguntas tales como:- ¿Que dice Dios sobre las relaciones sexuales?
- ¿Hay algo de malo en querer obtener satisfacción sexual?
- ¿No es mejor que los cristianos casados se abstengan de sus relaciones conyugales para fortalecer su vida espiritual?
- Como está la situación, ¿qué hacer si se es soltero y viudo?
- ¿Pueden divorciarse los cristianos, sobre todo si el o la cónyuge es incrédulo? ¿No sería bueno hacerlo por causa del Señor?
ENSEÑANZA PAULINA SOBRE EL MATRIMONIO
Antes de repasar las enseñanzas paulinas acerca del matrimonio en otros pasajes y epístolas, es menester considerar algunas ideas generales. En primer lugar, debe entenderse que el matrimonio no es un tema central de la teología de Pablo ni tiene sobre el mismo algún especial interés, más allá de los fines prácticos. En segundo lugar, debe recordarse que las cartas de Pablo responden a un destinatario y una ocasión específicos y que las veces que ha hablado al respecto lo ha hecho o por pedido o por necesidad o por prevención. Dicho esto aseveremos con firmeza: Pablo no enseña en contra del matrimonio. “Por otra parte, las afirmaciones de Pablo no deben ser entendidas en el sentido de una desaprobación del matrimonio (cf. kalos poiei) Él sabe que cada uno ha recibido en esta materia su propio don especial (7,7)”. JOSEPH A. FITZMYER, Teología de San Pablo (Madrid: Ediciones Cristiandad, 1975), pág. 195. Vimos en 1 Corintios 9:5 que él mismo tiene el derecho de tener una hermana por mujer, pero que no lo ejercita por decisión propia (1 Co. 9:15). Ahora recorreremos las referencias que hace en su epistolario al matrimonio y la relación conyugal. En el libro de Romanos, hay un breve pasaje al respecto, pero de ninguna manera debe entenderse como una exaltación de la viudez, sino que sirve de analogía o ilustración para la vida bajo el yugo del pecado y la libertad de la ley del pecado. No hay carga negativa en ello. Otro pasaje clave en la enseñanza paulina sobre el matrimonio es el capítulo 5 de Efesios, de los versículos 21 al 33. Otra vez no hay ni asomo de alguna actitud contraria. Por el contrario, en el contexto del mutuo sometimiento de los unos a los otros en la Iglesia, Pablo se apropia del ejemplo del amor de Cristo por la iglesia para definir parte de la naturaleza del vínculo conyugal. Eso sí, de acuerdo a las normas hermenéuticas más elementales, no es posible invertir el ejemplo para enfatizar lo eclesiástico y favorecer una interpretación alegórica de Cantar de los Cantares. Colosenses 3:18-19 es un resumen de esta definición de roles, pero en el contexto de las relaciones en la nueva vida y sin la analogía de Cristo y la Iglesia. También 1 Corintios capítulo 11 se ocupa del matrimonio, pero ya no desde una perspectiva de roles, sino de grados de responsabilidad. Y la lista de referencias continúa:- 1 Timoteo 4: 3, sanciona la prohibición de casarse como una señal de los últimos tiempos.
- 1 Timoteo 5: 11 y 14, no niega el matrimonio a las viudas jóvenes, pero sí que se entreguen al libertinaje sexual.
- 1 Tesalonisenses 4: 4 advierte contra una perspectiva mundana y lasciva de la unión conyugal, instando a que se tenga a las esposas en santidad y honor.
- 1 Timoteo 3:2 y Tito 1:6 establece como requisito de un aspirante a obispo la fidelidad conyugal en el caso de estar casado.
- Tito 2: 4,5 señala la obligación de las ancianas de enseñar a las mujeres jóvenes a amar a sus maridos e hijos y estar sujetas a su marido.
- Gálatas 3: 28 Declara la igualdad ante Dios del varón y la mujer en cuanto al evangelio.
- Romanos 7:3 considera el recasamiento como adulterio y el 13:9 incluye a la fidelidad conyugal en el cumplimiento de la ley de Cristo de amar al prójimo como a sí mismo.
- Gálatas 5:19 estima al adulterio como obra de la carne y 1 Corintios advierten que los adúlteros y fornicarios (señales de depravación humana según Romanos 1:29) no heredarán el reino de Dios.
- Acerca de la fornicación, 1 Co 6:13,18 advierte que es ofensiva al templo del Espíritu y Efesios 5:3 propone que ni siquiera se converse al respecto.

